Los caminos de aquí al mar

el marEn Grandeza de los destellos, Víctor Manuel Cárdenas ha puesto un brevísimo poema imposible de olvidar:

Frente al mar

las cosas alcanzan su justa proporción:

apenas existen.

Tal vez porque en la brevedad misma del poema se sintetiza la inabarcable e imponente soberbia del mar o tal vez porque uno se reconoce ínfimo ante esa imagen y esos versos capaces de atrapar tanto en tan pocas palabras, es que el poema perdura para siempre en la memoria y su definición de nosotros y las cosas frente al mar, resulta incuestionable.

Precisamente, el mar infunde tanto temor como fascinación y frente a él no queda sino reconocernos en nuestra pequeñez e insignificancia, como si fuera el protagonista de nuestras vidas y nosotros interpretáramos tan sólo un rol secundario que se cree principal. En muchos sentidos, Océano mar de Alessandro Baricco se articula de esta manera, pues sus personajes y sus asuntos son regidos por las olas invisibles de un mar que lo inunda todo y en todas partes se encuentra.

El mar. El mar encanta, el mar mata, conmueve, asusta, también hace reír, a veces desaparece, de vez en cuando se disfraza de lago, o bien construye tempestades, devora naves, regala riquezas, no da respuestas, es sabio, es dulce, es potente, es imprevisible. Pero, sobre todo, el mar llama. (84).

Y a ese llamado acuden –tal vez sin saberlo– los personajes que coinciden en la “Posada Almayer” (Libro primero), sitio remoto ubicado estratégicamente frente al mar y en el cual la insignificancia y la torpeza humanas se hacen más evidentes:

Podría ser la perfección –imagen para ojos divinos–, un mundo que acaece y basta, el mudo existir de agua y tierra, obra acabada y exacta, verdad –verdad–, pero una vez más es la redentora semilla del hombre la que atasca el mecanismo de ese paraíso, una bagatela la que basta por sí sola para suspender todo el enorme despliegue de inexorable verdad, una nadería, pero clavada en la arena, imperceptible desgarrón en la superficie de ese santo icono, minúscula excepción depositada sobre la perfección de la playa infinita. Viéndolo de lejos, no sería más que un punto negro: en la nada, la nada de un hombre y de un caballete (11).

Ahí están, puestos como fichas de un juego absurdo pero divertido, el pintor que ha abandonado los retratos para embarcarse en la empresa de pintar el mar y sólo ha logrado lienzos blancos con imperceptibles pinceladas de agua salada. Está el profesor, en pleno proceso de escritura de una Enciclopedia de los límites verificables de la naturaleza con un apéndice dedicado a los límites de las facultades humanas, de la cual ya lleva más de 800 entradas y que pretende encontrar en una ola los límites del océano. Está el padre que acompaña a la joven virgen que aspira a curarse con baños de mar. Está la mujer adúltera, enviada a ese sitio remoto por su marido con la esperanza también de curar sus infidelidades. Está el misterioso hombre en quien se concentran todas las historias de todas las ciudades y cuyos ojos son como los de un animal al acecho. Y están los niños que habitan y administran la Posada Almayer, niños que podrían ser ángeles o tan sólo seres capaces de volar, de leer la mente e insertar sueños en otras personas.

Al principio, el mar reúne a estos personajes con la dulzura de un destino apenas intuido, con el misterio inherente a las coincidencias afortunadas. Sus historias serán historias para ser contadas y prevalecer para siempre en la memoria:

Para que nadie pueda olvidar lo hermoso que sería si, para cada mar que nos espera, hubiera un río para nosotros. Y alguien –un padre, un amor, alguien- capaz de cogernos de la mano y de encontrar ese río –imaginarlo, inventarlo- y de depositarnos sobre su corriente, con la ligereza de una sola palabra, adiós. Eso, en verdad, sería maravilloso. Sería dulce la vida, cualquier vida. Y las cosas no nos harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, primero podríamos rozarlas y después tocarlas y sólo al final dejar que nos tocaran. Dejar que nos hirieran incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo sería, por fin, humano. Bastaría la fantasía de alguien –un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente, y hermoso. Un camino de aquí al mar. (55).

Pero el océano mar es también tempestad, es furia irrefrenable capaz de extraer lo peor del ser humano o llevarle a la locura. “El vientre del mar” (Libro segundo) representa el centro del misterio y el horror. Hay sobrevivientes al naufragio, sin embargo, son sobrevivientes en cuyos ojos se han guardado, para toda la vida, los actos, los pensamientos y los deseos más monstruosos de los hombres.

He tardado años en descender hasta el fondo del vientre del mar: pero he hallado lo que buscaba. Las cosas ciertas. Incluso la más insoportable y atrozmente cierta entre todas. Esta mar es un espejo. Aquí, en su vientre, me he visto a mí mismo. He visto de verdad (127).

Después de la horrible visión de la verdad viene el desenlace donde cada personaje prosigue con su historia, aunque sólo sea un vaivén que habrá de disolverse en la orilla como todos los demás. Ahí están “Los cantos del retorno” (tercer libro) para redirigir el curso de la vida después del naufragio: las despedidas, las muertes, los reencuentros, las curas, el asesinato, las revelaciones. Si bien los huéspedes de la Posada han dejado ese paréntesis frente al mar, sus vidas se alejan de ahí regidas por ese oleaje que fue a veces pausado y otras, ímpetu de tormenta. Algo se llevan todos de ese océano mar, algo mágico e invisible, algo inexplicable y sin embargo arraigado a ellos para siempre.

Bibliografía

Baricco, Alessandro. Océano mar. Barcelona: Anagrama, 2010.

Cárdenas, Víctor Manuel. Grandeza de los destellos. Colima: Universidad de Colima, 2003.


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