Un lugar para vivir todos los días o el arte de dar explicaciones

???????????????????????????????Detesto dar explicaciones, casi tanto como detesto las botellas de plástico y los popotes, hablar por teléfono o encontrar un apio encubierto en mi comida. Creo que para dar explicaciones se requiere de un talento especial y de una paciencia que extienda sus límites hasta lo insondable, cualidades de las que yo carezco por completo.

Explicar implica abrirse uno mismo hacia los demás, dar cuenta de las razones más profundas o absurdas de nuestro proceder, apelar a la memoria para reforzar la argumentación, revestir de verosimilitud las palabras, en fin, pronunciarse en la desnudez de la evidencia. Eso, explicar es exhibirse. Quizá el yo ensayístico sea el más propicio para esta suerte de manifestación del uno mismo a través del talento confesional o al menos así me lo parece al leer el Libro de las explicaciones de Tedi López Mills.

Desde distintas facetas, anécdotas, recursos, referentes, correspondencias, la voz que (se)explica sin razón en este singular libro y sin que nadie se lo haya pedido, se despliega a sí misma, expandiendo a su vez una serie de significados y sentidos que reconocemos porque también nos hemos detenido a pensar en ellos. El asunto de la identidad, por ejemplo, inicia cuestionando quiénes somos, o más bien, quién soy yo, por qué me llamo así, qué implicaciones amables, ridículas o funestas carga mi nombre, cómo esa palabra que me denomina ha llegado a determinar quién soy. En este caso, el cuestionamiento identitario inicia con un recorrido por el peculiar destino de quien se llama Tedi y no Teresa ni Teodora, de quien fue nombrada con un diminutivo para evitar los consecuentes de cualquier otro nombre (Teresita, Laurita, Karlita). Lo que en apariencia es sólo una reflexión por el hecho de llevar un nombre así, pronto se transforma y complementa con la propia experiencia de vida y con un profundo análisis acerca del yo: quién/qué soy cuando digo yo soy, cómo hacer que se correspondan el yo interno y el yo de la apariencia física.

Estas exploraciones acerca de la identidad no podían permanecer ajenas al ámbito familiar, sobre todo si consideramos que el yo de este libro perfila sus más profundos conflictos hacia la etapa de la adolescencia. La vida obligada en familia a lo largo del proceso de búsqueda y definición del yo, no puede más que sofocar y entorpecer los intentos de quien pretende el autoconocimiento y la plenitud. Significativa es la referencia Raymond Carver a propósito de lo anterior:

Raymond Carver, en su ensayo ‘Incendios’, confesó que la influencia principal en su literatura fueron sus hijos, no Hemingway ni Joyce ni algún otro escritor. Y no se refería a una influencia positiva, a que sus hijos le provocaran una inspiración permanente y dichosa, sino negativa por la intensa depredación, el tiempo carcomido, canibalizado, distorsionado. La realidad de este hecho brutal le cayó encima en una lavandería, mientras esperaba a que se desocupara una de las secadoras. Supo que el resto de su tarde se disiparía en la paternidad enloquecida y la conciencia sitiada por las exigencias de sus hijos. Mis padres, en la medida de sus aspiraciones, habrán experimentado algo semejante más de una vez por semana, saliendo del súper o mientras nos preparaban para la escuela: una perplejidad desarticulada y sin centro, pues su propias personas ya eran fragmentarias (114).

La contundencia de estas afirmaciones pronto se equilibra con el posicionamiento contrario: el no tener hijos. La identidad se ha desplazado ahora al hecho de ser siempre, inevitablemente, el hijo/la hija de alguien más y a la condición de procrear o no, de dar vida a otras identidades sabiendo que habrán de estar regidas tanto como uno lo estuvo por la presencia/ausencia de sus padres.

Pero más allá de las relaciones filiales, está todo lo demás: están las relaciones que nuestra conciencia establece y articula a través de lo que lee y que en determinados momentos define nuestra actitud ante la vida, el destino y los otros, a través de los asuntos estéticos y de fondo caros a los personajes de Sartre, Dostoievsky, Durrell o el Marqués de Sade. Está el dominio de los gatos sobre el género humano y el consecuente reconocimiento de ciertas actitudes y cuestiones que, tanto como la identidad, nos han llevado más de una vez al debate con uno mismo. Ahí están la culpa, los celos, la compasión o la falta de la misma, las eternas discusiones entre el bien y el mal, las líneas de pensamiento o filosofías que tendemos a adoptar en etapas cruciales de nuestras vidas.

Al final de los trece ensayos que conforman este Libro de las explicaciones queda una serie de breves reflexiones, a veces casi aforismos, agrupados bajo el título “De cómo se fabrica la sabiduría”. Al igual que al inicio, las correspondencias, los referentes, las anécdotas (propias y ajenas) se conjugan para confirmar lo que uno siempre ha sabido y que sin embargo no ha dejado de cuestionar a lo largo del libro: “que la sabiduría no pasa por el entendimiento, no es un aprendizaje, sino un instinto” (250). Visto así, el Libro de las explicaciones es una vocación por exhibirse a uno mismo desde muchas de las perspectivas posibles, pero es también una abierta llamada a lo que de instintivo hay en cada uno para asociarse con lo(s) de-más, para hacerse de un espacio donde habitar y sobrevivir(se) cada día reconociendo la belleza, la soledad, lo triste y lo terrible que hay en cada cosa.

Mañana temprano empiezo. Lo primero será cultivar la indiferencia. Lo segundo, olvidar que la cultivo. En ese espacio habrá descubrimientos que tendré que recibir con plena neutralidad. Si me anticipo infrinjo la regla; si los imagino cometo un acto de soberbia, como si el génesis estuviera en mis manos. Hay letanías en el aire que sólo escuchan los enajenados. Yo aspiro a transcribirlas. Para que tengan su partitura los tránsfugas y yo mitigue mis ansias de hurgar: ¿cómo suena la identidad? Cuando se borra, la sabiduría alisa los muros y los pinta de blanco. Ahí se puede vivir casi todos los días (268).

Bibliografía

López Mills, Tedi. Libro de las explicaciones. México: Almadía, 2012.


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