Las preguntas, la memoria y la pequeñez de dios

Informe invernalUna afirmación contundente de Edmond Jabés se revuelve en mí al leer la poesía de Jovan Zivlak (1947)[1]: “La respuesta no tiene memoria. Sólo la pregunta recuerda”. Esto es así, no sólo por la fuerza de las preguntas del poeta serbio, sino por todas las posibles respuestas que permanecen flotando en el aire de la incertidumbre, el desasosiego y una cierta nostalgia.

Si retomamos la idea de que al poeta también le corresponde el papel del cronista, el de dejar constancia y testimonio de su acontecer histórico, advertiremos que en Zivlak cada palabra (y cada pregunta) corroboran esta idea que es, sobre todo, compromiso. Sus poemas son a primera vista sencillos, casi teñidos con la simpleza de lo cotidiano que se vive todos los días o de lo que cada día recordamos. Sin embargo, en ellos se ejecuta la más ardua confrontación entre la dureza de lo que somos, nuestra ingente capacidad para destruir, y la ternura que en nosotros cabe, que no es poca.

Las preguntas de Zivlak surgen así, de un verso a otro y a veces sin preámbulos: “¿existo?, ¿habré oído algo nuevo sobre la muerte?, ¿es vana mi esperanza?, ¿solucionaremos el enigma del deletreo de palabras?, ¿te veremos alguna vez, verbo duro que vas desapareciendo a través del horror del tiempo?, ¿qué es más importante que el momento en que partiste?, ¿ven la memoria en cuya boca se descomponen las palabras?”. Son preguntas concretas y directas, que parecen interpelarnos con la obligación de responder, por lo menos para nosotros mismos. Pero están también las otras preguntas, las implícitas, las que se extienden por varios versos hasta perderse en ellas mismas. Son preguntas que forzosamente debemos leer más de dos veces, porque en ellas se encierran las dudas que traspasan la sencillez de lo cotidiano y las que han permanecido y permanecerán por largo tiempo. Esto es claro en el poema titulado “Ah dónde estás”:

ah dónde estás.

universal áspera inquietud por

la vida. ah dónde estás etc.

cosita divina hierba

en el desván

carestía indigna. […]

ah dónde estás alegría dulce y

algo más de todo.

piedra. seda. caoba en el cabecero del durmiente.

es diminuto el que está salvando

entre muchos

que lo saben mejor. ah dónde estás.

intimidad. lo visto. lo repartido.

ah dónde estás.

de esto me gustaría hablar. (24)

Además de la pregunta que se hace a sí misma laberinto, en este poema se observa la tendencia en los poemas de Zivlak a desgajarse, a romperse como versos para ostentar el poder de una palabra aislada, como si fuera igualmente dubitación o pensamiento simultáneo o todo al mismo tiempo. En medio de estos cuestionamientos desgajados, poco a poco se va filtrando el terror de lo que somos, ya sea a través de la memoria de los niños que juegan experimentando por primera vez el asesinato (“Hurón”, 48; “Orejas”, 72), ya sea a través de la evocación de la permanencia de la guerra (“Isla”, 66).

Pero también está, decía antes, una cierta nostalgia inherente al recuerdo de lo que alguna vez o nunca fue, como evoca el poeta ante la muerte del padre:

y me entristecía que

él no hubiera empujado la piedra que hiciese

de la vida un edificio luminoso

y de las palabras miradores

y no viese que lo quería decir

nadie lo había pronunciado nunca antes

que no viese que el morir es vano

y que no nos salva del olvido. (99)

Con estos ires y venires entre el recuerdo y la pregunta, se va entretejiendo el universo poético de Zivlak, uno que, como el autor refiere, se ve inevitablemente amparado bajo una cierta sombra política, dado que el mundo que le conmovía durante la escritura era también político. Quizá en esta afirmación es donde mejor se reconoce la veta testimonial del poeta: en su afán de expresar con la palabra el modo como se estremece el mundo cuando defiende sus ideologías (sean las que sean).

A pesar de estas vetas de dolor, nostalgia, política e incertidumbre, en Zivlak hay cabida para el juego, para darle a la incertidumbre un cariz más amable y, claro, más sencillamente humano; debe ser por eso que para él “Dios es pequeñito”:

dios es pequeñito. en el agua

en el aire se las apaña con arte.

cuando está en tierra me roza y parte aleteando

está infinitamente alegre por necesidad.

suele estar un sinfín de veces en un lugar

no me entero ni de cuándo se va ni de cuándo viene.

tiene mucho trabajo. lee los clásicos y todos los días

aprende algo.

a todos los grandes artistas los conoce en persona

a la mayoría los cita sin problema. mis obras

no las sabe de memoria pero recuerda mi cara

conoce mi altura

el diámetro de mi pecho

mi capacidad.

a veces conmigo habla en un lugar especial

no está demasiado entusiasmado. me parece que sufre un poco

por mi lento progreso

desea para mí lo mejor en la vida y en el trabajo.

cuando lo encuentro en la muchedumbre

le saludo con respeto

le pregunto qué hay de nuevo y sigo apresurado.

le conozco bien. te transmito sus saludos.

Bibliografía

Zivlak, Jovan. Informe invernal. Trad. Dragana Bajić. Col. “Temblor de cielo”. México: La Otra; Instituto Sinaloense de Cultura, 2014.

[1] Los siguientes comentarios se basan en la selección de poemas del autor incluidos en diversos volúmenes publicados entre 1971 y 2010, y agrupada bajo el título Informe invernal, traducida al castellano por Dragana Bajić y editada en 2014 en la colección “Temblor de cielo”.


2 respuestas a “Las preguntas, la memoria y la pequeñez de dios

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