Cajones artificiales para la literatura

Palabra de la frontera, de Agustín Labrada

Palabra de la frontera (1995) es una compilación de quince textos breves, originalmente publicados por el poeta y periodista Agustín Labrada (Cuba, 1964) en la sección cultural del periódico Por Esto! de Quintana Roo, entre los últimos meses de 1994 y los primeros días de 1995. En los siguientes párrafos voy a comentar el texto final del libro: “La literatura quintanarroense no existe”, una sugerente y provocadora entrevista entre Labrada y el Dr. Martín Ramos Díaz, profesor-investigador de la Universidad de Quintana Roo.

En términos generales, la entrevista trata sobre la futilidad de pretender encontrar en la literatura esencias nacionales o locales; por ejemplo, literatura mexicana, literatura francesa, literatura inglesa, o literatura quintanarroense, literatura campechana, literatura xalapeña, etc. Es decir, lo que se cuestiona es la validez de imponer criterios geopolíticos (o idiomáticos, como enseguida veremos) a fenómenos abiertos y complejos, como la literatura. En mi opinión, aunque la entrevista se publicó hace una década, no ha perdido vigencia, pues todavía seguimos empleando “cajones artificiales” para estudiar el fenómeno literario. Como Ramos explica, esto se debe a una cuestión práctica: “hacemos una foto instantánea del caos y lo detenemos para poder entenderlo”.

Uno de motivos por cuales considero sugerente la entrevista entre Labrada y Ramos es que, en apenas un par de páginas, nos ubica frente a una realidad problemática de difícil solución. La literatura es un fenómeno internacional, y como tal se resiste a los moldes simplificadores. Dice Ramos:

La literatura es una especie vasta que necesita ser colocada en cajones distintos para ser entendida. Un cajón convencional es el origen geográfico. Así toda aquella literatura que se genere en la geografía de nuestro país es etiquetada como mexicana, la que se genera en la geografía de Costa Rica será literatura costarricense y así sucesivamente. […] Otro cajón mayor es el idioma en que está escrit[a] la literatura. Por ejemplo, toda aquella que se escribe en nuestro idioma será literatura española, sin importar que venga de Argentina o de Panamá. Toda literatura escrita en inglés, inglesa. El concepto es necesario para un primer momento, pero hay que saber abandonarlo.

Quizá, tras leer estas palabras, a más de un lector le venga a la mente el recuerdo de los tres criterios-caja adoptados por Enrique Anderson Imbert para delimitar las fronteras del corpus de su conocidísima Historia de la literatura hispanoamericana, editada y reimpresa en numerosas ocasiones: idiomático, cultural y literario. Como he comentado en otra entrada, estos criterios-caja resultan muy problemáticos. Sin embargo, han hecho eco y escuela.

Ramos no pone sobre la mesa el criterio “literario”, pero, en cierto modo, lo da por sobrentendido al referirse al “propósito artístico” de quienes escriben:

La literatura quintanarroense no existe. Lo que existen son individuos nacidos en esta entidad, o avecindados en ella, que escriben con un propósito artístico. Por ahora, no hace falta definir la literatura quintanarroense, sería un intento infructuoso, no es fundamental para el trabajo artístico de los escritores que hacen su vida cotidiana y fabulan sus historias en lugares tan distintos como Cancún, Chetumal, Cozumel o Bacalar. […] El factor común que asocia a los escritores de Quintana Roo no es, como se ha tratado de decir, ni la temática de su escritura ni su estilo ni que representen un bloque ideológico común ni su edad ni sus gustos ni sus influencias. El único factor común es lo geográfico y lo lingüístico. Es decir, nada, porque no sirven para definirlos.

No obstante, los criterios geográfico y lingüístico han sido, hasta nuestros días, los grandes criterios organizadores de la literatura. Para corroborarlo basta echar un vistazo a los títulos de los manuales de literatura, las historias literarias y los libros derivados de los esfuerzos de la investigación literaria; así mismo, en el plano académico y educativo, habría que mirar los campos de enseñanza, a nivel licenciatura y posgrado. Por ejemplo, yo soy egresada de programas académicos en “literatura mexicana” y en “literatura hispanoamericana”. En fin, como ya dije, la entrevista entre Labrada y Ramos nos recuerda que estamos ante realidad problemática de difícil solución… si bien, creo, no irresoluble.

Desde mi perspectiva, para estar en mejores condiciones de entender la literatura sin recurrir a cajones artificiales, necesitamos replantearnos la manera como la concebimos. Necesitamos comenzar por estudiar el horizonte estético en relación con el cual cobra sentido la poética de un texto específico, y por reconocer que ese horizonte se amplía o se acorta en función de las necesidades de cada propuesta artística y del modo como ésta se liga a la tradición literaria. Esos lazos no son siempre inmediatos, ni necesariamente conscientes. Un texto puede enlazarse y dialogar con soluciones artísticas halladas en latitudes distantes o en tiempos muy remotos, desconocidos para el autor, aunque presentes y vigentes en el devenir literario. Así se forja la tradición literaria, en un diálogo a veces polémico, a veces terso, entre una obra de arte verbal y su horizonte artístico. Las obras de arte verbal no pueden ni deben ser pensadas de forma aislada, como si fueran ajenas al devenir temporal y estético, ni pueden ni deben encajonarse en cotos geográficos o lingüísticos, pese a la practicidad de este procedimiento. En mi opinión, para ser capaces de entender la literatura debemos tomar conciencia de la riqueza y complejidad del arte verbal. Las obras artísticas adquieren sentido sólo en el marco de la totalidad del arte, y éste no conoce más fronteras que las fronteras artísticas-estéticas.

 

Bibliografía

  • Anderson Imbert, Enrique. Historia de la literatura hispanoamericana, vol. 1. México: FCE, 1977.
  • Labrada, Agustín. Palabra de la frontera. Quintana Roo: Instituto Quintanarroense de la Cultura, 1995.

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