El juego de los destinos cruzados

???????????????????????????????En mi colaboración anterior, “Un luminoso desorden afectivo”, ofrecí una brevísima introducción a la baraja del Tarot Visconti-Sforza, y más que a la baraja en sí, a las relaciones del Tarot en general con ese ámbito de la intuición, las emociones y los afectos que nos permiten identificar los sentidos de las imágenes que lo conforman. Decía que los arcanos mayores del Tarot suelen ser vinculados con el trayecto de un viaje mediante el cual el individuo atraviesa facetas de éxito, crisis, aprendizajes, etc., para al final renacer hacia un nuevo ciclo. Ante todo, señalaba que tanto la vida como el Tarot podían concebirse como un juego regido por desórdenes afectivos y luminosos dada su capacidad de revelación.

Siguiendo esta fascinación por lo lúdico, Italo Calvino nos ofrece en El castillo de los destinos cruzados una peculiar muestra de algunas de las muchísimas posibilidades interpretativas de la baraja, en perfecto equilibrio con el quehacer literario, y cuyo punto de partida lo encuentra el autor, precisamente, en ese dejarse llevar por las intuiciones: “Me he aplicado sobre todo a observar las cartas del tarot con atención, con la mirada de quien no sabe qué son, y a extraer de ellas sugerencias y asociaciones, a interpretarlas según una iconología imaginaria” (Calvino 11). El resultado de este ejercicio se divide en dos partes: “El castillo de los destinos cruzados” y “La taberna de las destinos cruzados” y se articula como una serie de historias narradas a través de las posibles relaciones interpretativas de los arcanos mayores y menores del Tarot.

La primera parte está basada en el Visconti-Sforza e inicia cuando un hombre llega a un castillo después de un largo viaje. Una vez saciados su sed y hambre, el viajero se encuentra dispuesto para charlar con los comensales, sin embargo nota algo extraño en ese lugar:

“Tenía la impresión de hallarme en una rica corte, cosa inesperada en un castillo tan rústico y apartado, y no sólo por los ornamentos preciosos y la delicadeza de la vajilla, sino también por la calma y la molicie que reinaban entre los comensales, todos de bella apariencia y vestidos con atildada elegancia” (19-20).

De repente es como si el narrador hubiera entrado a la corte de los Visconti y formara parte de aquel ambiente. Ese presentimiento no es la única extrañeza que habría de enfrentar el viajero, pues pronto se da cuenta de que nadie habla en ese lugar. Él mismo intenta pronunciar una primera palabra para romper el silencio, pero descubre de inmediato que él, al igual que todos los demás, ha perdido el habla. Un hombre entonces se pone de pie y asienta sobre la mesa una baraja distinta a la de los naipes,

“eran cartas de tarot más grandes que las de jugar o que las barajas con que las gitanas predicen el futuro, y en ellas se podían reconocer más o menos las mismas figuras, pintadas con los esmaltes de las más preciosas miniaturas. Reyes, reinas, caballeros y sotas eran jóvenes vestidos con magnificencia, como para una fiesta principesca; los veintidós Arcanos Mayores parecían tapices de un teatro de corte, y copas, oros, espadas, bastos, resplandecían como divisas heráldicas ornadas de barras y campos” (21-22).

Las cartas están ahí dispuestas, pero más que para leer las tensiones en el presente y el futuro de los personajes, son empleadas para contar cada uno su propia historia, el pasado que les ha llevado hasta ese castillo.

Lo curioso de este modo de narrar, es que todas las historias las conocemos desde la perspectiva del viajero, es decir, nunca sabremos cuál era el pasado de los comensales ahí reunidos, sino sólo la lectura, las asociaciones e interpretaciones que el narrador nos va describiendo conforme identifica el significado de cada carta. Pero no es esto lo importante, sino el advertir cómo se relacionan todas las historias hasta entonces contadas las unas con las otras:

“En realidad la tarea de descifrar las historias una por una me ha hecho descuidar hasta ahora la peculiaridad más sobresaliente de nuestro modo de narrar, a saber, que todo relato corre al encuentro de otro relato mientras un comensal avanza en su fila, desde la otra punta se adelanta otro en sentido opuesto, porque las historias contadas de izquierda a derecha o de abajo hacia arriba pueden también leerse de derecha a izquierda o de arriba hacia abajo, y viceversa, considerando que las mismas cartas al presentarse en un orden diferente suelen cambiar de significado, y el mismo tarot sirve al mismo tiempo a narradores que parten de los cuatro puntos cardinales” (57).

La segunda parte, “La taberna de los destinos cruzados”, está basada en el Tarot de Marsella y, al igual que las figuras de éste, el lenguaje, los personajes y, desde luego el ambiente de los cuentos aquí incluidos, son mucho más rústicos. El espacio ha cambiado, reina la oscuridad salvo por la luz titubeante de las velas, y todo es caos. La mudez de los personajes sigue vigente, pero ya no se encuentran en medio de la elegancia cortesana, sino en la turbia atmósfera de una taberna. Encima de una de las mesas se encuentra una baraja que todos se disputan para poder contar su historia. Es el Tarot de Marsella, más simple en sus trazos, mucho menos colorido que el Visconti-Sforza, tanto más adecuado a la situación y a las historias de los mudos personajes que a continuación intentarán narrar sus vidas, las cuales serán también mucho menos refinadas que las del “Castillo…”.

Hacia el final de estas historias, al narrador por fin le llega el turno de contar un poco de sí. En la mesa están las cartas hablando de los personajes de este libro, pero también de muchos otros que reconocemos. Después de este largo recorrido de suposiciones, símbolos, asociaciones y fragmentos de vida, el narrador apunta: “Todo esto es como un sueño que la palabra lleva en sí, y que al pasar por quien escribe se libera y lo libera” (118). Pero más que liberación, para quien narra las cartas ofrecen preguntas, cuestionamientos que parecen salirse de las imágenes de la baraja:

“La escritura anuncia todo esto como el oráculo y lo purifica como la tragedia. […] ¿Cuál de esas cartas me señalaría, si respondiera aún a mi llamada? ¿Las cartas de la novela que no he escrito, con El Amor y toda la energía que pone en movimiento y los temblores y los enredos, El Carro triunfal de la ambición, El Mundo que viene a tu encuentro, la belleza, promesa de felicidad? Pero aquí sólo veo modelos de escenas que se repiten iguales, el traqueteo de la carretera de todos los días, la belleza tal como la fotografían las revistas ilustradas. ¿Era esta la receta que esperaba de él? (¿Para la novela y para algo oscuramente emparentado con la novela: <<la vida>>?) ¿Qué era lo que mantenía unido todo esto y que ha desaparecido?” (119-120).

Poco a poco, los hilos que han quedado sueltos son retomados. Como después de una lectura, las cartas dispersas sobre la mesa se van recogiendo; así las páginas del libro se van haciendo menos. La última historia se guía al igual que las precedentes: los arcanos son los que marcan el curso de la vida de los personajes, sus actitudes y personalidad; sólo que esta vez, el final está dado con un toque definitivo, un poco más cercano a las cartas de la Muerte, la Torre, el Loco, y además protagonizado por personajes de Shakespeare. Las referencias se multiplican y el juego ahora se convierte en uno de espejos. Aunque la historia llega a su final lo hace con la contundencia del juego que sólo termina para empezar de nuevo.

Calvino, Italo. El castillo de los destinos cruzados. Madrid: Siruela, 2013.


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