Siete pecados capitales

cultura_bosco_6Si tratara de explicar de manera lógica el argumento de Siete pecados capitales, de Milorad Pavić, no sólo fallaría en el intento, creo que también iría contra la naturaleza de esta obra, compuesta de siete relatos que se comunican por elementos sutiles: un espejo que conecta la vigilia y el sueño; unas piezas de ajedrez, similares a unas cajas chinas, que se reproducen hasta el infinito; unos pendientes por los que una mujer es capaz de asesinar a sus amantes; el recuerdo de ciertas historias leídas a medias; algunos pensamientos descritos como habitaciones en nuestro interior, tal vez imaginadas por otros y en las que tan sólo somos inquilinos temporales; los personajes de otras obras, como el Diccionario jázaro, que le recriminan su destino a Pavić; la historia de un par de lectores, que por momentos parecieran ser una versión de nosotros, los lectores de carne y hueso; varios sueños de los personajes.

De hecho, tendría que afirmar que Siete pecados capitales no sólo se compone de sueños sino que está hecho a la manera de éstos, pues su estructura es caprichosa, sugestiva, inquietante, como un cuadro del Bosco, que parece descubrirnos ese mundo que visitamos al dormir; un universo que se asemeja al de la ficción y en el que no hay terreno seguro, no hay espacios, historias o personajes estables, donde todo puede cambiar o intrincarse de manera abrupta, tal como ocurre en los sueños.

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boscoCuando Jerónimo van Aken, llamado “El Bosco”, pintó el “Tablero de los Siete Pecados Capitales y de las Cuatro Postrimerías”, colocó en un círculo pequeñas escenas que representan la ira, la gula, la pereza, la lujuria, la soberbia, la avaricia y la envidia. Al centro del círculo situó el ojo de Dios, y en su pupila a Jesucristo, debajo de éste la siguiente advertencia: “Atención, atención, Dios ve”.

Nadie se ríe en mis sueños, de ese pensamiento, según se explica en el libro de Pavić, nació el tablero dedicado a los siete pecados capitales, los cuales, contrario a lo que se cree, no representan la condición y debilidad humanas. La obra del Bosco simboliza, al menos en el universo onírico, los distintos tipos de pensamientos y su relación con el sueño:

Los hay rápidos y soberbios como una manada de caballos lujuriosos y feroces parecidos a una jauría […] Algunos son lentos y rencorosos como una manada de elefantes; otros voraces, de buen comer y beber como una piara; y otros aún son envidiosos como un tropel de monos. ¡Y no digamos en los sueños! Allí se juntan todas tus ideas espantadas durante el día, que huyeron de la realidad como una bandada de urracas o un cardumen de peces codiciosos […] Y hacia ellos avanzan por la orilla nuevos pensamientos, perezosos como un hato de búfalos… En pocas palabras, los siente pecados capitales van corriendo por los pensamientos humanos y acechan la oportunidad” (42-43).

El enunciado Nadie se ríe en mis sueños y un espejo con un agujero en medio —que se asemeja a la ya mencionada pintura del Bosco—, se convierten en amuletos que le descubren a los personajes de Milorad Pavić si habitan en el sueño o en la realidad: los que viven en los sueños no ríen; los hombres del mundo no se ven reflejados en el espejo. Al final, estas pruebas resultan ilusorias, porque hasta los límites entre la ilusión, el libro y los lectores se difuminan:

¿Acaso usted cree en esa tontería del agujero en el espejo? ¡Qué ingenuo es usted! ¿No se da cuenta de que cualquier espejo en este mundo ha visto los siete pecados capitales? […] ¿No se da cuenta? Usted no está aprisionado en el espejo, sino que, junto con él y su agujero, está encerrado en este libro. Y puede moverse sólo tanto cuanto se lo permite el libro (131).

Bosch_the_Prince_of_Hell_with_a_cauldron_on_his_head

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Indica un personaje de Siete pecados capitales que en los sueños, donde viven engendros “tan viejos como la primera sonrisa humana”, se nos revela que los recuerdos que más pesan “son más antiguos que tú, pertenecen a alguna de tus vidas anteriores […] son como una especie de ajedrez dentro del ajedrez” (37).

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Siete pecados capitales también descubre que leer es un acto de confianza, que exige dejarse llevar como cuando uno se entrega al mundo de los sueños. Leer, explorar los terrenos de la imaginación, nos manifiesta a los lectores que “Cada lectura es, en realidad, la búsqueda de saber quién es uno” (131), pero esta respuesta se halla escondida en “cuentos que no se terminaron de contar e historias que no se terminaron de leer”; relatos que, como “los amores no realizados, flotan en algún lugar” (132).

Pavić, Milorad. Siete pecados capitales. Madrid: Sexto Piso, 2003.


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