Género crónica, Libros de Crónicas y crónicas de Indias

ame10137-300x234Desde el punto de vista europeo, las tierras de América eran, según las palabras de Carlos Fuentes, “tierras sin historia: tierras sin tiempo” (2012: 17). Y por ser un tiempo no subordinado a la historia, iterable, carecía –a los ojos de Europa– de las tensiones propias del devenir. Al principio se creyó que en América el tiempo bien pudo haber permanecido inmutable, estático desde sus orígenes. Sólo cuando se comenzó a valorar la información obtenida a partir de quipus, logogramas, pictogramas, glifos, códices, etc., y conforme los europeos conocían más sobre estos territorios, el tiempo de América cobró dimensión histórica o cuasihistórica. Pero, en un primer momento, la supuesta atemporalidad americana alimentó la concepción de América como una utopía, y también el afán de buscar en ella los orígenes mítico-religiosos del ser humano: el Paraíso perdido. Por eso, en el corpus de textos comúnmente denominados “crónicas de Indias” se suele tender hilos temporales (por ejemplo, mediante cronografías) a guisa de raíces que se remontan hasta Adán o las tribus de Judá. Detengámonos a examinar rápidamente este punto.

González Boixo afirma que al hablar de crónicas de Indias se incurre en un “anacronismo”: “en pureza terminológica, dicho vocablo [crónica] define la forma más característica de la escritura histórica en la Edad Media” (227). En efecto, la crónica es una de las formas escriturales privilegiadas de la historiografía medieval, junto con la hagiografía, la historia eclesiástica, la historia universal y algunos géneros más. Desde la primera crónica, publicada en el año 303 por Eusebio de Cesarea, la cronología o, más precisamente, la cronografía, ha sido un principio constituyente del género. Ahora, de acuerdo con Eustaquio Sánchez Salor, quien estudia la crónica como un subgénero historiográfico cristiano, la de Eusebio “no está concebida como una obra historiográfica, sino como una obra cronográfica”; en ella “[l]os hechos históricos sólo tienen un interés subsidiario para apoyar el estudio cronológico”. Fue san Jerónimo de Estridón quien, hacia el año 380, popularizó y continuó la obra de Eusebio, y quien comenzó “a dar ya cierta importancia al aspecto histórico de los hechos” (36). Así, los desarrollos narrativos son mayores en san Jerónimo que en Eusebio.

La formulación de Sánchez Salor contraviene de algún modo a Mignolo, quien afirma: “[m]ás que relato o descripción[,] la crónica, en su sentido medieval, es una «lista» organizada sobre las fechas de los acontecimientos que se desean conservar en la memoria” (75). Para Mignolo, crónica equivale a cronología. Y prosigue Mignolo:

es posible encontrar, al parecer, crónicas que se asemejan a las historias; y el asemejarse a la historia, según los letrados de la época, proviene del hecho de escribir crónicas no sujetándose al seco informe temporal sino hacerlo mostrando más apego a un discurso bien escrito en el cual las exigencias de la retórica interfieren con el asiento temporal de los acontecimientos (76).

Sin embargo, como vimos con san Jerónimo, la crónica no se limita al “seco informe temporal”. Al contrario, desde el siglo I de la era cristiana demostró su apego al “discurso bien escrito”. Para corroborarlo basta leer los Libros de Crónicas incluidos en la Biblia: los capítulos uno a nueve del primer libro son listas y genealogías (cronografía), mientras que los veinte restantes detallan el reinado de David; el segundo libro, que no ofrece listas ni genealogías, dedica los primeros nueve capítulos al reinado de Salomón, el décimo a la separación de la dinastía de David, los siguientes veintiséis a los reyes de Judá, hasta la caída de Jerusalén, y los últimos tres al cautiverio, para cerrar con la conquista de Babilonia por Cirio, rey de Persa, quien permitió el regreso del pueblo de Israel a su país. Quiero llamar la atención respecto a que los Libros de Crónicas son, en buena medida, libros sobre los reyes y su regencia: David, Salomón, los de Judá, Cirio, etc. Más adelante volveré sobre esto.

Los Libros de Crónicas ofrecen otros datos relevantes para el análisis del género cronístico. En la Biblia hebrea llevan el nombre de divrei hayamim, “palabras de los días” o “palabras de los acontecimientos”, y en la griega, el de paralipomenon, “cosas pasadas u omitidas”. Cito a Andrew Hill y John H. Walton:

The Hebrew title of the book is literally “the words of the days”, or “the events” of the monarchies. While the Hebrew title is characteristically taken from the first verse, here the title phrase is actually fund in 1 Chronicles 27:24. The books are called “The Things Omitted” in the Greek Septuagint, that is, things passed over by the histories of Samuel and Kings. The English title “Chronicles” is a shortened form of Jerome´s suggestion that the history be called “a chronicle of the whole divine history” (2010: 21).

A san Jerónimo, a quien líneas atrás mencioné como un precursor del género cronístico en el Medioevo, se debe el nombre de «Libros de Crónicas». En la cita de Hill y Walton se advierte la divergencia de sentido entre el título hebreo y el griego, pero también sus convergencias: los acontecimientos descritos o narrados guardan estrecha relación con las monarquías y los monarcas, y forman parte de la historia sagrada. Esto reviste importancia para el estudio de la crónica virreinal americana, como en seguida veremos, pero antes conviene hacer algunas precisiones.

Varios autores juzgan erróneo el haber llamado paralipomenon a los Libros de Crónicas. Según el diccionario de la Real Academia Española, paralipómenos significa “suplemento o adición a algún escrito”. Los Libros de Crónicas recibieron ese nombre –que aún conservan en algunas Biblias– porque los traductores creyeron, como se creyó  durante siglos, que en ellos el autor o los autores consignaban las “cosas omitidas” en los libros de Samuel y de los Reyes. Hoy por hoy esta hipótesis ha sido refutada (Beentjes 2008: 4-5). Los estudiosos coinciden en que los Libros de Crónicas, como su nombre lo indica y como lo sugirió san Jerónimo, pertenecen al género «crónica»: “historia que se observa en el orden de los tiempos” (Drae). Los Libros de Crónicas refieren la historia del pueblo de Dios, desde sus orígenes (con la creación de Adán) hasta su cautiverio en Babilonia. Es decir, en ellos se traslapan las fronteras entre el mundo divino y el humano. Esta particularidad es fundamental porque trasluce la dimensión estética de los Libros de Crónicas: ambos comunican la alianza de ese dios con su pueblo. La «alianza» es un motivo folclórico y un género literario. En palabras de Luis Beltrán:

Este género admite tanto la poesía como la prosa y presenta varios subgéneros: la teogonía, la historia sagrada y la instrucción ya sea en forma de ley o de consejos. Pero esta diversidad aparente esconde una profunda unidad, todos esos géneros responden a un único propósito: la exposición de la alianza entre la divinidad y su pueblo. Esa alianza tiene unas causas –la teogonía, una historia la formación de una nación, y se expresa mediante una ley divina, que rige la vida humana (2002: 47).

El establecimiento de esa alianza sagrada entre la divinidad y su pueblo dota a éste de una identidad y una explicación del mundo. Un mundo cuyas fronteras espaciotemporales permiten intercambios corrientes con el mundo mítico-religioso: por ejemplo, muchos pueden escuchar literalmente la voz de la divinidad, y a otros más pueden verlo cuando se les revela bajo la forma de una zarza ardiente, una columna de nube o de fuego, etc. Igual son visibles y audibles los ángeles justicieros. Este pasaje de Macabeos ilustra bien esto: “En lo más duro de la pelea se les aparecieron en el cielo a los adversarios cinco varones resplandecientes, montados en caballos con frenos de oro, que, poniéndose a la cabeza de los judíos y tomando en medio dos de ellos al Macabeo, le protegían con sus armas, le guardaban incólume y lanzaban flechas y rayos contra el enemigo, que, herido de ceguera y espanto, caía” (2 Macabeos 10, 29-30). Pese al exilio de los primeros padres, las relaciones entre la divinidad y el hombre siguen siendo muy estrechas. Adán y Eva, expulsados del Jardín del Edén, en donde disfrutaban la presencia constante de Yavé y vivían como seres inmortales, son desterrados a otro espacio, en donde conocen la muerte pero también la reproducción, y así les es dado poblar la Tierra. Es como si el Edén compartiera el mismo plano existencial que nuestro orbe. Esta ambigüedad dio pie a las numerosas exploraciones de los europeos que pretendían hallar en América el Paraíso perdido.

La historia narrada en los Libros de Crónicas se estructura en correspondencia con la organización familiar patriarcal y el imaginario bíblico, quimérico, como lo confirman, por un lado, las cronologías de los primeros capítulos del primer libro, y por el otro, el seguimiento que se hace de los descendientes de Adán, especialmente David y Salomón. Las listas y genealogías conectan el mundo terrenal con el mundo edénico. En estos libros, al igual que en otros de la Biblia, la figura de los patriarcas juega un rol esencial: sobre ellos recae la responsabilidad de perpetuar el linaje de Adán y de salvaguardar el culto al Dios verdadero, que es la llave para ganar la salvación y la vida eternas. Los patriarcas son una casta superior elegida directamente por Yavé para continuar en la Tierra su labor fundacional. La designación de David, protagonista del primero de los libros de Crónicas, aparece en el libro de Samuel, profeta a quien Yavé ordena: “Llena tu cuerno de óleo y ve; te envío a casa de Isaí en Belén, pues he visto para mí un rey entre sus hijos” (1 Samuel 16, 1). El profeta obedece el mandato y, en el momento en que se encuentra con David, Yavé le dice: “Levántate y úngele, pues ése es” (1 Samuel 16, 12). A la muerte de David, hereda el trono su hijo Salomón, protagonista del segundo de los Libros de Crónicas. Con su investidura se cumple la promesa de Yavé a David: “Si tus hijos siguen su camino ante mí en verdad y con todo su corazón y toda su alma, no te faltará jamás un descendiente sobre el trono de Israel” (1 Reyes 1, 4).

En los Libros de Crónicas hallamos, pues, como Hill y Walton tradujeron el título hebreo, “`the words of the days´, or `the events´ of the monarchies” (2010: 21); esto es, la historia de las primeras monarquías o formas simples de estado, de carácter teocrático y tradicional. Por lo dicho hasta aquí, podría inferirse que las crónicas se abocaron sólo a las monarquías sociopolíticas, lo cual no es cierto. Hubo crónicas consagradas a narrar exclusivamente los hechos de la Iglesia o, por decirlo de otro modo, a contar la historia de la monarquía espiritual de dios en la Tierra. Me refiero a las crónicas eclesiásticas: a las seráficas y apostólicas, a las de monasterios y conventos, a las de las diferentes provincias y órdenes religiosas, etc. En su investigación sobre la historiografía latino-cristiana de los primeros siglos de nuestra era, Sánchez Salor dedica un apartado a los orígenes de la crónica y destaca una de sus características más relevantes:

La Crónica tiene sobre todo una finalidad apologética. Una de las acusaciones que se hacía contra la doctrina cristiana por parte de la filosofía pagana en el siglo IV era la de que se trataba de una doctrina nueva sin la tradición y la antigüedad que tenían otras religiones de pueblos antiguos. Por ello, el cristiano tiene que demostrar que los hechos del pueblo de Dios tienen la misma antigüedad y entidad cronológica, y consiguientemente histórica, que los de los otros pueblos importantes de la antigüedad. Y en este sentido juegan un papel importante las Crónicas (34).

No está de más anotar que la apologética es la “[c]iencia que expone las pruebas y fundamentos de la verdad de la religión católica” (Drae). Con el tiempo, esta tendencia a la apología se inclina cada vez más al encomio a la defensa. Recordemos que la apología era un “[d]iscurso de palabra o por escrito, en defensa o alabanza de alguien o algo” (Drae). De algún modo, con esto fue abriendo camino para aparición del héroe y del sabio, dos figuras sucesoras de la del patriarca, dos figuras recurrentes en la literatura universal.

En el Libro de Crónicas la voluntad de Yavé es el motor principal de los acontecimientos narrados: él entrona y destrona a los reyes, él traza el destino de los hombres, él mueve los hilos de la naturaleza, él crea la vida y da la muerte, etc. Con el transcurrir de los siglos, los valores de la tradición patriarcal mudan o se diluyen, dando paso a otras formas de organización, en las que la poligamia no goza de su antigua supremacía y dios –en este caso, Yavé– deja de intervenir activamente en el mundo de los humanos; al contrario, asciende a los Cielos y ahí se queda. Con esto sobrevino una crisis de las viejas identidades: tras la extenuación de la figura del patriarca, a quien el peso de su linaje (cuyo origen estaba en dios) le confería su autoridad, fue necesario integrar una élite dirigente que precisaba del consenso, del respaldo de los otros. La paulatina consolidación del dinero como instrumento de la política económica y la creciente desigualdad social generan una cultura y un arte nuevos, e introducen nuevas tareas: “construir una clase dirigente, educar a los ciudadanos sujetos de derechos y deberes, consolidar la monogamia” (Beltrán, 2002: 53). El héroe, temido y venerado por los demás, y el sabio, admirado y respetado por ellos, emergen como los flamantes hombres modelo.

Recordemos las palabras ya citadas de Hill y Walton: el título hebreo de los Libros de Crónicas es “`the words of the days´, or `the events´ of the monarchies” (2010: 21), y a la crítica de González Boixo sobre el anacronismo implícito en el término «crónicas de Indias», “la forma más característica de la escritura histórica en la Edad Media” (1999: 227).

La crónica se vuelca sobre el aspecto temporal de un fenómeno, más que para ubicarlo en el devenir histórico, para resignificarlo a partir de un sistema ideológico: para la crónica de la América de los siglos XV al XVIII, el objetivo no era defender de la filosofía pagana a la doctrina cristiana, como antes lo fue para una parte de la crónica medieval, sino desentrañar el rol del Nuevo Mundo y de España dentro del plan divino. Esto explica el providencialismo inherente a muchas obras, crónicas o no, de los cronistas oficiales de Indias y otros autores. En palabras de Cinthia María Hamlin:

Si bien el providencialismo tiñe la producción historiográfica castellana desde los tiempos en los que Paulo Orosio llevó a esas tierras la concepción agustiniana de la Ciudad de Dios, será con los Reyes Católicos que este tipo de discurso llegue a su máximo esplendor. […] Heredera de toda la tradición historiográfica previa, la historiografía indiana que emerge justo en este período difícilmente pueda sustraerse de esta característica” (2012: 359).

Hasta aquí, la crónica funciona como género de la historiografía católica y, a la vez, como discurso político. Sería interesante dedicar un estudio cuidadoso y amplio a las características de la crónica en América; tanto la prehispánica como la virreinal. Sin lugar a dudas, un trabajo de esta naturaleza nos obligaría a enfrentar el problema (nada sencillo) de la relación entre géneros forenses o retóricos y géneros artístico-literarios. Esta labor, como he dicho en repetidas ocasiones, es una de las tareas pendientes de la crítica y la teoría literarias. Sirva la presente nota para invitar al investigador entusiasta a asumir el reto.

 

Bibliografía

  • Beentjes, Pancratius Cornelius. Tradition and transformation in the book of Chronicles. Países Bajos / Estados Unidos de América: Brill, 2008.
  • Beltrán Almería, Luis. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental. España: Editorial Montecinos, 2002.
  • Fuentes, Carlos. La gran novela latinoamericana. Alfaguara: México, 2011.
  • Hamlin, Cinthia María. “«Pareció ser cosa hecha por mano de la Divina Providencia»: El discurso providencialista, un caso de continuidad y desvío desde la crónica real a la indiana”, Revista de poética medieval 26 (2012): 359-375.
  • Hill, Andrew y John H. Walton. A Survey of the Old Testament. Estados Unidos de América: Zondervan, 2010.
  • Mignolo, Walter. “Cartas, crónicas y relaciones del descubrimiento y la conquista”, en Historia de la literatura hispanoamericana. Coord. Luis Iñigo Madrigal, vol. 1, 1992, pp. 57-116.
  • Sánchez Salor, Eustaquio. Historiografía latino-cristiana: principios, contenido, forma. Roma: “L´erma di” Bretschneider, 2006.

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