El concepto de utopía en la obra de Juan José Arreola (Primera parte)

arreolaEl humanismo revela que todo individuo posee la capacidad de cultivar su espíritu, hacerse digno y desarrollar sus potencialidades. Pico della Mirandola, quien avisaba de la naturaleza perfectible del hombre, recreó un fragmento de la narración bíblica y advirtió que la libertad no es más que la posibilidad que tiene cada persona de regenerarse, conquistar su “humanidad” y tomar las riendas de su destino[1]. Para la vieja tradición es innegable la existencia de un creador, capaz de conferirle “gérmenes de toda especie y gérmenes de toda vida” al hombre, quien puede volverse esclavo de los sentidos, entregarse a la sensualidad o conquistar las máximas faenas del espíritu.

En consonancia con esta orientación, Juan José Arreola prefirió una imagen para representar los trabajos que significan la conquista de la dignidad humana: el espíritu en estado natural se encuentra en una fase larvaria, como un gusano o una oruga que se arrastra; para que éste pueda transformarse, volar como una mariposa[2], debe, “mediante un acto de meditación profunda” (Arreola, 658), modificar su materia original y evolucionar hasta la perfección.

En el ensayo “La implantación del espíritu”, Arreola explicó que el vuelo de la mariposa también representa el anhelo humano de conquistar no sólo los bienes espirituales sino los materiales, de conocer y dominar el mundo que lo circunda. Sin embargo, este natural impulso, acusa Arreola, ha sido en ocasiones mal empleado; el hombre ha padecido delirio de grandeza, ha actuado de manera violenta y ha utilizado sus capacidades no siempre para bien. Es necesario hacer un alto —avisa el autor— analizar la cultura, la historia universal y evaluar qué camino debe tomar la humanidad.

Es de suma relevancia considerar que, en la escritura de Arreola, la imagen de la mariposa representa al espíritu masculino, ya que el universo femenino se manifiesta como lo material y tangible. La escisión de los géneros también cobra importancia porque se convierte en una relectura de la cultura occidental y católica de la cual el autor se declara heredero: “Yo procedo de una tradición y de una familia profundamente católica, pero a veces me refiero de manera irrespetuosa a ciertas metáforas que sólo nos proporcionan un gigantesco repertorio de ideas, de pasiones y de anomalías” (Arreola, 655).

Arreola no elige una tonalidad solemne para hablar de los devaneos del espíritu, y la figura de la mariposa también le sirve para hacer visible problemas de lo cotidiano como las dificultades que atraviesa la vida matrimonial. En ocasiones, la mariposa representa una parte del andrógino: “Adán vivía dentro de Eva en un entrañable paraíso. Preso como una semilla en la dulce sustancia de la fruta, eficaz como una glándula de secreción interna, adormilado como una crisálida en el capullo de seda, profundamente replegadas las alas del espíritu” (401).

El relato bíblico que narra la expulsión del paraíso es recuperado con frecuencia por el autor, quien retoma la historia de la caída del género humano, la salida del jardín del Edén atribuida a la debilidad de Eva, y cuestiona la interpretación que hizo culpable a la mujer: “Yo les ruego que en un instante piensen lo que significa una civilización, una cultura, una ética, una forma de ser sobre la tierra basada en semejante dislapso.” (655-656). El autor recurre al discurso católico del pecado y la expiación, se declara culpable de representar una cultura que no ha detenido al hombre en su megalomanía y advierte que “la resurrección de la mujer, como ser humano integral e integrado” (654) es la única esperanza de la humanidad.

arreolapanteonArreola propone una idea de igualdad y establece lazos con una tradición alejada de la solemnidad y lo dogmático. El espíritu de la risa habita en el llamado para instaurar una sociedad igualitaria, comprometida con la vida, preocupada por su entorno, ajena al individualismo y orientada hacia la esperanza. La estética de la risa va más allá del simple chiste, la parodia o la ironía —aunque todas ellas pueden existir en las obras alentadas por este espíritu—, es también una confrontación con el orden establecido, una propuesta donde cohabitan distintos acentos, que prefiere lo inacabado por donde se cuela un hálito esperanzador: la posibilidad de renovación.

Si bien la parodia es una de las estrategias usuales en la escritura de Arreola, los homenajes humorísticos y los señalamientos irónicos sobre la cultura occidental son constantes, no es en estos donde se encuentra, de forma exclusiva, resguardado el espíritu de la risa, sino en la capacidad de integrar lo pesaroso y alegre, la voz individual y la voz colectiva, lo culto y lo popular. La risa está en la preferencia por el contrapunto, la multiplicidad de tonos, de perspectivas de mundo confrontadas más allá de una perspectiva individual que se imponga como la poseedora de una verdad final.

La literatura ha imaginado varias posibilidades del mundo quimérico, igualitario y feliz: la ha concebido como una isla de la risa en el Paraíso, según los celtas; una Edad de Oro, como supone la literatura idílico-pastoril (Beltrán, 241). Las obras fundadas en la estética de la risa parecen confirmar algo que Freud asevera en El malestar de la cultura: “¿qué fines y propósitos de vida expresan los hombres en su propia conducta; qué esperan de la vida, qué pretenden alcanzar en ella?” (Freud, 3024). El psicoanalista es concluyente: aquello que la humanidad busca por distintos medios es la felicidad.

Hay una proposición utópica en la escritura del mexicano, fundada en la idea de una imaginaria prehistoria y en relación directa con el mito platónico del andrógino, la tesis de la pulsión de muerte freudiana, las teorías de las posibles sociedades arcaicas matriarcales, el choque entre el hombre y la mujer, y la escisión de espíritu y materia. De manera latente, el pasado quimérico fluye en la narrativa de este autor, quien repasa, en una actitud risueña, la tradición de la cual se siente heredero, muestra sus falsedades, los conflictos por cumplir sus dogmas, y desnuda el ideario que alimentó algunas de las fantasías del hombre occidental como el discurso amoroso: “Cada vez que el hombre y la mujer tratan de reconstruir el Arquetipo —explica Arreola—, componen un ser monstruoso: la pareja” (Arreola, 410). Arreola, confeso portador de la cultura masculina y adánica, repasa los saberes de los cuales se siente heredero, los honra pero, al mismo tiempo, muestra sus fallas.

Por ejemplo, en el prólogo del Bestiario, Arreola emula el lenguaje de las máximas bíblicas que obligan, sin discusión alguna, a amar al prójimo como a uno mismo. El principio cristiano es trasladado al mundo risueño, donde es posible exaltar las miserias corporales y la animalidad humana, tantas veces negada por la perspectiva seria, que declara al hombre hecho a imagen y semejanza de Dios: “Ama al prójimo desmerecido y chancletas. Ama al prójimo maloliente, vestido de miseria y jaspeado de mugre […] Ama al prójimo porcino y gallináceo, que trota gozoso a los crasos paraísos de la posesión animal” (351). Arreola no solo está parodiando con ironía el mandamiento cristiano, también está desnudando la falsedad de las convenciones rígidas que, instaladas en una civilización que impulsa sobre todo el individualismo, solo se cumplen en apariencia. Ante esto, el autor parece preguntarnos: ¿se puede realmente amar al prójimo en un orden de mundo como en el que vivimos?

El horizonte de la risa, a diferencia de la perspectiva individualista de la seriedad, no habla de amar al otro en sí, pero concibe la actividad humana como un acontecimiento colectivo, que de manera natural hace al hombre relacionarse y cooperar con el prójimo por un bien común[3]. Ya Freud —en un análisis de la tendencia natural del ser humano hacia la agresividad—, se había cuestionado el mandato que obliga a amar incluso al enemigo: “Mi amor es para mí algo muy precioso, que no tengo derecho a derrochar insensatamente […] Me impone obligaciones que debo estar dispuesto a cumplir con sacrificios. Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca por cualquier título” (Freud, 3044). De esta manera, el psicoanalista se pregunta por qué un precepto que razonablemente a nadie puede aconsejarse cumplir es exhibido con tanta solemnidad[4].

Bibliografía

Arreola, Juan José. Obras Ant. y Pról. Saúl Yurkievich, México: Fondo de Cultura Económica, 1995.

Bajtín, Mijail. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais, traducción de Julio Forcat y César Conroy, Madrid: Alianza, 1988.

Teoría y estética de la novela: trabajos de investigación, Traducción de H.S. Kriúkova y Vicente Cazcarra, Madrid: Taurus, 1989.

Beltrán, Luis. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental, España: Montesinos, 2002.

Freud, Sigmund. Obras completas. Tomo III (1916-1938) [1945], traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres, Madrid: Biblioteca Nueva, 1972.

García Gibert, Javier. Sobre el viejo humanismo. Exposición y defensa de una tradición. Madrid: Marcial Pons, 2010.

Mora, Carmen de. “El dilema, la inversión retórica y la Chria. Tres aproximaciones retóricas a las minificciones de Arreola”, Francisca Noguerol Jiménez (ed.), Escritos disconformes: nuevos modelos de lectura, Salamanca: Universidad de Salamanca, 2004, pp. 225-240.

Munguía, Martha. “De la hostilidad a la exaltación: valoraciones históricas de la risa. Resonancias éticas y estéticas”, Claudia Gidi y Martha Elena Munguía (Coord.), La risa: luces y sombras. Estudios disciplinarios, México: Bonilla Artigas Editores/ Universidad Veracruzana, 2012.

Paso, Fernando del. Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947), México: FCE, 2003.

Pellicer, Rosa. “La con-fabulación de Juan José Arreola”, Revista Iberoamericana, 159, 1992, pp. 539-555.

Pico della Mirandola, Giovanni. Discurso sobre la dignidad del hombre. México: UNAM, 2004.

Romo Feito, Fernando. “La risa en Mijail Bajtín como hermenéutica”, Claudia Gidi y Martha Elena Munguía (Coord.), La risa: luces y sombras. Estudios disciplinarios, México: Bonilla Artigas Editores/ Universidad Ve

[1] “Oh Adán, no te he dado ni un lugar determinado, ni un aspecto propio, ni una prerrogativa peculiar con el fin de que poseas el lugar, el aspecto y la prerrogativa que conscientemente elijas y que de acuerdo con tu intención obtengas y conserves. La naturaleza definida de los otros seres está constreñida por las precisas leyes por mí prescriptas. Tú, en cambio, no constreñido por estrechez alguna, te la determinarás según el arbitrio a cuyo poder te he consignado. Te he puesto en el centro del mundo para que más cómodamente observes cuanto en él existe. No te he hecho ni celeste ni terreno, ni mortal ni inmortal, con el fin de que tú, como árbitro y soberano artífice de ti mismo, te informases y plasmases en la obra que prefirieses. Podrás degenerar en los seres inferiores que son las bestias, podrás regenerarte, según tu ánimo, en las realidades superiores que son divinas” (Pico, 14).

[2] Explica Arreola en su biografía contada a Fernando del Paso: “Las mariposas ejercieron en mí desde siempre una gran fascinación, que aumentó desde luego cuando supe que los griegos representaban el alma, la psique, como una mariposa. He escrito ya alguna vez sobre la metamorfosis. Para mí, es un fenómeno de reflexión. Recuerdo mucho esos gusanos horribles, aunque de belleza siniestra, como los azotadores, que caían de los árboles de la colonia Roma. Pienso que de pronto el gusano comprende su condición y decide encapsularse en una autoenvoltura, decide ensimismarse en sí mismo, para aniquilar su ser y resucitar en otro, infinitamente más bello” (Paso, Memoria 45-46).

[3] Arreola sentía preferencia por mirar irónicamente las actitudes que revelan la falta de solidaridad. Por ejemplo, las hienas, del ya mencionado Bestiario, le sirven para dibujar ciertas ignominias del mundo y la civilización: “la hiena ataca en montonera a las bestias solitarias, siempre en despoblado y con el hocico repleto de colmillos […] la hiena tiene admiradores y su apostolado no ha sido en vano. Es tal vez el animal que más prosélitos ha logrado entre los hombres” (Arreola, 369).

[4] Freud cita un poema de Heinrich Heine que expresa, “por lo menos en broma”, las verdades condenadas por la civilización, referencia que también coincide con el sentido humorístico y socarrón del prólogo de Bestiario: “Tengo la disposición más apacible que se pueda imaginar. Mis deseos son: una modesta choza, un techo de paja: pero buena cama, buena mesa, manteca y leche bien frescas, unas flores ante la ventana, algunos árboles hermosos ante la puerta, y si el buen Dios quiere hacerme completamente feliz, me concederá la alegría de ver colgados de estos árboles a unos seis o siete de mis enemigos. Con el corazón enternecido les perdonaré antes de su muerte todas las iniquidades que me hicieron sufrir en vida. Es cierto: se debe perdonar a los enemigos, pero no antes de su ejecución” (Freud, 3045).


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