Mayo

mayo2En esta tierra plana que es Mérida, mayo siempre me ha parecido un mes contradictorio: por un lado, algunos árboles estallan en flores y dan un hermoso espectáculo; por el otro, el calor y la humedad son intolerables. El bochorno, el intenso sol, la falta de viento me desencantan y sofocan. Como si el tiempo se detuviera en la hora del tedio, nunca me ha gustado del todo ese mes, a pesar de sus flores, porque necesito la frescura, la lluvia y una luz no tan despiadada. El calor causa accidentes de tráfico, enloquece a las personas, genera olvidos, arranca la conciencia y altera los nervios, como se avisa en la novela Mayo, de Karla Marrufo, ganadora del premio Dolores Castro 2014.

En un monólogo que aspira a entablar un diálogo con interlocutores que parecieran ausentes, la protagonista de esta novela conjunta migas de su memoria, para ver si así logra entenderse con los suyos, en especial con sus hijos que, con dos apellidos iguales a cuestas, se avergüenzan cada vez que dibujan su árbol genealógico, porque son una familia que construyó “su linaje acumulando vicios en sus genes” (125); son como esa aristocracia de sangre corrupta, con hijos idiotas que “matan a sus padres, violan a sus hermanas” (125).

La mujer que hilvana sus recuerdos en Mayo recopila los augurios que a lo largo de su vida le anunciaron tragedias y que ella no quiso o no alcanzó a descifrar. Los presagios que la narradora va descubriendo brotan en la novela en forma de palabras aisladas, como “calendario”, “árbol”, “cállate”, “tiresas”, “basura”, “cuchillo”, “adiós”. Pertinaces, también surgen en varios fragmentos de la obra dos onomatopeyas, “tuc” y “gluc”, que describen el ambiente acuoso y burbujeante del espacio en donde ocurre la historia; un lugar donde aún se encuentran huellas de una familia que pareciera haberse asfixiado por la humedad, tal como le manifiesta el personaje principal a su hijo: “de tus hermanas, tu padre, de ti y de mí —confiesa la mujer—/sólo quedan burbujas y gotas/tuc y gluc/ de una liquidez más bien espesa, como un desencanto que lo inunda, lo enloda y lo resbala todo” (74).

“Tuc” y “gluc” son onomatopeyas que figuran el goteo incesante de los recuerdos. “Tuc” y “gluc” representan el vaivén de la memoria de la protagonista, que busca explicarse el desamor, la venganza y el odio. “Tuc” y “gluc” son el anhelo de “disfrazar de paisajes distintos” los acontecimientos que ya ocurrieron, con la esperanza de que las trampas del recuerdo tracen una historia diferente, menos cruel: “no sé —nos dice este personaje— tal vez si me inventara otro pasado podría vivir como si nada hubiera sido cierto/ningún dolor, ninguna muerte” (123).

Los mitos nos advierten del peso de la herencia familiar, la naturaleza del destino y los castigos que enfrentan los hombres por cometer ciertas faltas. Quizá por la televisión y sus voces de plástico, lo rutinario y la insignificancia de los días, hemos enterrado las enseñanzas y los vaticinios que se resguardan en las historias del principio de los tiempos; en los mitos ya se consigna, por ejemplo, el destino de los que, como Edipo, construyen su linaje acumulando vicios en sus genes. Sin embargo, nos advierte la narradora, “llevamos años olvidando y por eso todo mata y muere de calor de no ser ya más contado” (130). Es necesario, incluso en este mundo en el que “todo es ya tan express” (108), “hablar, contarnos los sueños, los recuerdos, aunque sean falsos” (108).

En Mayo los mitos pasean de forma sutil entre las burbujas, los goteos, los cuchillos, las pequeñas cosas que la mujer de la novela recuerda. El mito también está en el nombre de Tiresias, el gato cuya vida siempre pende de un hilo por su mala costumbre de acostarse en la cochera, ajeno al malicioso automóvil, que en cualquier instante pueden retroceder y acabar con sus días. Como si fuera un anuncio de lo que va a ocurrir, el gato de esta novela caza colibríes, con “su hocico tritura la tibieza y los latidos de un ave a punto de emprender el vuelo” (79-80), y en este crimen Tiresias esboza la tragedia de la narradora y su familia.

Presa en un mayo eterno que confunde su memoria, la protagonista advierte a lo largo de la novela lo que significa el nombre de su hijo en diversas lenguas. Aunque ella no puede acordarse del vocablo que en maya, francés, italiano o portugués nombran a su vástago, la mujer sí alcanza a vislumbrar que esas palabras significan recuerdo, olvido, desmemoria o despertar:

sabías que hay una palabra muy parecida a tu nombre. no recuerdo en qué idioma está, significa despertar, dejar a un lado los sueños, los olvidos, y por fin, despertar. abrir bien los ojos, las manos, dejar de tentarse el corazón y/ tomar el cuchillo/ hacer lo que uno tiene que hacer” (137).

En Mayo pareciera comprobarse la idea de que los nombres, más que la infancia, son destino, como advertía mamá panchita a su hija, la narradora:

mamá panchita insistía tanto en eso de los nombres que mi mente se decidió a olvidarlos de una vez y no dedicarles pensamientos ociosos. por eso lola y su vida que no ha sido otra cosa. tu abuela me lo dijo, cada día desde mi nacimiento me lo advirtió de mil formas, con rosario y sin rosario, con las veladoras encendidas y las monedas de cobre al pie del altar, con los tremendos brazos de san charbel sobre mi cabeza, con mil favores colgados a la virgen de izamal… hasta que un mal día se hartó ¡por eso te llamas así: mal avenida y ciega! (109).

La novela deja en claro que no hay que tomarse a la ligera los nombres, las palabras y las cosas que están “condenadas a morir sin que nadie les dedique un pensamiento” (75). La narradora se detiene en las cosas nimias y en la belleza de lo desechable con el deseo de poner en orden los recuerdos. En ese mayo duradero, la protagonista, una mujer pequeña y cursi como se califica a sí misma, cuenta secretos nuevos, las cosas de diario, esas que “se hacen más bonitas cuando logras decírselas a alguien” (81), quizá con la intención de hilvanar de nuevo los recuerdos y advertir lo que pasó desapercibido, o tal vez con el afán de negarle importancia al sufrimiento y la muerte.

En la novela no hay una sola letra mayúscula, como si la obra quisiera ser ejemplo de que nada debe imponerse o magnificarse porque, en cuestiones del destino humano, todo, hasta lo que nos parece más trivial, cumple un papel. Recuerdo, olvido, augurio, qué somos sino algo diminuto comparados con el tiempo y el universo. Por esto, hay que detenernos en el recuerdo de las insignificancia que van a parar a la desmemoria. Incluso si es el mes más caluroso, en vez de asomarnos a los precipicios del recuerdo, de donde uno extrae casi siempre lo infame de los días pasados, tal vez debiéramos, como en Mayo, despertar también los pasajes luminosos, atender las historias ancestrales, hablar con nuestros antepasados, darles las gracias por su camino recorrido, y escuchar de ellos cómo se presagió nuestra historia a partir de las cosas pequeñas, ésas en las que nadie jamás piensa.

Marrufo, Karla. Mayo. Aguascalientes: Instituto Municipal Aguascalentense para la Cultura, 2014.

 


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