Un luminoso desorden afectivo

???????????????????????????????Siempre pensamos que lo más importante para poder actuar es conocer las piezas y las reglas del juego, pero ¿es que las piezas son realmente piezas?, ¿o las reglas, reglas?, ¿no será que el principio es tan sólo un luminoso desorden afectivo con su estela de sombras y marcas?

Creo que una de las imágenes más comunes para referirse al curso de la vida ha sido la del juego y sus reglas. La vida como un ganar o perder mientras se viva. Las reglas que en este juego de la vida nos autoimponemos suelen ser de naturaleza diversa: sociales, familiares, religiosas, éticas, filosóficas o simplemente causales. Lo importante es mantenerse en el curso de un cierto orden, cualquiera que éste sea, para seguir jugando a vivir.

Pero fuera de este orden está todo lo demás, esos desórdenes afectivos con sus múltiples estelas de sombras, marcas y pistas que nos llevan a otros parajes no del todo comprensibles y mucho menos, explicables. Se trata más bien de intuiciones, de asociaciones entre elementos de ámbitos en apariencia incompatibles, de sueños y coincidencias que no siempre sabemos dónde ubicar, pero que sin duda causan una fascinación extraordinaria de la que uno no se desprende fácilmente. Una de las manifestaciones más antiguas de esta fascinación por seguir el luminoso desorden afectivo que como seres humanos nos constituye es sin duda la baraja del Tarot.

La baraja más antigua y completa que se conserva hoy en día es la del Tarot Visconti-Sforza. Creada a mediados del siglo XV en la Italia renacentista, esta baraja encierra en sus 78 imágenes el complejo entramado del pensamiento que regía la vida de la época. Así como en las cortes de entonces se estilaba encargar poemas, retratos y otras piezas artísticas para las celebraciones de aniversarios, nacimientos, enlaces matrimoniales, etc., el Tarot Visconti-Sforza es diseñado en 1451 por el reconocido artista Bonifacio Bembo con motivo del décimo aniversario de bodas del excelso militar Francesco Attendolo (apodado Sforza por su desempeño bélico) y Bianca Maria Visconti, hija de Filippo Maria Visconti, duque de Milán. Además del contexto de nobleza en el que surge el Tarot, y que sin duda es un elemento fundamental en el diseño de la baraja, encontramos la rica herencia de lo que entonces participaba de un pensamiento místico que a través de estas representaciones vinculaba los aconteceres de la vida cotidiana con la parte impredecible y emocionante propia del juego.

Según apunta Mary Packard en su estudio introductorio a la edición de The Golden Tarot, el Visconti Sforza se encuentra estrechamente relacionado con la celebración de los triunfos, heredada de la antigüedad romana y todavía vigente en el siglo XV italiano. “Con el alba del Renacimiento –dice Packard–, así llamado porque fue una época de interés renovado por todo lo clásico, las elaboradas procesiones religiosas se habían fusionado con desfiles seglares festivos para crear una versión amplificada del triunfo romano. Resplandecientes carrozas tiradas por caballos, ocupadas por conocidos héroes y villanos, desfilaban acompañadas de cantantes, danzarines y actores con ropajes coloristas” (14). En la baraja se exhibe buena parte del vestuario y colorido de estas celebraciones, además de las representaciones alegóricas de las virtudes de la filosofía de la Antigüedad clásica que también participaban de los triunfos.

Este elemento visual ricamente recreado por Bembo tanto en los arcanos mayores como en los arcanos menores del Visconti Sforza, se complementa con una carga simbólica muy anterior al Renacimiento italiano, pero que cobra especial vigencia en esta época. Si bien en los siglos XVIII y XIX encontramos estudiosos que ubican el origen del Tarot en el antiguo Egipto[1] o en la tradición cabalística[2], hasta ahora el Visconti Sforza es considerada la baraja más antigua de la que se tenga noticia, lo cual no significa que algo de la mitología egipcia, de la faceta mágico talismánica de la Cábala y de otras vertientes del llamado ocultismo, no estén presentes tanto en este Tarot como en el de Marsella y en los que después fueron creados a partir de éstos. La explicación ofrecida por Packard a propósito de lo anterior es que en el Renacimiento se da un interés especial por recuperar la tradición del hermetismo, el cual “pretendía resolver lo que siempre ha sido la quintaescencia del dilema humano: cómo superar la muerte y alcanzar la inmortalidad. Basándose en la idea de que todos poseemos un alma inmortal atrapada dentro de un cuerpo mortal, los seguidores del hermetismo creían que era posible volverse inmortal y unirse al Creador en el reino celestial más allá de los planetas” (31).

En el Corpus Hermeticum y Asclepio atribuido a Hermes Trismegisto, cuyo nombre deriva del dios egipcio Thot y de su cualidad de ser el “tres veces grande”, encontramos algunos de los principios que rigen la vida de los hombres y los pasos a seguir a fin de alcanzar la inmortalidad, los cuales se encuentran sintetizados en la serie de los arcanos mayores del Visconti Sforza y de la mayoría de las barajas más conocidas. La primera revelación en este tratado, y que conocemos a través de las palabras de Poimandres o “la mente de la sabiduría absoluta” dice que “una palabra sagrada subió sobre la ‘acuosa’ naturaleza, y un fuego purísimo saltó desde la acuosa naturaleza hacia lo alto” (111). Después de esta revelación Poimandres reconoce que “Luz y vida son dios y padre, [y] de ellos nació el hombre. De modo que si aprendes que estás constituido de luz y vida y que acontece que has nacido de ellas, volverás a la vida de nuevo” (115).

Sin embargo, este vínculo estrecho con la divinidad se encuentra deteriorado desde la creación de la primera persona, un ser bisexual y extremadamente hermoso, en la medida en que era semejante a Dios, y quien al descender al reino de los planetas (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno, el Sol y la Luna, según la astronomía de la época), despierta el deseo en cada uno de guardar a esa primera persona para sí. “La Tierra también se prendó de ella y regaló al ser bisexual un cuerpo, mientras que los siete planetas, con la esperanza de apropiarse ellos de la primera persona, le concedieron siete dones menos atractivos: los vicios de la gula, la astucia, la lujuria, la arrogancia, la audacia, la avaricia y la falsedad” (Packard 33). Ante esto, el Creador divide a la primera persona en un hombre y una mujer, cada uno con un cuerpo mortal pero un alma inmortal. Desde entonces el camino hacia la reconciliación con Dios después de la muerte, implicaría un viaje de planeta en planeta en que el alma se iría despojando de sus vicios hasta llegar a la plenitud de la comunión con lo divino.

Simbólicamente es este el viaje representado en la sucesión de cartas correspondientes a los Arcanos Mayores del Visconti Sforza, pues estas 21 cartas se dividen en tres grupos de 7 arcanos (como los 7 planetas antes citados), que representan tres estadios en dicho viaje. La carga simbólica del Corpus Hermeticum es en sí bastante compleja como para describirla en este breve espacio y sin embargo no es la única, ya que el Visconti Sforza también se relaciona con ciertos principios de una vertiente alquimista que había redirigido sus intentos por encontrar la piedra filosofal que transmutara en oro las sustancias, en una búsqueda más bien espiritual. Más allá del mito que subyace a la baraja, es posible identificar estas cualidades y vicios en el trayecto de vida de cualquier ser humano, así como, en muchos casos, una necesidad de identificación espiritual de orden superior.

El potencial simbólico de la baraja no se agota nunca. Sus significados se remontan al platonismo del mismo modo que se comprenden a través de los arquetipos junguianos. Y aún más allá de la carga simbólica que tenga cada arcano en sí, sus posibles interpretaciones se harán mucho más complejas y ricas cuando la baraja se echa andar a través del juego. No se trata tanto de conocer las reglas del Tarot o de saber identificar cada una de sus piezas, sin duda este conocimiento es de gran utilidad para relacionarse con la baraja, pero lo más fascinante de ella es precisamente estar dispuestos a entrar en su juego, a dejarnos llevar por su luminosidad y por el desorden afectivo que nos siguen ocasionando las mismas imágenes desde hace siglos y que dicen todo y más acerca del juego de la vida.

Bibliografía

Hermes Trismegisto. Corpus Hermeticum y Asclepio. Ed. de Brian P. Copenhaver. Madrid: Siruela, 2000.

Packard, Mary. El tarot de oro. La baraja Visconti-Sforza. Trad. Herminia Bevia Villalba; Ilustraciones de Rachel Clowes; Prólogo de Robert M. Place. Madrid: Akal, 2014.

Papus, Gerard Encause. El tarot de Marsella. Tarot de los Bohemios. México: Berbera, 2008.

I

[1] Mary Packard cita las teorías de Antoine Court de Gébelin acerca del origen egipcio del Tarot.

[2] Ver, por ejemplo, El tarot de los bohemios de Papus, quien no sólo relaciona la simbología de los arcanos con ciertos ejercicios cabalísticos de permutaciones y con otros principios matemáticos, sino con una suerte de sustrato divino presente en todas las religiones antiguas, aunque con distintos nombres.

La baraja más antigua y completa que se conserva hoy en día es la del Tarot Visconti-Sforza. Creada a mediados del siglo XV en la Italia renacentista, esta baraja encierra en sus 78 imágenes el complejo entramado del pensamiento que regía la vida de la época. Así como en las cortes de entonces se estilaba encargar poemas, retratos y otras piezas


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