Sobre la posesión de las cosas

EscribirEn un balcón que mira al mar, Pierre Dumayet entrevista a Marguerite Duras. Ella comenta: “El mar también, sí. Es una forma de apropiación, pero es normal. Creo que todo el mundo es así. Es una especie de posesión ilimitada. Como el mar”. Más que de una apropiación en el sentido de volverse dueño y poseedor de algo, la semejanza entre la autora y el mar reside en una posesión implícita de las cosas, una posesión que sólo puede tener lugar en un encuentro silencioso con ellas. Como sabiamente afirmaba el poeta, “frente al mar las cosas alcanzan su justa proporción: apenas existen”. Creo que esta imagen del mar y su modo de definir las cosas por el “solo hecho” de estar ahí, es también la que en muchos sentidos atraviesa la escritura de la autora.

En “La insondable soledad de la prosa de Marguerite Duras”, Fabienne Bradu dedica un breve comentario a un texto que me parece imprescindible: Escribir. Según el anecdotario de Enrique Vila-Matas plasmado en París nunca se acaba, el autor barcelonés refiere que su casera de entonces (Duras), al enterarse de que su joven inquilino aspiraba a ser escritor, le garabateó en una hoja, a modo de “receta médica” (dice Bradu), unas cuantas lecciones para lograr su propósito. Esas primeras ideas fueron posteriormente desarrolladas en Escribir. Este texto es singular por varias razones. Más que una preceptiva para volverse escritor (como si de una fantástica metamorfosis se tratara), se articula como una confesión y una declaración de principios de la autora respecto a su trabajo escritural y también respecto a ella misma.

Bradu anticipa en el título de su texto uno de los temas fundamentales, no sólo de Escribir, sino de buena parte de la prosa de Duras: la soledad. En novelas como El amor o Los ojos azules pelo negro, por mencionar un par de ejemplos, los personajes deambulan como individuos universales, sin nombre, exhibiendo apenas vagas historias de vida que podrían pertenecer a cualquiera. Al final de estas historias, lo que impera es un profundo sentimiento de soledad, pero también de paradójica cercanía con sus personajes imprecisos.

Más allá de la historia de amor personal, este sentimiento de soledad es imprescindible para el escritor según apunta Duras en Escribir. “La soledad no se encuentra, se hace –afirma la autora. La soledad se hace sola. Yo la hice. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé” (19).

Las relaciones amorosas de sus personajes parecen también envolverse en la paradójica relación que la autora establece con la soledad, en ambos casos son relaciones en espacios íntimos donde impera el sentido de la vista. Los enamorados, que casi nunca son amantes, se observan o se dejan mirar, tan sólo para evocar en el otro a un tercero ausente e imposible. Marguerite también observa las cosas en plena en soledad, con miedo, con angustia, con la imperiosa presencia del alcohol como motor que impulsa la creatividad y la lucidez, pero que también envenena. Acerca del amor y la escritura, la autora afirma en la citada entrevista con Dumayet: “Me he dicho muchas veces que se escribía sobre el cuerpo muerto del mundo y de igual manera sobre el cuerpo muerto del amor. Que lo escrito se nutría en los estados de ausencia, no para reemplazar algo de lo vivido o de lo supuestamente vivido, sino para depositar en éste el vacío por él dejado”.

A pesar del temor, de la muerte, del vacío que ha dejado el amor y a veces el alcohol, la escritura se impone. Aún en trances tan fuertes como los derivados del alcoholismo, existe en Duras una profunda lucidez para expresar lo que ella creía debía decirse a través de lo literario y con la construcción de la soledad necesaria para decirlo. En un texto titulado “El alcohol” incluido en La vida material, la autora afirma:

El alcohol hace resonar la soledad y termina por hacer que se lo prefiera antes que cualquier otra cosa. Beber no es obligatoriamente querer morir, no. Pero uno no puede beber sin pensar que se mata. Vivir con el alcohol es vivir con la muerte al alcance de la mano. Lo que impide que uno se mate cuando está loco de la embriaguez alcohólica, es la idea de que, una vez muerto, no beberá más […].

El alcohol ha sido hecho para soportar el vacío del Universo, el mecimiento de los planetas, su rotación imperturbable en el espacio, su silenciosa indiferencia en el lugar de vuestro dolor. El hombre que bebe es un hombre interplanetario. Se mueve en un espacio interplanetario. Es allí donde permanece al acecho. El alcohol no consuela, no amuebla los espacios psicológicos del individuo, sólo sustituye la carencia de Dios. No consuela al hombre. Produce lo contrario, el alcohol conforta al hombre en su locura, lo transporta a las regiones soberanas donde es dueño de su destino. Ningún ser humano, ninguna mujer, ningún poema, ninguna música, ninguna literatura ni ninguna pintura puede sustituir esta función del alcohol en el hombre, la ilusión de la creación capital (15-16).

Visto así, el poder del alcohol es imprescindible en el proceso creativo. El ritual de la escritura no es sólo el espacio solitario, sino la lucidez derivada del acceso a ese estadio intelectual, emocional y sensorial de la embriaguez. En Escribir, Marguerite expresa parte del proceso de escritura de El vicecónsul y de Lol. V. Stein, ambas novelas creadas con el impulso irrefrenable que le traía el haber llegado y consolidado ese sitio de plena soledad, cuyo estímulo era su lucha contra el miedo y su alianza con el alcohol. “Si no hubiera escrito me habría convertido en una incurable del alcohol. Es un estado práctico: estar perdido sin poder escribir más… Es ahí donde se bebe. Ya que uno está perdido y ya no tiene nada que escribir, que perder, uno escribe” (24).

El alcohol y la escritura, la soledad y el miedo, la vocación irreversible por escribir y escribir más, son las condiciones que en Marguerite Duras permiten comprender algunas de sus obsesiones, parte de aquello que corre por debajo de su obra como un río espesísimo y profundo que no siempre se ve pero se escucha. La consigna de escribir se impone a la autora como una confrontación con ese vacío del mundo antes citado, para ella es: “Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar” (22).

En medio de este vacío crucial es en donde, de repente, las cosas se manifiestan para expresar una vida que está más allá de la percepción habitual, una vida consciente que tiene todo que ver con la posesión implícita y sin límites del mar. “Cuando yo escribía en la casa –afirma Duras– todo escribía. La escritura estaba en todas partes” (25). El esmero tan meticuloso que dedicó la autora a construirse un espacio de soledad, se debe tal vez al hecho de que sabía que era imposible estar solo: “Nunca se está solo. Nunca se está solo físicamente. En ninguna parte. Siempre se está en alguna parte. Se oyen ruidos en la cocina, los de la tele, o de la radio, en los apartamentos vecinos, y en todo el inmueble. Sobre todo cuando nunca se ha pedido silencio como siempre he hecho yo” (40).

Pero más allá de los ruidos, está lo demás, las cosas efectuándose, continuando con su curso y con su propia vida que también es la nuestra. Una anécdota bastante singular ilustra a la perfección este vínculo con la vida de las cosas y la escritura según Duras:

Y fue en aquel silencio, aquel día, cuando de repente, en la pared, muy cerca de mí, vi y oí los últimos minutos de la vida de una mosca común.

Me senté en el suelo para no asustarla. Me quedé quieta.

Estaba sola con ella en toda la extensión de la casa. Nunca hasta entonces había pensado en las moscas, excepto para maldecirlas, seguramente. Como usted […].

Me acerqué para verla morir.

[…] Observé cómo moría una mosca semejante. Fue largo. Se debatía contra la muerte […].

Mi presencia hacía más atroz esa muerte. Lo sabía y me quedé. Para ver. Ver cómo esa muerte invadiría progresivamente a la mosca y también para intentar ver de dónde surgía esa muerte […] De qué noche llegaba, de la tierra o del cielo, de los bosques cercanos, o de una nada aún innombrable, quizá muy próxima, quizá de mí, que intentaba seguir los recorridos de la mosca a punto de pasar a la eternidad […].

La muerte de una mosca: es la muerte, es la muerte en marcha hacia un determinado fin del mundo, que alarga el instante del sueño postrero. Vemos morir a un perro, vemos morir a un caballo, y decimos algo, por ejemplo, pobre animal… Pero por el hecho de que muera una mosca, no decimos nada, no damos constancia, nada.

Ahora está escrito […] Está bien que el escribir lleve a esto, a aquella mosca, agónica, quiero decir: escribir el espanto de escribir. La hora exacta de la muerte, consignada, la hacía ya inaccesible. Le daba una importancia de orden general, digamos un lugar concreto en el mapa general de la vida sobre la tierra […].

La precisión de la hora de la muerte remite la coexistencia con el hombre, con los pueblos colonizados, con la fabulosa masa de desconocidos del mundo, la gente sola, la de la soledad universal. La vida está en todas partes. Desde la bacteria al elefante. Desde la tierra a los cielos divinos o ya muertos (41-44).

De este tipo de posesión creo que hablaba Duras al mirar el mar. El mar ilimitado está ahí y nos posee con su sola presencia. La escritura también ilimitada en sus ingentes posibilidades es un modo de poseer las cosas, de darles un nombre, de rehacer el vacío que han dejado con su muerte, de perpetuarlas por el solo hecho de haber ocupado un tiempo y un espacio en este mundo. Esta gran consigna es la de escribir: reinventar la vida que sucede a cada instante y de la cual somos ínfima parte.

Aunque para este ejercicio, el de escribir, en Marguerite Duras hayan sido necesarios la soledad, el dolor, la conciencia de la muerte, el alcoholismo “Escribir”, dice ella, “es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado” (17). Al final de su vida nos quedan todas sus historias de amor y desamor, sus personajes obsesivos y tristes, pero sobre todo la certeza de que en ella “la escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada en la vida, nada, excepto eso, la vida” (56).

Bibliografía

Bradu, Fabienne. “La insondable soledad de Marguerite Duras” en Revista de la Universidad de México. No. 8. Octubre, 2014. p. 105-107.

Dumayet, Pierre. Marguerite Duras. Leer y escribir en Tijeretazos Literaria. En http://www.tijeretazos.org/Indices/Indices001.htm

Duras, Marguerite. Los ojos azules pelo negro. México: Tusquets, 2012.

______________. El amor. México: Tusquets, 2010.

______________. Escribir. Madrid: Tusquets, 1994.


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