Sobre las figuras expresivas en el arte

Dalí. La persistencia de la memoria.
Dalí. La persistencia de la memoria.

A continuación me permito presentar algunas reflexiones sobre lo que son las figuras expresivas del ser humano en la literatura. Pero, antes, conviene advertir que no uso el término de expresivas en el sentido convencional, pues con él no aludo a la viveza de sentimientos ni a la efusividad de afectos, ni tampoco a una cualidad de la expresión lingüística. Por expresivo entiendo algo cercano a lo que en inglés se conoce como utterance, y que constituye la unidad principal del lenguaje hablado: a unit of speech bounded by silence or by turn of speaker in dialogues. En contextos distintos del que ahora nos ocupa, algunos autores ha castellanizado utterance como «uterancia». En su estudio sobre el proceso de adquisición del lenguaje en los niños, Augusto Burneo (1982) lo utiliza como sinónimo de emisión de palabras; y Alejandro Legrá (2010), en su tesis de máster en ingeniería electrónica, como sinónimo de cantidad. Sin embargo, ninguno fundamenta el sentido de uterancia. Las traducciones habituales de utterance al español suelen ser: declaración, emisión, manifestación, pronunciamiento y expresión. Aunque el concepto pierde así mucho potencial significativo, y en especial el énfasis en su lugar dentro de la situación comunicativa, me inclino a traducir utterance como expresión, debido a dos acepciones de este último término: “especificación, declaración de algo para darlo a entender” y “palabra o locución” (DRAE). Algo se gana. Sin embargo, reconozco que expresión también resulta insuficiente. Entonces, aunque en adelante hablaré de expresión y expresividad, ambos conceptos tendrán siempre en su base el de utterance.

Sé que el nombre de figuras expresivas puede generar malentendidos, y hasta confusión, porque la semiótica llama así a la serie de recursos expresivos o de figuras retóricas que sirven para expresar los sentimientos. No obstante, en un esfuerzo por no acrecentar la cantidad de términos disponibles en el ya saturado mundo de los estudios literarios, mantengo ése, que juzgo pertinente, y tratar de resignificarlo, si bien será un primer acercamiento.

Las figuras expresivas no están confinadas al terreno de lo literario, ni son exclusivas de la literatura; son patrimonio inalienable de la imaginación humana. Ello se debe, entre otras cosas, a la necesidad natural del hombre de expresar su ser. Por eso, durante siglos estas figuras ha aparecido y reaparecido en los mundos creados por el arte. Eduardo Nicol sostiene con agudeza que en si no “hay comunicación, ni comunión o comunidad, no hay fecundidad espiritual. Las obras del espíritu son siempre obras comunicativas: son maneras de decir o de expresarse” (2004: 19), y añado, lo que expresan es el ser del hombre. Pensadores como Ortega y Gasset, Nicol, Bajtín y Beltrán, entre otros, han sugerido, cada cual a su modo, que el hombre es el tema radical del arte. Coincido con esta idea.

Lo anterior no quiere decir que al arte sólo le competan las figuras antropomórficas. En el arte el hombre no es el único capaz de remitir al hombre: animales, dioses, plantas, elementos naturales, objetos inanimados, monstruos, criaturas maravillosas, alienígenas, etc., deben de considerarse figuras de expresión del hombre porque asumen o representan artísticamente, si no la imagen del ser humano en cuanto tal, sí sus valores y experiencias A fin de cuentas, lo que el arte expresa o comunica es la experiencia de ser humano en un lugar y un momento determinados. Para el hombre el tiempo no es una simple magnitud física, ni el espacio es sólo la extensión que contiene toda la materia existente. El hombre percibe el primero como temporalidad: tiempo vivido por la conciencia como un presente que permite enlazar con el pasado y el futuro; y percibe el segundo como espacialidad: espacio vital que ocupa su cuerpo y en el cual se desenvuelven su existencia y sus relaciones significativas.

Fue Kant quien señaló la importancia radical del espacio y el tiempo como pre-condición para todas las experiencias posibles del hombre. Pero Henri Bergson fue un pionero al señalar que las formas vitales de la experiencia temporal concreta,“real”, en el hombre no corresponden a las formas puras del tiempo cuantificado de las matemáticas. A la teoría bergosiniana debe añadirse, propone sugiere Nicol, “que no sólo hay una temporalidad de la experiencia que no es posible traducir en una continuidad aritmética, sino que además hay un `espacio vital´ del que no puede darse cuenta en términos de geometría” (2004: 42). Pero Bergson no alcanzó a distinguir que la temporalidad y la espacialidad, derivadas de la conciencia humana, implican racionalidad porque al hombre siempre se le presentan constituidas formalmente. Para Bergson la razón quedaba adscrita al tiempo y el espacio abstractos, continuos y homogéneos, y así, al apelar a una razón exclusiva para las formas puras, disocia vida y razón. Olvida que la temporalidad y la espacialidad, por no ser continuas ni homogéneas, siempre surgen en la conciencia humana como «formas»; puesto de otra manera, las formas son inherentes a la temporalidad y a la espacialidad, e indisolubles de la conciencia del hombre, constituida en razón vital.

Temporalidad y espacialidad son formas que estructuran y organizan la vida humana. Según lo explica Holquist, “[t]hey articulate what has been called the `law of placement´ in dialogism, which says everything is perceived from a unique position in existence; its corollary is that the meaning of whatever is observed is shaped by the place from which is perceived” (2005: 20). La naturaleza activa de la mente humana hace que ésta, por la ley de emplazamiento, continuamente agrupe y reagrupe sus contenidos. Este proceso, como todos los demás procesos vitales, no es un mero decurso casual o fortuito; al contrario, está orientado hacia un fin y se dirige, en calidad de respuesta, a alguien o algo (o sea, puede entenderse como utterance). Hasta la interioridad de las personas está vuelta hacia el exterior: quiere comunicarse, expresarse, volverse una utterance para alguien más, y está completamente atravesada por el lenguaje, que es palabra socializada, cargada de contenido cultural. La naturaleza humana inclina al hombre a buscar siempre la interacción con el otro. Como sostiene Bajtín, ser significa comunicarse (2009: 327) y coexistir con los otros.

Temporalidad y espacialidad son, pues, formas constitutivas de la vida humana a nivel individual y colectivo. Nicol amplía: “A ellas corresponden, en la vida colectiva, la época histórica y el espacio vital o esfera cultural, las cuales hacen de la comunidad humana algo tan orgánico como un individuo, y del proceso histórico algo inteligible o aprehensible racionalmente” (2004: 43). Temporalidad y espacialidad son formas históricas de la vida y la conciencia humana.

 

Bibliografía

 


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s