La crónica y el instante

Sonatina. Armando BarriosEs ya lugar común decir que es necesario volver sobre la propia historia para no cometer los mismos errores. Sin embargo, creo que este viaje al pasado estaría incompleto si no incluyera también una visita a la literatura y, en especial, a aquella que surgió del contacto más estrecho con el día a día y se forjó en la premura por captar la esencia de un instante: pienso aquí en la crónica literaria.

En el prólogo a La música y el instante, recopilación de crónicas de Manuel Gutiérrez Nájera, Óscar Rodríguez Ortiz ofrece algunas singularidades de la crónica decimonónica, destacando que ésta “refiere justamente la inmediata ley de la representación de la noche anterior y la prisa con la que tuvo que escribir el cronista para el día siguiente, sin embargo el instante de la música permanece, no sólo porque el arte tiene esta potencialidad sino porque la estética que lo aprecia valora su eternidad, su trascendencia al tiempo, esa descomunal lucha del humano por superar el tiempo, como el arte garantiza” (9-10). Aunque Rodríguez Ortiz apela a la devoción por la ópera del autor mexicano, en esta muestra de su ejercicio cronístico asistimos a muchas más facetas de la historia cultural del México de entonces que aún siguen vigentes y que, en a través de las palabras de Gutiérrez Nájera, no han dejado de palpitar de vida.

Los temas tratados en las crónicas de La música y el instante son tan diversos como los tonos empleados por el autor para dar cuenta de ellos. La versatilidad de Gutiérrez Nájera se evidencia en la naturalidad con que pasa del sentido del humor a la ternura, de la crítica más ácida y frontal a la exaltación de sus autores predilectos o a la recuperación nostálgica de algún episodio nacional. En medio de esta diversidad, la figura del autor se constituye como la de un personaje multifacético, que si llega a ser caro al lector es porque parece charlar con él cual si fueran dos buenos amigos.

La ópera, la literatura, los espectáculos populares, las leyendas, la música, los clásicos, los paseos, las costumbres, la política, etc., son sólo algunos de los ámbitos y tópicos que protagonizan los textos de Gutiérrez Nájera y que se articulan como una panorámica del estado de cosas de la época. Lo más curioso es que volver a ellos no es sorprenderse ante la distancia que nos separa de aquellos años, sino advertir que, para bien y para mal, no hay grandes diferencias después de transcurrido más de un siglo.

Entre sus temas más recurrentes encontramos el de la literatura y más que del fenómeno literario en sí, del estado de cosas en que se encontraba en las últimas décadas del XIX. En “El movimiento literario en México” leemos una durísima y graciosa descripción de la producción literaria del momento:

“Me había propuesto ha poco escribir con este título una serie de artículos y de semblanzas. Venturosamente para las letras, que no hubieran agradecido esos entuertos, hube de renunciar a la tarea por la pobreza del asunto y la carencia de pretextos. La asendereada literatura, liada de pies y manos, no da los menores signos de actividad o vida. Los amantes ocultan las traiciones de sus novias con el mismo escrúpulo con que cubren sus hombros o velan su garganta a la salida a algún baile. Yo de buena gana quisiera hacer lo mismo con nuestra literatura: sus hombros están apergaminados y flacos como los de una vieja inglesa; los pómulos salientes de su cara, le dan una vejez anticipada; necesita mucho hierro para dar fuerza a la sangre; mucho hígado de bacalao para vigorizarse; está enferma, clorótica, menesterosa de cuidados y urgentemente necesitada de ejercicio” (61).

Si bien el autor no pretende ocultar las desgracias de su novia, tampoco se conforma con la mera crítica mordaz a sus miserias, sino que ofrece propuestas para mejorar su aspecto. Bien fincado en su contexto y de acuerdo con sus ideales, Gutiérrez Nájera hace públicas las iniciativas que él considera imprescindibles para sanar la literatura mexicana de fin de siglo. Para el autor, es necesaria la “creación de un centro literario nacional, sostenido y subvencionado por el Gobierno; formación del tratado de propiedad literaria entre España y México; subvención otorgada a una compañía dramática” (56). El énfasis de Gutiérrez Nájera en este texto titulado “La protección a la literatura”, está puesto en el gobierno, en su responsabilidad de crear, coordinar y subvencionar las mínimas condiciones para que el ejercicio de la literatura se articule como un oficio digno y redituable. Ambas crónicas son de 1881 y a un siglo y poco más de tres décadas de su publicación, pocas cosas podemos agregarle al cronista decimonónico.

Pero no sólo en la desventura literaria interviene el escritor. Más allá de su preocupación por este rubro, encontramos pasajes formidables donde asistimos a las carpas de teatro improvisadas, las zarzuelas, las corridas de toros, de las cuales, como si de un espectador del siglo XXI se tratara, no tiene reparo en confesar que “el torero […] no es un personaje simpático. A mí, por lo menos, me simpatiza más el toro” (110).

Están los espectáculos, pero también el paisaje cotidiano, el ruido de la locomotora como telón de fondo de cada día, las historias que escuchamos en la infancia pero que sólo comprendemos hasta mucho tiempo después, las leyendas que poco a poco se van quedando en el olvido; incluso es posible experimentar, a través de la lectura, un día de terremoto, donde el temblor de la tierra es una excusa formidable para hablar sobre el sentido de la vida, el amor y la muerte:

“La muerte no acobarda más que a los enamorados que están ausentes. Si ha de venir, que nos mate a los dos de un mismo golpe. La muerte que yo temo es a la que llega con sigilo y con cautela, arrastrándose por la alfombra de la alcoba. Si tú me sobrevives, te irás alejando de mi recuerdo como el barco se aleja de la playa. La pena del amor es el olvido. […] Por eso querría morir con todos los seres que amo, y hacer junto con ellos el duro viaje por lo desconocido y por lo eterno. Pero la tierra no vacila ya; tu corazón late más sosegado, y la lámpara azul de tu alcoba, no se columpia como la Sara del poeta. Ven conmigo: acabemos de comer…” (103).

Muchos episodios cronísticos en Gutiérrez Nájera se caracterizan por esta suerte de apropiación y vivencia del suceso, así como por la creación de grandes imágenes o metáforas que precisamente logran vencer en la lucha contra el tiempo. Por ejemplo, así expresa el autor la grandeza de Shakespeare: “Con nada puede compararse tan propiamente el trágico inglés como con el mar. Como él, tiene perlas, y como él, tiene monstruos. Como él, copia, en sus noches de calma, los innúmeros astros, y como él, se levanta, enfurecido, en formidables ímpetus. Sentimos en sus dramas que la inmensidad nos abruma como si navegáramos en alta mar. Es, entre los trágicos, lo que era la Fuerza entre los mitos” (11).

Estos son apenas unos cuantos apuntes sobre la riqueza literaria y humana inherente al trabajo cronístico de Gutiérrez Nájera a partir de la selección de La música y el instante. Aunque intenté equilibrar el peso de lo crítico con el del humor y el entretenimiento, termino con una nota algo sombría pero que da perfecta cuenta de la importancia de volver a la literatura. En la crónica titulada “Barba Azul” el autor inicia: “No, yo no haré esta vez mi crónica color de rosa. He perdido mi capital de buen humor, y estoy enfermo. Voy a escribir la crónica color de sombra: negra como los ojos que yo adoro y como las trenzas de Graziella” (75). En este texto, el autor discurre sobre la leyenda de Barba Azul en particular y sobre los cuentos y leyendas en general. La razón de su desencanto reside en que estas historias solemos conocerlas en la infancia pero entenderlas a fondo mucho después: cuando somos conscientes de que en ellas se explica la injusticia, se exhibe la mezquindad, se sobrevive a cuenta de tropezones y luego de muchos fracasos. Sin embargo, lo que aquí importa es que si esas historias sobreviven es porque “todo lo que se sufre y todo lo que se llora tiene cabida en esas narraciones” (78) y eso es lo que hay que aprender. Tal vez en el fondo, también sea ese el sentido de volver a la historia, a la literatura, a las crónicas de Gutiérrez Nájera: recordar lo que es necesario aprender.

Bibliografía

Gutiérrez Nájera, Manuel. La música y el instante. Pról. Óscar Rodríguez Ortiz. Col. “La expresión americana”. Biblioteca Ayacucho.

Imagen: “Sonatina” de Armando Barrios.


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