Notas sobre la historia de la alquimia

alquimia19Al descubrir que podía cambiar la naturaleza de las sustancias, el hombre inició una aventura espiritual, advierte Mircea Eliade en el libro Herreros y alquimistas. El metal, los instrumentos del herrero, los hornos y el fuego eran considerados sagrados en las sociedades arcaicas, porque se creía que las sustancias minerales, así como los hombres, emanaban del “vientre” de la Tierra. La metalurgia y la alquimia eran, explica Eliade, obstétricas, pues intervenían en el proceso de la embriología subterránea, aceleraban el “crecimiento” de los minerales y colaboraban en el “parto” de la Naturaleza, en el nacimiento y transformación de la materia, a la que herreros y alquimistas consideraban una materia viva, sagrada y capaz de perfeccionarse, cuestiones que intentaré explicar brevemente a continuación.

Para el pensamiento simbólico y cosmológico arcaico, las creaciones del “homo faber” tenían un sentido ritual: la existencia humana y las labores del hombre en la tierra eran sagradas. Asimismo los objetos, unidos a un todo, eran parte de algo que trascendía la materialidad: las piedras se gestaban en el “vientre” telúrico; las rocas que se convertirán en joyas preciosas (rocas que se han perfeccionado) se alimentaban de la tierra, como el niño se alimenta de la sangre de su madre; la mina era una matriz que necesitaba tiempo para engendrar.

Desde la mitología lítica Eliade encuentra correspondencias entre la naturaleza, los animales, los minerales y los vegetales, unidos gracias al proceso de gestación, vida y muerte. Los metales —como todos los demás elementos de la naturaleza incluyendo al hombre— cumplen ciclos, y cuando alcanzan su perfección deben ser extraídos de la tierra. Por esto, las sociedades arcaicas consideraban la metalurgia y la alquimia como ayudantes de la naturaleza; la tierra era un vientre, los minerales eran los embriones y el alquimista el hombre capaz de asistir y acelerar este proceso.

320px-AlchemytableEstas ideas sobrevivieron a través de los siglo, como deja constancia un manual del siglo XVI, titulado Bergbüchlein y atribuido al médico Colbus Fribergius. El Bergbüchlein presenta un diálogo entre un joven aprendiz y un conocedor de la mineralogía, en el cual se advierte que los minerales, engendrados por la unión del azufre y el mercurio, dependiendo de su orientación o vías de desarrollo se convierten en diferentes metales: la plata crece bajo la influencia de la luna; el oro, el más noble de los metales, crece por la influencia del sol y es el que requiere más tiempo para gestarse en el vientre de la tierra; el cobre recibe la influencia del planeta Venus; el hierro se desarrolla gracias a Marte; el plomo nace por los efectos de Saturno. Por su conocimiento de los minerales, se suponía que el alquimista, “salvador fraterno de la naturaleza”, no sólo podía acelerar estos procesos de la Madre Naturaleza gestadora, sino que ostentaba la capacidad de convertir los minerales en los metales más preciados, como el oro, el cual era el grado máximo de perfección y madurez del reino mineral, y símbolo de la inmortalidad, la libertad, la soberanía y la independencia.

Eliade, Mircea. Herreros y alquimistas. Madrid: Alianza, 1983.


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