La tierna angustia del recuerdo

IGNACIO ITURRIAEn los últimos meses me he descubierto por completo abstraída en cuestionamientos de lo más ociosos y que tienen que ver con una de mis grandes obsesiones: la memoria. En este caso y por razones muy personales, he dedicado ya varios meses a meditar acerca de la memoria del cuerpo y cómo con torpeza llevamos al terreno de las palabras ciertos recuerdos que se hacen nudo en el tobillo o viven anclados para siempre en una cicatriz queloide que inútilmente tratamos de ocultar. A lo largo de los años he notado, casi siempre con sorpresa y maravilla, que la memoria más recóndita se despierta a veces gracias a los más minúsculos, ingenuos e incluso ridículos, detalles, que estimulan antes al cuerpo y sus sentidos, que a las palabras.

Tierras de la memoria de Felisberto Hernández (Montevideo 1902- 1964) es un magnífico ejemplo de cómo la memoria es cuerpo y otra cosa, es palabra apenas suficiente y universo tan vasto como el mundo e igual de fascinante y seductor. Tierras de la memoria inicia con un texto homónimo en que el narrador nos muestra el camino a sus recuerdos con un entusiasmo irresistible: “Tengo ganas de creer que empecé a conocer la vida a las nueve la mañana en un vagón de ferrocarril” (9). El viaje en sí no es la experiencia que transforma al personaje. Más bien son las horas muertas del viaje, ese estar irremediablemente con uno mismo, mirando por la ventana el tiempo muerto en el paisaje y sin mayor defensa ante los recuerdos que entonces decidan regresar.

En este segundo viaje, todas las cosas, las personas y las angustias del primero, volvieron a vivir como si se hubiera producido una reencarnación de los recuerdos; era como si yo hubiera tenido el poder de hacer girar vertiginosamente el mundo en sentido contrario, hasta llegar de nuevo a los días de la adolescencia (46).

El recuerdo en esta historia se hace uno con el presente tan sólo para llevarlo de vuelta al pasado y confundirlos en la mente y el cuerpo del viajero. Pero más que los recuerdos en sí, lo curioso del relato es la peculiar relación que el narrador-viajero (y pianista, debo agregar) establece entre su cuerpo y su mente y cómo ambos participan en los confusos jugueteos de la memoria.

Yo nunca tuve mucha confianza con mi cuerpo; ni siquiera mucho conocimiento de él. Mantenía con él algunas relaciones que tan pronto eran claras u oscuras; pero siempre con intermitencias que se manifestaban en largos olvidos o en atenciones súbitas. Lo conocían más los de mi familia. En casa lo habían criado como a un animalito, le tenían cariño y lo trataban con solicitud. Y cuando yo emprendía un viaje me encargaban que lo cuidara. Al principio yo iba con él como con un inocente y me era desagradable tener que hacerme responsable de su cuidado. Pero pronto me distraía y era feliz (32).

El tiempo de la infancia aparece así, como un periodo de libertad e independencia en que las preocupaciones del cuerpo no nos corresponden ni preocupan demasiado, pues uno puede ser feliz sin pensar en ese animalillo incierto que llamamos cuerpo. Y también la mirada, dice el narrador, gozaba de esa autosuficiencia para perderse en un punto muy preciso de cualquier paraje, ficticio o real, con la certeza de que si uno se dejaba arrastrar por su encanto seguramente algunos brazos habrían acudir a su rescate y salvarlo del golpe o la caída.

 Los ojos eran una pequeña pantalla movible que caprichosamente recibía cualquier proyección del mundo. Y también podía entregarme a lo que me venía a la cabeza, que también eran recuerdos de los ojos o los inventos de ellos (32).

Sin embargo, cuando uno crece, las relaciones con el cuerpo son muy otras, pues la perpetua oscilación de un pensamiento a otro nos escinde, nos lleva al olvido de lo más inmediato y nos sumerge en el misterio de un pensar sin pensar en nada:

A veces mis pensamientos están reunidos en algún lugar de mi cabeza y deliberan a puertas cerradas: es entonces cuando se olvidan del cuerpo. A veces el cuerpo es prudente con ellos y no los interrumpe: se limita a mandar noticias de su existencia cuando está cansado, cuando está triste o cuando le duele algo. Yo no sé quién lleva estas noticias ni qué caminos ha tomado para llegar a la cabeza (33).

Pero también están esos otros pensamientos, aquellos que no se expresan con palabras, sino que habitan y se desplazan cómodamente por el cuerpo. El narrador los llama “pensamientos descalzos”:

Yo creo que en todo el cuerpo habitan pensamientos, aunque no todos vayan a la cabeza y se vistan de palabras. Yo sé que por el cuerpo andan pensamientos descalzos. Cuando los ojos parecen estar ausentes porque su mirada está perdida y porque la inteligencia se ha retirado de ellos por unos instantes y los ha dejado vacíos, y mientras los pensamientos de la cabeza deliberan a puerta cerrada, los pensamientos descalzos suben por el cuerpo y se instalan en los ojos. Desde allí buscan un objeto para clavarle la mirada y parecen víboras que hipnotizan pájaros (33-34).

Se posan en la mirada, pero van más allá, porque en su caminar silente por los caminos del cuerpo se vuelven aliados caprichosos de la memoria y es entonces cuando a su paso despiertan quizá un crujir de huesos, tal vez un añejo dolor, un estremecimiento inexplicable, un recuerdo del cual no habíamos tenido noticia alguna desde hace incontables años, una extraña taquicardia al escuchar una canción o percibir la estela de un perfume… Ahí están los pensamientos descalzas, los que no pueden expresarse en palabras y sin embargo ostentan una elocuencia apabullante y que hipnotiza.

El cuerpo sentado en un vagón de ferrocarril a las nueve de la mañana no tiene otro destino que un viaje muy semejante al pasado, a la memoria irremediablemente incierta de lo que alguna vez fue. El conocimiento acerca de la vida inicia así, con un constante ir y venir por los recuerdos de la adolescencia, la infancia, por los momentos clave que a veces sin saber nos determinan y que por hacernos de un escudo, ya hemos olvidado. En el caso de este narrador-viajero-pianista, el conocimiento de la vida le implica una tierna angustia, aquella que los espíritus sensibles asumen estoica y tristemente para llevar consigo, en un rincón del bolsillo, hasta en los momentos más felices y placenteros:

Aquella noche en Mendoza yo reconocía la realidad presente por su angustia. Pero si ahora tengo ganas de decir que empecé a conocer la vida a las nueve de la mañana en un vagón de ferrocarril, es porque aquel día que salía de Montevideo, acompañado por el Mandolión, no sólo volví a reconocer esa angustia, sino que me di cuenta que la tendría conmigo para toda la vida. Ella estaría en mí cuando yo pensara en las cosas más diversas: en las nubes que viajaban  junto con el ferrocarril; en la llave de mi casa, que la llevaba olvidada en mi bolsillo sin saber cuándo la volvería a usar […] Pero mi angustia no sólo cubría con su densidad las cosas más diversas y se echaba caprichosamente, como una mujer impúdica sobre un objeto cualquiera: cuando yo era niño y mi angustia era ingenua, ella también solía mezclarse en extraños placeres (58-59).

Hernández, Felisberto. “Tierras de la memoria” en Obras completas, vol. 3. México: Siglo XXI, 2008.

Imagen de Ignacio Iturria, en: http://www.latinartmuseum.com/iturria.htm


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