Ojos de perro

portada-timoleon-vieta-vuelve-casa_grande“Timoleon Vieta era un perro de la mejor raza. Era un perro mestizo” (Rhodes, 11), así es presentado el héroe de la novela del autor británico Dan Rhodes, Timoleon Vieta vuelve a casa, lectura que acompañó mis días tras la muerte del que había sido mi más fiel compañero durante 10 años: un chihuahua de ojos grandes y expresivos, un can valeroso aunque pequeño, tanto que un buen día, en la ciudad de Xalapa, un taxista malicioso nos gritó mientras paseábamos por esa ciudad lluviosa: “A ese perro me lo como en un taco”.

En Timoleon Vieta vuelve a casa Rhodes da cuenta de la historia de un músico retirado, el solitario Cockroft, con un historial pesado de rupturas y abandonos amorosos. Hombres jóvenes y viejos, algunos simpáticos, unos guapos, otros no tanto, le habían robado el corazón y algunas posesiones al jubilado. La única compañía constante en la vida de este músico era Timoleon Vieta —“un santo” según Cockroft—, el perro mestizo que, además de tener los ojos más bonitos que se hayan visto, fue testigo de varias escenas de “apocalipsis sentimental” por las que había pasado su amo.

Después de la llegada de un joven atractivo, malicioso (que aseguraba llevar a cuestas una historia terrible como la de su país de origen, Bosnia), las cosas entre los protagonistas de esta novela peligran. Temeroso de enfrentar la soledad y presionado por el bosnio, Cockroft deja a su suerte a Timoleon en el Coliseo romano:

A Cockroft le pareció que el Coliseo era más importante históricamente que el monumento a Víctor Manuel, y Timoleon Vieta también era importante desde el punto de vista histórico, de modo que sería la solución ideal. Habían compartido muchas aventuras a lo largo de los años. Además recordaba haber visto gatos jugando en las inmediaciones, y a Timoleon Vieta le encantaría perseguirlos, y hasta podía comerse alguno si le daba la gana, porque nadie se lo iba a impedir (95).

Tras ser abandonado, Timoleon sigue el más fuerte de sus instintos, el cual le obliga a permanecer fiel a su amo, y emprende un viaje de regreso a casa. A partir de este acontecimiento, la novela narra los encuentros de Timoleon, ahora un chucho callejero, con personas ensimismadas pero lo suficientemente sensibles como para notar la belleza de los ojos del perro mestizo. El choque entre los desconocidos y Timoleon configura un mosaico de relatos de varias vidas en el que tienen la nota predominante las miserias que causan la soledad, la melancolía o el infortunio. A la par, la historia de Timoleon es un cuadro en miniatura de la existencia de Cockroft, llena de contratiempos amorosos.

Timoleon Vieta mataba y comía ratas, conejos y alguna que otra liebre vieja. Rebuscaba en los cubos de basura, volcándolos en mitad de la noche para comer todo lo posible antes de que la gente, enojada, lo echara de allí. Cuando no hurgaba en la basura era casi como un espectro que pasaba por las calles inadvertido, la tripa magra pegada al suelo. Pero continuaba yendo hacia casa. Fatigado, hambriento y solo (147).

Aunque podría decirse mucho sobre los sufrimientos que padecen los perros sin hogar, la novela los alude sólo a través de rápidas pinceladas. Asimismo, como la presencia de un perro callejero que casi nadie percibe, esta narración exhibe la belleza y la significación de las ignoradas pequeñeces de la vida cotidiana.

Los canes son compañeros sigilosos, son observadores de la vida humana. Ciertas cosas se resuelven en nuestro interior cuando nos detenemos en los ojos de nuestros perros: algo saben de tanto asistirnos, y en su mirada atenta lo comunican. Por lo anterior, en estas líneas aprovecho para agradecer a ese chihuahua, aquel cuyo pequeño cuerpo, a veces tembloroso, “cabía en un taco”, aquel de espíritu libre y mirada perspicaz.

Rhodes, Dan. Timoleon Vieta vuelve a casa. Luis Murillo Fort (trad.). España: Alfaguara, 2003.


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