Vida y testimonio, géneros presentes en la Relación de Mier

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Una de las familias de géneros presentes en la protonovela es, de acuerdo con Luis Beltrán, el de vidas y testimonios. Según Beltrán, estos géneros introducen en ella una nueva dimensión: la risa. La vida es un género forense de la Antigüedad. De acuerdo con Bajtín, la biografía y la autobiografía retóricas emparentan con el encomio, otra forma simbólica antigua de gran valor. Ninguna de ellas tenía carácter literario, sino que eran actos cívicos y consistían en la glorificación o la justificación públicas de un hombre, hechas lo mismo en primera que en tercera persona. La exteriorización radical del individuo suprimía la distancia entre el punto de vista biográfico y el autobiográfico. En la Relación de fray Servando tampoco hay diferencia sustancial entre ambos puntos de vista cuando Mier se autojustifica y autoglorifica abiertamente ante el lector. La Relación igual comparte rasgos con otros géneros antiguos y medievales, como el acta de mártires, la pasión y la hagiografía -que conjuga la vida y el caso-. Entre esos rasgos destacan el tono retador, las huellas de la oralidad y la naturaleza de la vida representada, sustentada por los momentos de juicio, tortura y ejecución del mártir, ya sea cristiano o pagano. Ahora, en la Relación el mártir se transfigura y engendra al trickster -el burlador o cínico-, con lo cual la esfera de la risa gana posibilidades artísticas en la obra.
Como la niñez y la juventud valen poco para construir la imagen del mártir, Mier no se ocupa de ellas en ninguna de sus muchas obras: para él, su vida es la vida pública que comienza con el caso de 1794. En este sentido, es un individuo exteriorizado. En la Relación hay tres momentos simbólicos fundamentales: pasión, muerte y resurrección. No son de orden religioso, sino político (como las actas de mártires conocidas como Actas de los alejandrinos). La pasión de Mier abarca la obra completa, pero se ve con mayor claridad en los tres primeros capítulos: acusado injustamente, lo destierran de su patria y en Europa lo persiguen, lo encarcelan, lo afrentan y le niegan su honor, padece hambre, enfermedades, etc. Al final del tercer capítulo tiene lugar la muerte simbólica: la Real Academia de la Historia reconoce su inocencia pero, como ya vimos, su caso se archiva y el fraile pierde su última tabla de salvación. Agotados sus recursos, cuando sólo le quedaría obedecer, someterse y resignarse a morir, como harían los verdaderos mártires y las víctimas, como Sócrates y Jesús, con quien a fray Servando le placía mucho compararse, el fraile se niega y huye. Es el momento de la resurrección, de la metamorfosis. Si la pasión y la muerte construyen al sabio infortunado, con la resurrección se abre camino el trickster, cuyo emblema es la supervivencia; en contraste, el mártir se define con su muerte. En el cuarto capítulo se abre el ciclo de andanzas, presidido por el trickster. En este ciclo la fuga, la peripecia y la costumbre se erigen como categorías estéticas, y sirven de sustento a la risa artística. Mier se convierte en burlador, en transgresor del orden establecido: huye de conventos, hospitales y prisiones; se oculta en pueblos, ciudades, caminos, montes y veredas; recorre Europa a pie, en mula y en barco; se disfraza, se pinta el rostro, muda de señas, usurpa la identidad del fallecido Romualdo Maniau, se hace pasar por clérigo francés emigrado, simula no ser fraile y, en fin, hace lo necesario para sobrevivir; excepto actuar como un pícaro, según se cuida de manifestarlo en la Relación: “Mi candor excluye todo fraude. En vano, mis amigos me han exhortado siempre a tener un poco de `picardía cristiana ́, como ellos decían. No está en mi mano tener malicia”. No obstante, la crítica ha asociado la obra con la tradición picaresca.
La Relación coincide con la biografía antigua en presentar la vida de un personaje de la vida intelectual y política que, en su tiempo, marcó un contrapunto al orden establecido (como Sócrates, Catón de Utica, Séneca, etc.); y con las Actas de mártires y la hagiografía en que, además, ese personaje fue inmolado. La alternancia de las figuras del sabio-mártir y el trickster le confiere a la obra su sentido artístico más logrado: la primera figura refuerza las líneas estéticas serias de la obra, mientras que la segunda introduce la sátira y el humorismo. Las dos sirven como armazón del discurso de Mier e incorporan en la obra interpretaciones radicales de lo humano. El universo narrado en la Relación se construye desde la periferia, desde la marginalidad, desde la voz y la mirada del perseguido, del desterrado, desde el Otro del discurso hegemónico.


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