Futuro

2Cursaba tercer año de primaria cuando me enteré, gracias a mis compañeros de la escuela, de un crimen sangriento ocurrido en la ciudad. Recuerdo que la idea de aquel asesinato se convirtió en una pesadilla que me acosó durante buen tiempo: me acompañaba cuando salía a caminar con mi perro, en el paisaje que observaba camino al colegio, en el pupitre mientras evadía las responsabilidades escolares, en la cama antes de dormir. Después inició la Guerra del Golfo Pérsico y el horror me pareció aún más cercano.

Ahora, pienso frecuentemente cómo vivirán su infancia aquellos que nacieron después de la ocurrencia de la guerra contra el narcotráfico. ¿Cómo serán sus sueños si todos los días ven imágenes atroces?

Calaveras 3Se acerca la celebración del Día de Muertos, y mis alumnos —de entre 11 y 15 años— escriben unas calaveritas: esos poemas satíricos que demuestran, según se ha dicho hasta el cansancio, que a los mexicanos nos gusta reírnos de la huesuda, la parca o la calaca. Leemos varias calaveras escritas por José Guadalupe Posada o los caricaturistas contemporáneos, y nos reímos, aunque en algunas composiciones encontramos más dolor que alegría.

“En un país que siembra cuerpos”, ¿cómo reír de la muerte?

Mis alumnos comentan en clase sobre la desaparición de los 43 normalistas, los asesinatos, las fosas, la violencia, y se preguntan en qué podrán inspirarse para componer esos versos: una de ellas quiere decir que hasta la muerte tiene miedo de venir a este país, mas en un principio no sabe cómo enunciar esto desde el humor; otra habla de la incompetencia gubernamental; otro, de los dinosaurios del PRI.

Los veo con los ojos bien abiertos, críticos, sensibles. Y me hacen creer en el futuro.

II.

Hace más de treinta años, Juan José Arreola advirtió la encrucijada en la que se encuentra la Humanidad. El autor mostró la urgencia de que el hombre se relacione con el mundo y con sus semejantes de una manera diferente:

Dondequiera que haya un duelo, estaré de parte del que cae. Ya se trate de héroes o rufianes.

Estoy atado por el cuello a la teoría de esclavos esculpidos en la más antigua de las estelas. Soy el guerrero moribundo bajo el carro de Asurbanipal, y el hueso calcinado en los hornos de Dachau.

Héctor y Menelao, Francia y Alemania y los dos borrachos que se rompen el hocico en la taberna, me abruman con su discordia. Adonde quiera que vuelvo los ojos, me tapa el paisaje del mundo un inmenso paño de Verónica con el rostro del Bien Escarnecido.

Espectador a la fuerza, veo a los contendientes que inician la lucha y quiero estar de parte de ninguno. Porque yo también soy dos: el que pega y el que recibe las bofetadas.

El hombre contra el hombre. ¿Alguien quiere apostar?

Señoras y señores: No hay salvación. En nosotros se está perdiendo la partida. El Diablo juega ahora las piezas blancas (Arreola, Obras 416).

Cada caída, cada discordia entre los hombres, cada daño o cada afrenta se convierte en un recordatorio de que estamos en un tiempo decisivo, crítico, cercano a la autodestrucción. Ante una realidad en la que se sobrevalora la victoria y se ilumina la perspectiva de los triunfadores, Arreola le apuesta al que cae, al derrotado. Espectador de los males del mundo, el escritor también avisa que el dolor del prójimo, sea víctima o victimario, debe ser entendido como una afrenta personal, de otra manera, la Humanidad no tiene salvación posible.

La Humanidad en su conjunto, en colectivo, debe asumir sus responsabilidades.

III.

En un tono melancólico, algo descreído por lo grisáceo de la vida cotidiana, Bernardo Soares —uno de los heterónimos de Fernando Pessoa— nos recuerda la unión que tenemos con los otros y con lo que nos circunda:

Todo lo que nos rodea se vuelve parte de nosotros, se nos infiltra en la sensación de la carne y de la vida, y, baba de la gran Araña, nos liga sutilmente a lo que nos rodea, enredándonos en un lecho suave de muerte lenta, donde oscilamos al viento. Todo es nosotros, y nosotros somos todo, ¿pero de qué sirve esto, si no es nada? (Pessoa, 73).

IV.

Llama de la esperanza Ante las últimas noticias de este país, veo despertar a los más impasibles, los que al principio creían en “los daños colaterales” de la guerra contra el narcotráfico, los que no se sentían afectados por tanta muerte y desaparición, a los que pareció no importarles el calvario de los migrantes. ¿Encontraremos el camino? ¿Saldremos de esta penumbra?

Leonard Cohen recuerda que incluso en los momentos más obscuros, “Mientras los asesinos en las altas esferas/elevan sus oraciones en voz alta”, hay que “sonar las campanas que aún pueden repicar”, que “hay una grieta en cada cosa,/ y así es como se filtra la luz”.

Bibliografía

Arreola, Juan José. Obras. México: FCE, 1995.

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego. Barcelona: Seix Barral, 2008.


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