Apuntes sobre la relación entre tiempo, estética y “literatura prehispánica”

Calendarios maya (izquierda) y azteca (derecha).
Calendarios maya (izquierda) y azteca (derecha).

En Anatomía de la risa (2011), Luis Beltrán Almería sostiene que, no obstante sus disparidades culturales, las distintas civilizaciones se incorporan a la historia sólo cuando en ellas se ha consolidado la división del tiempo en laborable y festivo (18). Esta división no fue un invento de las sociedades agrícolas, pues ya la conocían las hordas de cazadores-recolectores. Éstos dedicaban las mejores horas de luz solar a los trabajos de cacería y recolección, y las tardes y las noches a la celebración colectiva y al descanso. Las observaciones de Beltrán coinciden con las del historiador Yuval Noah Harari, quien en su estupendo libro De animales a dioses (2014) –que reseñé en una entrada anterior– resume con su particular sentido del humor cómo era un día en la vida de los cazadores-recolectores:

Vagaban por los bosques y prados cercanos, recolectando setas, extrayendo del suelo raíces comestibles, capturando ranas y, ocasionalmente, huyendo de tigres. A primera hora de la tarde, estaban de vuelta en el campamento para comer. Esto les dejaba mucho tiempo para chismorrear, contar relatos, jugar con los niños y simplemente holgazanear. Desde luego, a veces los tigres los alcanzaban, o una serpiente los mordía, pero por otra parte no tenían que habérselas con los accidentes de automóvil ni con la contaminación industrial (67).

En la cita de Harari se aprecia claramente la división señalada por Beltrán, para quien lo relativo a las actividades de caza y recolección representa la dimensión seria de la vida, y lo relativo a las horas de solaz, su dimensión alegre. En términos generales, esta división está en la base de la concepción estética de Mijaíl Bajtín y sus continuadores, como el propio Beltrán.

La consolidación del tiempo en laborable y festivo no ocurrió hasta que el homo sapiens dominó las plantas, o hasta que ellas lo dominaron a él –como sugiere Harari–. Entonces aparecieron las primeras élites con conocimientos fundamentales para procurar mejores cosechas (sacerdotes y sabios-astrónomos) y para regular la vida humana (gobernantes y legisladores). Junto con estas élites se introdujo en el panorama un grado de desigualdad social y económica que puso en marcha un complejo aparato de legitimación que, de un modo u otro, desembocaron en lo que hoy llamamos “cultura”.

Me gustaría llevar, como suelo hacer, esta discusión al campo de los estudios literarios de Hispanoamérica. En repetidas ocasiones, la crítica literaria moderna ha demostrado su incapacidad para explicar e interpretar, sin menospreciarlas, las producciones discursivas de la América prehispánica. Como anoté en una entrada anterior, hoy sabemos que en las comunidades prehispánicas ya existían ciertos grados de desigualdad social. De hecho, en casi todas las culturas amerindias se hacía distinción entre la gente común, la casta aristocrática y la casta sacerdotal, y en muchas igual había castas militares y esclavos (en su mayoría, prisioneros de guerra, o sea, enemigos). Había, pues, identidades de casta y a cada cual le correspondía un espacio, un atuendo y una función bien delimitada; también había identidades de etnia y rivalidades, a veces añosas, entre algunos de esos grupos. Aunque moderada, dicha desigualdad necesitaba de géneros simbólicos para garantizar su perpetuación: discursos, mitos, fábulas, leyendas, crónicas, cantos, himnos, etc.

Pese que a la gran mayoría de éstos géneros se les ha negado la entrada al panorama literario, pretextando que ni son literatura ni tienen valor literario “en sí” (lo cual es cierto en tanto que muchos de ellos son extraliterarios o géneros de la cultura), creo justo y pertinente replantear su valor estético a la luz de la concepción que aquí he descrito brevemente. Confío en que de este modo podremos justipreciar su papel en el desarrollo y la conformación de eso que Beltrán llama “la imaginación literaria”, no sólo hispanoamericana, sino en términos humanos. La labor no es, por supuesto, sencilla; al contrario, nos enfrenta a problemas complejos de difícil solución, como, por ejemplo, el carácter de las relaciones entre oralidad y escritura; entre cultura tradicional, cultura popular y alta cultura; y entre estética, vida y literatura. Sin embargo, creo firmemente que es un reto que vale la pena… Queda, pues, así formulada la invitación al lector curioso y de espíritu emprendedor, que acepte el desafío de explorar con brújulas precarias –el trabajo de reflexión teórico-crítica está, en buena medida, por hacerse– la hermosa y no tan conocida selva discursiva prehispánica.

 

Bibliografía

  • Beltrán Almería, Luis. Anatomía de la risa. México: Ediciones Sin Nombre / Conacyt / Universidad de Sonora, 2011. (Col. Relámpago la risa.)
  • —–. La imaginación literaria. La seriedad y la risa en la literatura occidental. Madrid: Montesinos, 2002.
  • Harari, Noah Yuval. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Trad. Joandomènec Ros. México: Debate, 2014.

 


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