Algo sobre la transparencia de las cosas

Fuente: http://imgkid.com/abstract-water-painting.shtml

Entre las muchas cualidades que Esther Seligson reconoce en la poesía de Rilke, destaca una cierta devoción por las cosas, por recuperar el espíritu más profundo del amor y del sentido que antes solían depositar las personas en ellas. Para el poeta, “la mayoría de los hombres no sabe nada de cuán bello es el mundo, ni de cuánto esplendor se revela en las cosas pequeñas, en una flor cualquiera, en una piedra, en una corteza de árbol o en la hoja de un abedul” (en Seligson 18). Esta búsqueda encuentra su mejor cauce en la creación artística, específicamente en la poesía. Si las cosas han perdido su vínculo más íntimo con el ser humano, la forma de enmendar esta escisión es hacer que resuene otra vez en ellas la vivencia del artista y la vitalidad misma del mundo: “Lo que la obra de arte reúne en su unidad, no es simplemente el Yo subjetivo del artista, sus emociones y sus sueños, sino todo un mundo trascendente que se concreta en el lenguaje del arte” (Seligson 19).

Aunque casi un siglo ha transcurrido ya desde que Rilke emprendiera esta búsqueda a través de la poesía, la separación entre los hombres y las cosas sigue más vigente que nunca y la poesía continúa intentando abrirse caminos para contrarrestar dicha ruptura. El cristal, de Jorge Fernández Granados, es un claro ejemplo de continuidad en el camino iniciado por Rilke, pues a través de un lenguaje que a ratos parece cobrar vida por sí mismo, retoma las cosas simples para insuflarlas de vida y expresar con ellas la trascendencia de los asuntos del mundo que se erigen como misterio y revelación: el amor, la muerte, la condición humana.

Desde el “Deliberado bestiario” con el que se inaugura el libro hasta el “Retrato con sonrisa y espejo”, asistimos a una suerte de despertar de las cosas que pone de manifiesto lo más palpitante que hay en ellas y en lo que representan. El “Deliberado bestiario” se encuentra habitado por seres a veces irreconocibles (como la “Alima” o el “Hipodeugon”), pero que poco a poco van adquiriendo formas y personalidad, o van matizándose con la evocación de sus orígenes, de lo que alguna vez fueron, de su voluntad para vivir y sobrevivir. Basta leer un fragmento de “Lagarto” para renovar la mirada sobre este ser:

Aseguran que su carne, a pesar de todo, es curativa. En el mediodía del mundo, sus rascacielos huesos fueron la formidable forma de la fuerza. Hoy son pequeños y casi están extintos. Ya no lanzan fuego: de su hocico asoma sólo una tensa lengua roja que tiene menos del dragón que de la salamandra; pero sus pupilas aún conservan el brillo prehistórico del ámbar, y parecen mirarnos desde el fin del mundo (18).

Más allá de los seres que habitan el bestiario, el libro diversifica su población conforme avanza, pues después asistimos a un “Exorcismo con manzana” donde las protagonistas son las estrellas y el instante preciso en que el alma accede a la irreversible forma del principio y se libera; al origen mismo de los sonámbulos, esos que “acuñan un talismán para que lo atraviese el rayo en la quebradiza mirada de su cielo, [que] vuelcan su bostezo en los sustratos de una lucha con el aire donde una sola chispa es el capullo del incendio” (27). Y así también están “El dragón y la virgen”, universo breve al que no se accede si no es por el camino de la nostalgia o la conciencia de aquello que está a punto de concluir o se descubre perpetua maldición:

La melancolía, tal vez. Una llave y un pequeño caracol sobre un papel en blanco. Remamos. Tal vez está despierta todavía por la música de alguien que tañe una flauta en una habitación a oscuras. O la muerte alguna vez. Cuando miró al dragón que se alimenta de los seres que caen en los espejos. Tal vez porque su destino es recorrer el espanto de un largo despertar (44).

Está igualmente la “Celebración” de la vida y el amor como esa misteriosa maravilla capaz de sorprender, cada vez todas las veces, a los amantes. Aquí las pequeñas cosas son el recuerdo y el cuerpo de la amada, la “gota de una lluvia que te moja desde antes de nacer”, “el calor de lo viviente que se abraza y escucha el innumerable corazón de la espesura” (35), el fuego y la “fiebre que consume y alimenta y redime” (37). Si bien celebración amatoria, en estos poemas se sintetiza la realización del amor como unión del dolor y belleza, un placer necesario y efímero:

Una y otra vez, el pan necio de la dicha. Aún el radiante ahogo de los que miran arder sus manos en medio de la noche y tiemblan y se abrazan porque saben que nada va a salvarlos, y se asfixian como dos peces en otro mar antiguo y necesario. (37).

Tal vez por eso, por esta cualidad del amor que se realiza desesperado sabiéndose pronto a desaparecer, es que el poeta se repite que “nada queda del amor sino nosotros” (36).

Para empezar a internarnos en los terrenos de la muerte, llega la “Relación de maravillas susurradas en la oreja de un maniquí”, que se articula como un intento por sobrevivir al día a día, envejeciendo, perdiendo las apuestas contra el tiempo, enfrentando a la muerte muy de cerca, venciendo el miedo de vivir cada día así, a la orilla del vértigo:

Para qué esperar a que amanezca cuidando que no se rompa esta pequeña caja, esta redonda red que roba sus brillantes peces a la noche, si todo al cabo va a romperse para siempre. Vivir cayendo. Vértigo, te digo. Vivir del vértigo. Vivir, te digo. (60).

Finalmente, está la muerte que se instala sobre todas las cosas, la muerte irremediable que ahora se nombra porque está presente y duele. “Retrato con sonrisa y espectro” convoca la imagen ya lejana de la abuela en una infancia que no comprendía del todo sus esmeros por curar con manzanilla: “Era muy pequeño aún para entender los trapos de la fe, muy torpe para abarcar la mirada de esmeros de mi abuela. Sus plasmas. El sol de polvo en el centro de una flor” (63). Es ésta una muerte de la que poco a poco se va tomando conciencia, puesto que se cuela inclemente por los sueños y todos los rincones:

Yo también soñé despacio los caballos de la muerte. Pocos años. La ventana. El vértigo de la claridad que remaba el lumbar de la mañana. Los veranos. Era hermoso el mundo. Era extraño. Mi piel, mi lápida se deshacía y me cubrió un musgo demacrado y cicatrices. Recuerdo el canto de un pájaro tras la ventana mientras el tiempo rodaba cuesta abajo como un terrón en la barranca. Había una sombra blanca sobre la cama, largos hilos de una mano gigantesca (66).

Después de la muerte quedan el vacío y el recuerdo pertinaz. Las cosas ya despojadas de quien les insuflaba vida. Quedan los otros, los sobrevivientes, los que tienen que habérselas con esas cosas vacías y con el dolor más punzante y transparente cual cristal. Una “Coda” termina por atar los hilos de los múltiples habitantes de este libro, así como de sus vidas, sus muertes, sus celebraciones, sus matices; todos ellos hermanados con la ausencia de la abuela:

Si pudiera contar las astillas de cristal que duermen sus edades de lágrima en los ojos o soldar el calcio de la fractura más iridiscente del alma buscando en una gota de lluvia los signos que la memoria extravió. Decirte que navego, que hay lugares donde mis ojos son el vestigio soñoliento de otro exilio, que he buscado a un dios de labios duros y que he tirado agujas a los escarabajos luminosos de la soledad. Ahora que el dolor es un recuerdo ya, esa voz de arena de los ángeles que habitan los desiertos o las sábanas. Sólo tuvimos a bien ser siervos de un fatigado sol de manzanilla. Lo que pasa y lo que alumbra, abuela, el peso de una piedra entre las manos, la herida que nos hace transparentes (80).

Bibliografía

Fernández Granados, Jorge. El cristal. México: ERA, 2000.

Seligson, Esther. La fugacidad como método de escritura. México: Plaza y Valdés, 1988.

Imagen: http://imgkid.com/abstract-water-painting.shtml


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