Las cosas que existen

AlfabetoUna de las ideas más sugerentes derivadas de la tradición cabalística es la del lenguaje como instrumento de creación, no sólo de los universos propios de la ficción, sino de todas las cosas, en el sentido de que las palabras nombran y al hacerlo, insuflan de vida aquello que han nombrado. En El mercader de Tudela de Angelina Muñiz-Huberman, un rabino afirmaba: «Mi tarea más difícil es atrapar el vuelo de las letras: lo que veo ante mí son las veintidós letras volando. ¿En qué orden colocarlas para no destruir el mundo? ¿En qué papel escribirlas y con qué tinta? ¿Qué colores usar? ¿Cómo salpicar el polvo de oro?» (Cánovas 166). La labor del escritor desde esta perspectiva es semejante a la que el dios de la tradición judeo cristiana, encarnado en verbo, realizó por cuenta propia, pero también similar a la que le encomendó a Adán: nombrar las cosas.

Más que adentrarme en estas implicaciones del lenguaje me gustaría comentar una obra poética deslumbrante que apela a estos orígenes y que logra salpicar el polvo de oro sobre lo que con el lenguaje va creando y que resulta ser una síntesis de la vida misma. Alfabeto de Inger Christensen comienza con el verso más elemental, como si se tratara de una especie de letanía o quizá de un trabalenguas, tal vez de una invocación: “los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen” (9). La sencillez y la brevedad de sus primeros poemas se va dejando de lado para intrincar unos versos con otros, tomando para sí, primero tímidamente y luego con avidez, lo que a su paso encuentran. Según anota el traductor, Francisco J. Uriz, este poemario sigue, además del orden alfabético, el de la famosa secuencia de los números de Fibonacci, en que “cada verso es la suma de los dos precedentes”. Entonces uno empieza a comprender el sentido de ciertas repeticiones, de ciertos ecos construidos con imágenes o con una simple palabra; ya no sólo existen los albaricoqueros, sino que las palabras en estos versos van creando e insuflando de vida cada cosa:

las viudas y el alce existen; las particularidades
existen, el recuerdo, la luz del recuerdo;
y el resplandor crepuscular existe, el roble y el olmo
existen, y el enebro, la semejanza, la soledad
existen; y el éider y la araña existen,
y el vinagre existe, y la posteridad, la posteridad […]
los errores existen, los gruesos, los sistemáticos,
los fortuitos; el control remoto existe y los pájaros […]
las fronteras existen, las calles, el olvido (19-21)

Las cosas más cotidianas existen y cada una es nombrada en el poema con la intención de hacernos recordar esa presencia que solemos dar por sentado. El peso justo de cada cosa se vierte aquí como una declaración de principios: somos responsables de lo que hemos creado, tanto como de lo que dejamos perecer en el olvido. Por eso importante nombrar y nombrar, invocar la presencia consciente de lo que nos rodea.

Más allá de lo cotidiano, el alfabeto se organiza después para nombrar asuntos más contundentes, significativamente más reveladores:

y dentro del paisaje de la sabiduría la luz glacial,
el hielo idéntico a la luz, y en lo más hondo
de la luz glacial la nada, vida, intensa,
como tu mirada a través de la lluvia; esta fina
lluvia persistente que estiliza la vida, donde como un gesto
las catorce retículas del cristal existen, los siete
sistemas cristalinos, tu mirada como en la mía,
e Ícaro, Ícaro desamparado existe (31)

Después del vuelo y el fracaso de Ícaro, viene el dolor, el peso de la historia, las grandes vergüenzas que pesan sobre la humanidad; vienen Hiroshima y Nagasaki, las guerras civiles, la bomba de hidrógeno, la bomba de cobalto… porque todo ello también existe, al igual que existe esa vocación por la sobrevivencia y una especie de sabia voz que no se cansa de nombrar lo que a veces llamamos esperanza:

se refleja
la verdad; mira sólo
qué verdad, clemente; deja
estar las cosas; junta
las palabras, pero deja
estar las cosas; mira
con que facilidad
encuentran refugio
detrás de una piedra; mira
con qué facilidad
se deslizan dentro
de tu oído y susurran
a la muerte que se vaya (97-99)

Hacia el final de Alfabeto se impone el ejercicio de la escritura como un instrumento de creación divino, dispuesto a esparcir el polvo de oro sobre las cosas que existen y sobre lo que uno es, sobre aquello con lo que uno está comprometido y que en este caso es, como apunté al principio de estas líneas, la expresión de la vida misma en toda su complejidad y toda su hermosura:

los alfabetos existen
la lluvia de los alfabetos existe
la lluvia que cae incesante
la gracia la luz
interespacios y formas
de las estrellas de las piedras
el curso de los ríos
y los movimientos del espíritu
las huellas de los animales
sus calles y caminos […]
escribo como el viento
que escribe en el agua
estilizada monótonamente
o enrolla con el pesado alfabeto
de las olas
sus hilos de espuma
escribo en el aire
como escriben las plantas
con tallos y hojas
o alrededor como con flores
en círculos y plumas
con puntos e hilos
escribo como el borde la playa
escribe una orla
de crustáceos y algas […]
escribo como el corazón
que late escribe
los gritos de la sangre
y de las células de las visiones
del llanto y de la lengua (139-147)

Bibliografía

Cánovas, Rodrigo. “Los relatos del origen: judíos en México. En Nueva Revista de Filología Hispánica. T. 57, No. 1. 2009. 157-197.

Christensen, Inger. Alfabeto. Trad. Francisco J. Uriz. México: Sexto Piso, 2014.


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