Un prodigio de fealdad

pigLa naturaleza es maliciosa con algunos, advierte el compositor del fabliau “Los tres jorobados”, cuyo héroe era un prodigio de fealdad: no sólo tenía hirsuta y espesa cabellera, cuello corto, imperfecciones, tachas y defectos varios; el susodicho también cargaba con dos jorobas, “anterior la una y posterior la otra” (77).

 

 

 

 

juglarDe haber existido, a este personaje quizá le habrían compuesto versos similares a los que inspiró Juan Ruiz de Alarcón, el escritor también corcovado que fue objeto de las más crueles y, aceptémoslo, divertidas burlas por su apariencia física. Don Luis de Góngora le dedicó a su joroba la siguiente metáfora: “La que adelante y atrás —gémina concha te viste”; Quevedo se divirtió llamándolo “Corcovilla, poeta juanetes, hombre formado de paréntesis, tentación de San Antonio, licenciado Orejoncito, no nada entre dos corcovas, zancadilla por el haz y el envés”; otro ánimo mordaz dijo que al ver de lejos a Alarcón no se sabía bien si venía de pecho o de espalda.

avaroAunque en un inicio se describe con sorna la apariencia del protagonista de “Los tres jorobados”, por lo general en los fabliaux —relatos cómicos de los siglos XIII y XIV, escritos en verso por juglares franceses que dejaron en estos textos un valioso testimonio de la vida corriente de la Edad Media— se encuentran, además de la sátira, otros registros del humor, los cuales sobre todo evidencian las desigualdades y los males ocasionados por el monetarismo, la inequitativa distribución de las riquezas y la avaricia, a la vez que elogian la faz alegre de la vida e invitan al disfrute de los placeres.

En “Los tres jorobados”, por ejemplo, el compositor no amonesta al jorobado por su físico, sino por el uso indebido que hace de sus riquezas. Gracias a sus posesiones —advierte Durand, autor de esta historia— el personaje contrajo matrimonio con la mujer más hermosa de la ciudad, acontecimiento que más que acarrearle satisfacciones le trajo pesares: después de la boda, el hombre vivió amargado por los celos, temeroso de que su mujer, que no sólo no lo amaba sino que lo aborrecía, cometiera algún “acto vil” en su contra.

nunsEl erotismo, lo obsceno, lo escatológico, lo soez y lo grotesco son moneda corriente en los fabliaux, que siempre invitan al gozo. En estos relatos juglarescos  se describen con frecuencia banquetes, fiestas y bailes, y  se celebra el amor libre. Los versos también aplauden a los taimados e ingeniosos, sin importar que ellos sean bribonas alcahuetas, mentirosos profesionales, hábiles ladrones o crueles asesinos.

Asimismo, los autores de los fabliux aprovecharon estas composiciones para elogiar su labor y denunciar su pobreza, como ocurre en el texto titulado “Estásahí o los dos hermanos”:

Ocupábanse los narradores en lejanos tiempos en divertir e instruir, y se les regalaba con magníficos presentes de caballos, vestidos, pieles y dinero en crecidas sumas. Todo se les ofrecía y con todo se les premiaba; bien es cierto que honores, proezas, valor y cortesía eran muy otros que los que son ahora. El componer hoy una distraída fábula y darla a conocer haciendo que se olviden penas y dolores, ya no tiene mérito alguno, y son muy pocas las personas que se dignan a oírla y menos las recompensan de cualquier modo tal trabajo; el juglar ha muerto, y con él la liberalidad de los generosos; y ¿cuál ha sido el lamentable fin de todo esto? El llegar a no saber reír (26).

Estos versificadores se designaron como guardianes de la risa, capaces de revivir la alegría gracias a la exhibición de lo caduco e inservible de algunas convenciones sociales que, más que proteger la virtud, coartaban la libertad, prohibían la sensualidad y el goce de la vida. Ciertos fabliaux también parodian el idealismo de la poesía de amor cortés; otros ponen en entredicho la rigidez de las normas de las autoridades de aquel tiempo, y muestran lo que ocurre cuando los hombres, sean adustos clérigos, monjas o filósofos, son víctimas de la pasión o el deseo.

lancelot

Como una invitación a conocer más de estas narraciones, transcribo en las siguientes líneas el desenlace de “Los tres jorobados”, una historia que exhibe los males acarreados por el amor al dinero:

Una tarde, era la Natividad del Señor, burlando precaución y vigilancia, entráronsele por las puertas de la casa tres músicos, jorobados como él los tres, diciendo al dueño, por disculpar tan insospechada presencia, que no era otro su intento que el de provocar holgorio y fiesta en el castillo, pues no sólo no había en la ciudad entera persona que más mereciera el agasajo, sino que con él forzosamente había de unírseles estrecha relación, por ser, como ellos, igualmente jorobados y entecos.

Por toda respuesta, condújoles el dueño de la casa a la cocina, en donde dispuso se les diera de comer, cosa que los tres músicos cumplieron a maravilla, ya que cuanto se les ofreció era abundante y de sabroso condimento, pues de justicia es el hacer constar que en punto a atención y agasajo gastronómico no fue nunca el dueño de la casa ni mezquino ni de cominera condición […] luego de tanta liberalidad les amonestó con enérgica frase, advirtiéndoles el que jamás volvieran a poner sus plantas, no sólo en el castillo, sino en sus alrededores, pues de no hacerlo así se les impondría un castigo cruel, sumergiéndoles en las aguas frías del canal; y ahora viene a punto el hacer constar que el castillo hallábase frontero a un caudaloso río.

Despidióse luego el dueño del castillo de los tres músicos, y cruzando el puente que unía su propiedad con la orilla opuesta del río, marchóse a dar un paseo por el campo. Y viéndole alejarse su mujer hizo que tornasen los jorobados, a los que había oído decir que su intención no era otra que el solazarla y distraerla con sus cánticos y concierto. Y luego que hubieron entrado de nuevo los tres músicos en la mansión, cuidóse de cerrar la puerta con toda precaución y seguridad. Y cuando más embebidos y absortos estaban todos ellos por los cantos y ejecución, tornó el marido a su castillo […] Pretendiendo de encontrar un medio que a todos libre del enojo del marido, y la fatal casualidad ofrécele como solución, en una estancia próxima, tres grandes arcas vacías, en cada una de las cuales mete a un jorobado.

[…] Por fortuna, decídese de nuevo a partir el marido, y, pausadamente, sale otra vez del castillo, hecho que a la esposa complació en extremo, pues corríale prisa el hacer salir a los jorobados del escondrijo en donde se ocultaban. Pero júzguese del espanto de la bella al encontrarse muerto en los arcones a los tres desventurados músicos. Presto hacíase preciso el librarse de la presencia de los cadáveres; y entonces, corre la dama a la puerta y se acoge en súplica a un lugareño, que causalmente por allí pasaba, y al que, llamándole, le dice:

—Oye, buen amigo, ven y escúchame. Si quieres demostrarme tu confianza para conmigo, prométeme que no has de propalar ni comentar nada de lo que yo te diga, y yo, en cambio, por tu silencio, prometo hacerte rico, entregándote treinta libras en relucientes monedas.

Gustoso se compromete el lugareño, accediendo a todo en vista del tentador ofrecimiento de los dineros, que desde aquel punto codiciaba […] Y así diciendo, ofrécele un saco al lugareño, que éste coge, y en el que mete al jorobado, y luego, cargándole sobre sus hombres, gana ligero la puerta del castillo, y a todo andar, llega al puente, desde el que arroja el muerto al río, para que lo arrastre la corriente impetuosa. Y sin demora, tórnase en busca de la dama, que no ha permanecido ociosa, pues en tanto su servidor volvía, y no sin grandes efuerzos y trabajos, arrastra el segundo arcón, y dentro de él, al segundo jorobado, colocando muerto y arca a la entrada de su cámara, de la que luego queda alejada, en espera del regreso del lugareño, el cual llega presto y, ante todo, reclama lo convenido en esta forma:

—Pagadme, y pagadme bien, mi señora, puesto que os he servido librándoos del enano.

—¿Cómo te atreves, mal villano— replica ella— a exigirme lo ofrecido, cuando aún tengo aquí al infeliz jorobado, al que no sólo no echaste al agua, sino que has vuelto a traer, sin duda? ¿Cómo pretendes engañarme, cuando yo misma lo estoy viendo? Y mientras tal decía, mostraba al lugareño el segundo cadáver.

—¡Por cien mil diablos! —replica el hombre—. ¿Cómo ha vuelto aquí este bergante? Mejor que nadie puedo asegurar que estaba muerto, y por San Remigio os juro que por mucho que se lo proponga, no han de valerle sus tretas de endemoniado.

Y cargando con el segundo cadáver, luego de también ocultarlo en nuevo saco, llévalo al río […] Saca entre tanto la dama del tercer arcón el tercero de sus jorobados […] y luego de nuevo aguarda a que el lugareño retorne, el que, para su mayor seguridad de que el jorobado no ha de volver a la casa, lo arroja al río cabeza abajo […] Al ver al cadáver junto al fuego, el lugareño, que ya no se chanceaba, replica enfurecido:

—¡Por el santo Corazón de nuestro señor! ¿Se propone, caso, este endiablado músico que yo me pase el día cargando con su cuerpo del río a la casa? […] Y apoderándose del tercer jorobado, como a los otros, ocultóle en nuevo saco y, enchándoselo a la espalda con furiosa decisión y cejijunto ceño, marcha de nuevo al puente, ganando a paso largo la escalera y distancia que separa del castillo. Y ya en el puente, balancea el cadáver con sus membrudos brazos y, con ímpetu fiero, arrójalo a la corriente […] emprendió nuevo retorno al castillo, pero no bien hubo ganado la escalera de la casa, cuando, volviendo la cabeza, hállase con el dueño del palacio, que, impaciente como siempre, volvía a su mirada. Y entonces, persignándose por tres veces, queda en suspenso el lugareño, y como dominado por terrible asombro, y luego reaccionando su espíritu, y todo encendido en cólera, exclama:

—¡Por la rodela de San Jorge! ¡Pues no viene pisándome los talones el miserable! […] Y ya ciego de furor, empuña un hacha, que próxima pendía, y a punto en que el marido de la bella alcanza ya en la escalera de su casa al lugareño. Éste le dice:

—¿Con que por cuarta vez pretendes, escuerzo, mofarte de la dama y de mi? Pues por el divino dolor de Santa María te juro que no has de volver más por estos lugares.

Y, levantando luego el hacha, dióle al jorobado tan tremendo golpe en su descomunal cabeza, que, al abrírsela por mitad, le saltan, ensangrentados, sesos y huesos.

[…] Ya por cuarta vez emprende la marcha hacia el puente, sobre el que también balancea su carga, arrojándola después al agua […] Como las veces anteriores, vuélvese el lugareño en busca de la bella para exigirle el pago de sus trabajos, narrándole prolijamente la última hazaña, demostrándole así con cuánto escrúpulo ha cumplido su mandato. La dama paga entonces, satisfecha, las treinta libras ofrecidas, y de buen grado salda la deuda, porque la jornada ha sido completa, pues a un tiempo se ha librado de los músicos y del marido a quien tanto odiaba, asegurándose por tal modo días de paz y ventura.

Y termina el rimador Durand su narración, asegurando que de lo hecho por Dios nada hay que con dinero no pueda lograrse, pues aun el cariño, pro difícil que éste sea, con abundante moneda también puede conseguirse. Demuéstralo el que con dinero logró el jorobado de la fabula comprar a la bella a quien gozó; pero añade también el narrador, que, aunque todo puede comprarse y venderse con el oro, en muchas ocasiones, y de entre ellas una es la presente, lo que se compra y vende es pura ficción. Y entonces, ¡maldito el que tiene en demasiada estima su dinero, y maldito, asimismo, el primero que para bajas acciones se valió de vil metal (78-87).

 

Bibliografía.

Trece fabliaux franceses. C. Palencia Tubau (Trad.). Madrid: Revista de Occidente, 1927.

Imágenes:

1. Disabled pig. ‘L’Ystoire du tres sainct Charlesmayne, empereur et confesseur’, France ca. 1475-1500. BnF, Français 4970, fol. 25v. Disponible en: http://discardingimages.tumblr.com/

2. Cock on stilts and dancing dog. Roman d’Alexandre, Tournai 1338-1344. Bodleian Library, MS. Bodl. 264, fol. 91r. Disponible en: http://discardingimages.tumblr.com/

3. La muerte de un avaro. El Bosco. Disponible en: http://es.wikipedia.org/wiki/La_muerte_de_un_avaro

4. Nuns and the penis tree. Roman de la Rose, France 14th century. Paris, Bibliothèque nationale de France, Français 25526, fols. 106v, 160r. Disponible en: http://discardingimages.tumblr.com/

5. Seduction of Lancelot. ‘Le livre de Lancelot du Lac’, France ca. 1401-1425. Paris, Bibliothèque de l’Arsenal 3480, p. 33. Disponible en: http://discardingimages.tumblr.com/


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