Hispanoamérica (des)unida

Fuente: https://www.pinterest.com/pin/551831760562423869/
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En el primer apartado de un breve ensayo que lleva por título “Civilización y barbarie”, el lucidísimo ensayista colombiano Germán Arciniegas (1900-1999) lanza una serie de observaciones que, creo, vale la pena volver a traer a la mesa de debate. En apenas ocho párrafos, Arciniegas arremete contra la idea de la unidad hispanoamericana. No en vano ese apartado se titula “Los estados des-unidos”, y gira en torno al proceso de desintegración o desunión, “dialéctico” (218), que dominó en la América hispánica.

Haciendo gala de su habitual estilo ensayístico –combinación de ingenio, sagacidad y humor acerado–, Arciniegas resume de la siguiente manera el proceso de transición del régimen virreinal americano al de las naciones soberanas e independientes:

El virreinato de la Nueva España, o México, que extendía su sombra protectora sobre Centroamérica, y vastas regiones que ocupan hoy los Estados Unidos, acabó limitando por el norte con el río Bravo, y al sur dio nacimiento a cinco repúblicas: cada gobernación o capitanía se declaró en república soberana e independiente. El virreinato de la Nueva Granada se partió en tres repúblicas: Colombia, Venezuela y Ecuador. Posteriormente los Estados Unidos fomentaron, para su propio provecho, la aparición de una cuarta: Panamá. El virreinato del Perú dejó como herencia a Perú, Bolivia y Chile. Del virreinato del Río de la Plata salieron Argentina, Uruguay y Paraguay. La fragmentación sirvió para avivar en cada nueva república, grande o chica, el sentimiento de la más exasperada soberanía. Cada uno quiso gozar de una independencia tan radical como susceptible. Si no hubo más guerras internacionales fue porque las fronteras eran las selvas, las cimas de las cordilleras, los desiertos. Surgieron los caudillos, nacionales y nacionalistas (217).

“Se cumple así”, sentencia el autor, “en toda la América española un proceso rigurosamente inverso al de los Estados Unidos” (218). Como sabemos, uno de los rasgos distintivos del nacionalismo es que une tanto como divide: une al “nosotros”, contrapuesto al “ustedes”. El problema era cómo determinar los límites de ambos conceptos: nosotros, ustedes… Las selvas, las cimas de las cordilleras y los desiertos jamás han servido para fijar este tipo de fronteras.

La solución vino de otra parte. La sabiduría popular acierta al asegurar que nada une tanto como un enemigo común. Para América, ese enemigo fue, sin lugar a dudas, España. En el siglo XIX se dio un proceso interesante. Cito a Arciniegas:

Mientras se luchó por la independencia hubo una causa común, y todos fueron hermanos. El Perú estuvo sucesivamente gobernado por un argentino –San Martín–, un venezolano –Bolívar–, un boliviano –Santa Cruz–, y un ecuatoriano –La Mar–. Generales venezolanos gobernaron en cinco repúblicas: Bolívar y Urdaneta en Colombia, Flores en ecuador, Sucre en Bolivia, Bolívar en Perú, Páez en Venezuela. Chile declaró ciudadano, por ley, a un español –Mora– que redactó la primera Constitución; dio la rectoría de la universidad a un venezolano –Bello–, tuvo como embajador a un guatemalteco –Irisarri–, etc. Los ejemplos pueden multiplicarse indefinidamente. Pero cuando avanza el siglo, los caudillos se atrincheran dentro de las fronteras nacionales. Se amplía el sentido de la palabra extranjero, aumentan los recelos entre los vecinos (217-218).

Desde la perspectiva de Arciniegas, la desunión hispanoamericana atendía a razones históricas y culturales, a la vez que a una “negación obstinada, empecinada, reiterada, al viejo centralismo español y a todas sus manifestaciones” (218). Y explica:

El desligamiento fue una manera apasionada de reaccionar contra el implacable y ciego centralismo que había ejercido España. Durante trescientos años se recibieron hasta en el último rincón de América funcionarios, cédulas, decisiones de una corte lejanísima. Ahora renacían las provincias que habían sufrido esa muerte civil. Quienes antes no habían podido ni expresarse, ni resolver sus problemas, ahora eran “ciudadanos” de “Estados libres”. La disgregación, por otra parte, no era del todo arbitraria. Las distancias eran enormes, las regiones diversas, las economías diferentes (217).

Con estas observaciones, sencillas sólo en apariencia, Arciniegas nos obliga a poner en tela de juicio nuestras preconcepciones a propósito de lo que entendemos cuando decimos Hispanoamérica –como yo he dicho varias veces en esta entrada–, cual si se tratase de una entidad bien definida. Basta traer a la mente los nombres que se han ensayado para abarcar su diversidad: Hispanoamérica, Amerindia, Indohispanoamérica, Afroindohispanoamérica, Nuestra América, Latinoamérica, etc.

Pero hay otro detalle. Arciniegas no se contenta con señalar la desunión hispanoamericana, sino que le da otra vuelta de tuerca a la imagen de la tiránica España, tenida por mucho como la gran villana, la gran opresora:

Hubo repúblicas en donde nunca se dio una batalla contra España. Uruguay y Paraguay no se independizaron de España, sino de la Argentina. La América Central se independizó de México. Y el proceso continúa: Bolivia se separó del Perú, Venezuela y Ecuador de la Gran Colombia. El Salvador llegó a  pedir la incorporación a los Estados Unidos para librarse de la monarquía de Iturbide. En Guatemala, Rafael carrera tomó por asalto el gobierno al grito de “¡Viva la religión y mueran los extranjeros!”[.] Los extranjeros estaban representados por Morazán, el héroe hondureño que gobernaba en El Salvador… (218).

Sin embargo, esta vuelta de tuerca no debe entenderse como una apología de España; de ninguna manera. Arciniegas fue un notable promotor y abanderado del discurso americanista.

Tal vez el máximo provecho que podemos extraer del discurso ensayístico de Arciniegas es, más bien, que no debemos perder de vista la diversidad y complejidad de eso que, a falta de mejor nombre, llamamos Hispanoamérica: una y múltiple, antigua y nueva, plena de aristas y desniveles, unida y desunida, con procesos desenvueltos a ritmos distintos. En la vida pocas cosas son a blanco y negro. Probablemente una revisión cuidadosa de la historiografía sobre América nos confirme que ni Hispanoamérica está hecha de una sola pieza, ni las naciones hispanoamericanas son víctimas unilaterales –algunas han sido víctima y victimario–, ni España es la villana inexorable de esta historia. Hispanoamérica ha sido y sigue siendo una pregunta abierta.

 

Bibliografía

  • Arciniegas, Germán. América Ladina. Juan Gustavo Cobo Borda, comp. México: FCE, 1993.

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