Tiempo y géneros discursivos

Mural del pintor colombiano Santiago Martínez Delgado
Fragmento de un mural del pintor colombiano Santiago Martínez Delgado

A lo largo de los siglos, el ser humano ha ensayado distintas formas de concebir el tiempo y relacionarse con él. Se trata de una relación radical, pues, como señala Norbert Elias, la determinación del tiempo es una manera que la humanidad desarrolló para orientarse en el incesante flujo del acontecer. Elias lo plantea así:

Cuando, en estadios primitivos de desarrollo, resulta necesario que los hombres respondan a la cuestión acerca de la posición de los hechos o de la duración de los procesos en el transcurso del acontecer, usan de ordinario como proceso normalizado un cierto tipo de fenómenos naturales. Se apoyan en procesos naturales que en realidad son únicos e irrepetibles, como todo aquello que es sucesivo, pero cuya aparición posterior muestra una pauta similar o idéntica a la anterior (1989, 12).

Algunos de esos procesos naturales, extrahumanos, mencionados por Elias son la bajamar y la pleamar, la frecuencia del pulso cardíaco, el orto y el ocaso del sol y la luna. Más tarde, continúa Elias, los hombres utilizaron los procesos simbólicos recurrentes en las esferas de los relojes. La hora y el reloj fueron vistos durante años como derivaciones del día, esa medida extrahumana que, en palabras de Paul Ricoeur, «une el cuidado con la luz del mundo» (2004 I, 129). Algo semejante ocurre con el calendario, en donde, pese a la recurrencia de los meses, la sucesión irrepetible de los años representa la secuencia irrepetible de los procesos naturales y sociales. Elias anota:

Hasta la época de Galileo, lo que llamamos tiempo y naturaleza, está centrado en primer término alrededor de los grupos humanos. El tiempo era ante todo un medio para orientarse en el mundo social y regular la convivencia humana. Los fenómenos naturales, elaborados y normalizados por los hombres, encontraron aplicación como medios para determinar la posición o la duración de las actividades sociales en el flujo del acontecer. Sólo con la Edad Moderna se apartó de este rumbo el empleo de los relojes, como instrumentos importantes en la investigación de los meros fenómenos naturales (1989, 13).

Autores como Mijaíl Bajtín, Eduardo Nicol, Ricoeur y el propio Elias han subrayado el absurdo resultante de pensar la relación de la humanidad con el tiempo en los términos en que la ciencia positivista lo entiende. Para la física y las matemáticas, los máximos paradigmas científicos, el tiempo es una medida homogénea, abstracta y neutra. Por el contrario, la humanidad es “heterogénea, cualificada siempre y diversa”, como lo ha expuesto Nicol (2004, 25). La pregunta por el tiempo, o mejor dicho, por la temporalidad o experiencia humana del tiempo, es a la vez la pregunta por la temporalidad radical del ser humano.

Ahora, ¿qué relevancia tiene todo lo anterior con los géneros discursivos y su memoria? Recordemos que para Bajtín los géneros discursivos reflejan las condiciones específicas y el objeto de cada una de las esferas comunicación y praxis humanas. En efecto, al volver la vista sobre nuestro devenir histórico, descubrimos géneros ligados a la representación del tiempo natural, cíclico, determinado por los astros y sus efectos: el día y la noche, las estaciones. No se trata de un tiempo exclusivo del ser humano, pues afecta a la totalidad de la naturaleza, incluido el hombre. Tales géneros son, por ejemplo, la oración, los mitos cosmogónicos, los cantos de las fiestas saturnales y las diversas canciones que acompañaban el trabajo agrícola (siembra y vendimia). También descubrimos géneros ligados a la representación de un tiempo recurrente socialmente normalizado, fijado por la costumbre y la tradición. Es el tiempo familiar de la vida convencional, presidido por los ritos y las etapas de la cronología colectiva: nacimientos, bodas, muertes, coronaciones, victorias o derrotas en las guerras, ceremonias religiosas. De estos géneros vale mencionar la invitación, la sentencia, el anuncio, la epístola, la epopeya, el idilio, la honra fúnebre, el epitafio, el romance, entre otros.[1] E igual descubrimos géneros que representan un tiempo nuevo, el tiempo histórico, emancipado de lo cíclico y lo previsible, que ya no se rige por los efectos de los astros, ni por la costumbre o la tradición. Por supuesto, todos estos géneros casi nunca se presentan en su forma primigenia o pura, sino combinados entre sí, mixtificados. El género más representativo del tiempo nuevo y la mixtificación es la novela. Así lo han anunciado Bajtín, Walter Benjamin y Luis Beltrán Almería, entre otros.

En las culturas de fuerte predominancia oral, los géneros discursivos se nutren casi por completo de representaciones relacionadas con el tiempo natural y el tiempo social normalizado, porque la naturaleza, la tradición y la costumbre siguen funcionando como principios organizadores y reguladores de la vida y la convivencia humanas. Conforme las culturas se aclimatan al tiempo histórico y penetran en el mundo de la escritura, en sus facetas caligráfica, impresa y electrónica –puesto en términos de Walter Ong–, se va debilitando la potencia organizadora y reguladora de aquellos tres principios. Según Ong, el cambio de la oralidad a la escritura, y de ahí a la elaboración electrónica, compromete las estructuras social, económica, política, religiosa y demás (1987, 12). Y según Bajtín, a medida que las esferas de posibilidades de comunicación y praxis humanas crecen y se complejizan, los géneros discursivos se diferencian y crecen. Pero su diferenciación y crecimiento no es siempre fácil. Además, entre los géneros primarios y los secundarios se da una pluralidad de formas de ajuste y de conflicto, o hasta de franco choque.

La opinión general asume con demasiada rapidez que los cambios en el ámbito de la alta cultura surgen del seno de ésta. Tal suposición es susceptible de objeciones. Una de las más fuertes es que la alta cultura es capaz de pensarse a sí misma, pero incapaz de animarse e impulsarse por sí sola, como ha señalado Beltrán (2004, 126). Se sustenta gracias a los fenómenos ocurridos en la esfera de la vida cotidiana. Además, los cambios culturales son procesos largos y necesitan de varios años de formación para concretarse. Lo que todavía no se ha estudiado con la profundidad que amerita, en mi opinión, es la pluralidad de formas de contacto o de conflicto que establecen entre sí los géneros del ámbito de la vida y los de la alta cultura. Beltrán ha propuesto una vía sugerente para estudiar ciertos vasos comunicantes entre ambos tipos de géneros: según él, los géneros retóricos compondrían una zona de tránsito de los primeros a los segundos (2004, 126). Esta propuesta es sumamente atinada. Incluso me atrevería a afirmar que resulta sumamente provechosa para estudiar y entender la vida cultural y literaria de los virreinatos americanos. Casi todos los textos de este periodo que hoy consideramos literarios se sustentan, en primera instancia, en géneros forenses. Sin ir más allá, pensemos cuántos de ellos son crónicas, relaciones y epístolas. Su carácter literario surge sólo en un segundo nivel. Lo que ahora necesitamos es explicar es cómo se da este paso de lo forense a lo literario.

BIBLIOGRAFÍA

  • Bajtín, Mijaíl.Teoría y estética de la novela. Trabajos de investigación. Trad. Helena S. Kriūkova y Vicente Cazcarra. España, Taurus, 1989.
  • ——-. Estética de la creación verbal. Comp. S. G. Bocharov. Trad. Tatiana Bubnova. México: Siglo XXI Editores, 2009, 12ª reimpresión.
  • Beltrán Almería, Luis. Estética y literatura. España: Mare Nostrum, 2004.
  • Benjamin, Walter. Illuminations. Introd. Hannah Arendt. Inglaterra: Random House, 1999.
  • Elias, Norbet. Sobre el tiempo. Trad. Guillermo Hirata. México: FCE, 1989.
  • Nicol, Eduardo. “Introducción: la historia y la verdad. El problema del ser en el tiempo”, en La idea de Hombre. Ed. Facsimilar. México: Herder, 2004, pp. 15-46.
  • Ong, Walter. Oralidad y escritura. Tecnologías de la palabra. Trad. Angélica Scherp. México: FCE, 1987.
  • Ricoeur, Paul. “Para una teoría del discurso narrativo”, Historia y narratividad. Introd. Ángel Gabilondo y Gabriel Aranzueque. Barcelona; Buenos Aires, México: Paidós; I.C.E de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1999, pp. 83-155.
  • Zumthor, Paul. Introducción a la poesía oral. Madrid: Taurus, 1991.

[1] Para elaborar esta tipología me basé en Bajtín (1989), y reformulé algunas ideas de Paul Zumthor sobre las cuatro situaciones de la performance (1991, 158-161)


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