Reseña de Teje sus voces la memoria

Teje sus voces la memoria, de Agustín Labrada
Teje sus voces la memoria (2011), de Agustín Labrada

Teje sus voces la memoria, del escritor cubano Agustín Labrada, radicado en Quintana Roo desde hace años, es un libro breve pero substancial, que permite conocer a vuelo de pájaro –un vuelo ameno e instructivo– el panorama de lo que ha sido la literatura quintanarroense. El texto de Labrada ganó el “Premio de Creación Dante”, en la modalidad de ensayo, y fue publicado por Editorial Dante en noviembre de 2011. Es muy fácil conseguir un ejemplar del libro en cualquiera de las sucursales de esta editorial y librería, por el ínfimo precio de cinco pesos.

El ensayo está organizado en cuatro apartados. En el primero, titulado “Trasfondos”, el autor presenta rápidamente los orígenes de la literatura de Quintana Roo, uno de los dos estados más jóvenes de la República Mexicana –el otro es Baja California Sur–. La historia de Quintana Roo hasta 1974 es de incertidumbre geopolítica: fue Territorio Federal de 1902, perdió parte de su territorio a manos de Yucatán y Campeche en dos ocasiones (1913 y 1931) y, finalmente, a mediados de los setentas ganó su soberanía. Este vaivén explica que Labrada comience discutiendo la pertinencia, o la impertinencia, de las categorías geopolíticas para el estudio de fenómenos artísticos y culturales. Después de esta discusión, el autor inicia formalmente el recorrido, en el cual comenta textos de Wenceslao Alpuche, las novelas decimonónicas de sello romántico (relatos de Manuel González y Bernardo Ponce, y novelas de Pantaleón Barrera, Severo del Castillo y Ernesto Morton), los relatos testimonios de locales y visitantes (John L. Sthepens, William Miller, Karl Sapper, José Martí, John Reed, Maurice de Perigny, Ramón Beteta, Moisés Sáenz y Michel Peissel), la prosa narrativa (Juan de la Cabada, Luis Rosado, Enrique Vázquez y Ermilo Abreu Gómez), escritos cronísticos (Nelson Reed).

En el segundo apartado, “Fabular mundos perdidos”, Labrada dedica subapartados a textos literarios concretos: Un soplo en el río, de Héctor Aguilar Camín, “una lectura lúdica que entre sus episodios contiene especulaciones inquietantes sobre el ser humano y sus eternos cruces de luz y sombra” (36); Por aquí se dan muy bien los muertos, de Mario Pérez Aguilar, “una novela costumbrista, cuyos capítulos acogen descripciones sobre los placeres simples y perdurables del ser humano, pro con una mirada curiosamente antropológica que se apega al relato popular y sus mitos más remotos” (36); El pirata Cornellius Kostacoví, Leonardo Kosta, en donde “la historia es concebida desde un tono testimonial que irradia verosimilitud aun cuando se asiste a una gran fiesta de la ficción que al mismo tiempo ofrece una imagen realista con investigaciones donde figuran antiguas cartas, documentos históricos y diálogos de campo” (40); y Memoria de la guerra vieja, de Jorge González Durán, un “libro raro […] no sólo por la fusión de tantos géneros en tan pocas líneas, sino también porque lo épico y lo político se urden desde la poesía” (47).

En el tercer apartado, “Narrando se llega al texto”, Labrada reseña algunos libros de relatos muy sugerentes, a juicio. Uno de ellos es Mujeres de sal, de Elvira Aguilar Angulo –no conozco el libro, pero ya tengo ganas de leerlo–, pleno de humor, sátira e ironía, a la vez que de espontaneidad y cierto cariz perverso. Para que el lector se haga una idea de ello, transcribo aquí un fragmento citado por Labrada:

Yo me quedé un rato paradita al lado de su tumba, y luego fui juntando uno a uno los pedacitos de pellejo seco que se le cayeron del brazo con que me abofeteó. Eran como cartoncitos transparentes. Camino a la casa los fui mojando con mis lágrimas y, como no supe qué hacer con ellos, me los comí (53).

Estas pocas líneas bastan, creo, para dar cuenta del tono de algunos relatos de Aguilar. Labrada también observa la presencia de lo imprevisto Minicuentos premodernos, de Jorge Brogno. Como en el texto de Aguilar, en el siguiente de Brogno se advierte el giro sorpresivo:

 

Eran las cinco y quince de la tarde. Los últimos rayos del sol, poniéndose entre las montañas brumosas, alcanzaban a dar un reflejo dorado en los cuernos de los veinte mil toros presentes que aguardaban al segundo hombre de la tarde (56).

 

El autor cierra este apartado con su revisión crítica de La señal y otras narraciones, de Juan Gamboa, relatos ingeniosos de “marcadísimo color local” (59), y Secretos del abuelo, de Jorge Cocom Pech, en donde el narrador “entra al jardín del testimonio, pero no desde la perspectiva periodística o antropológica, sino desde el recuerdo, y en esa recreación de su niñez —en nudo con su abuelo que sueña y reflexiona, y lo involucra en el conocimiento ancestral maya— hay componentes didácticos, líricos y épicos” (63).

Por último, el cuarto apartado, “Tras la metáfora”, está dedicado a la producción poética de cuatro figuras cardinales de la literatura quintanarroense: Casa distante, de Ramón Iván Suárez; Canto diverso, de Antonio Leal Miranda; Destellos de mareas, de Miguel Ángel Meza y La suerte cambia de vida, de Javier España. Resulta significativo que quienes cierran el libro sean representantes de las tres grandes fibras del tejido literario de Quintana Roo: de los quintanarroenses que hicieron su carrera literaria en la ciudad de México (Leal), de la gente de otras latitudes –dentro o fuera de México– que hizo de Quintana Roo su hogar (Suárez y Meza) y de escritores oriundos de la región, que allí han madurado y rendido frutos (España).

Teje sus voces la memoria es un libro pequeño y brevísimo. No obstante, me parece que logra presentar –además, de forma muy amena– la diversidad de la urdimbre literaria quintanarroense.

 

Bibliografía:

Labrada, Agustín. Teje sus voces la memoria. Mérida: Editorial Dante, 2011.


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