De mapas e ignorancias

En el diccionario de la Real Academia Española se define la ignorancia como la falta “de ciencia, de letras y noticias”. En este sentido, representa un valor negativo: denota carencia, privación, insuficiencia. Y  es verdad que la ignorancia tiene este lado negativo, este lado oscuro, pero, como casi todo, incluyendo a los astros inanimados, también tiene un lado brillante: quien sabe que no sabe está en condiciones de aprender y, por ende, es menos propenso a caer en dogmatismos fútiles. En su admirable estudio De animales a dioses. Breve historia de la humanidad (2014), Yuval Noah Harari se vale de los mapas para ilustrar la distancia cognitiva entre el pensamiento anterior al Medioevo y la “mentalidad moderna”, posterior al siglo XV. Esa distancia cognitiva es, según Harari, la verdadera responsable de la revolución científica que, al igual que la ignorancia y la luna, tiene un lado brillante y otro turbio. En las siguientes líneas me concentraré en su lado brillante. Para dar cuenta rápida de su lado turbio tal vez basta mencionar el nombre del capítulo en cuestión: “El matrimonio entre ciencia e imperio”. Para Harari, la mentalidad moderna se caracteriza por el binomio explorar-conquistar, lo que de algún modo equivaldría a conocer-conquistar.

Volvamos al lado positivo del asunto. En el breve apartado que lleva por título “Mapas vacíos”, Harari establece un vínculo directo entre la mentalidad y los mapamundis; es decir, entre la manera como el ser humano se ubica en el mundo y la representación que hace de él. Cito:

Numerosas culturas dibujaron mapas del mundo mucho antes de la época moderna. Evidentemente, ninguna de ellas conocía en realidad la totalidad del mundo. Ninguna cultura afroasiática sabía de América, y ninguna cultura americana sabía Afroasia. Pero las regiones desconocidas se omitían simplemente, o bien se llenaban de monstruos y maravillas imaginarios. Tales mapas no tenían espacios vacíos y daban la impresión de que había una gran familiaridad con el mundo entero (2014, 316).

Esta familiaridad se aprecia en los mapas medievales típicos, comúnmente llamados “mapas de T en O”: la O representa el mundo conocido hasta entonces, y la T es una zona acuática que divide ese mundo en tres partes: Europa, Asia y África. El primer mapa de este tipo se atribuye a Isidoro de Sevilla, y correspondería al siglo VII, si bien sólo se conoce por reproducciones posteriores:

Reconstrucción del mapa atribuido a Isidoro de Sevilla. Fuente: http://bit.ly/1f47b66
Primera reconstrucción conocida del mapa atribuido a Isidoro de Sevilla. Fuente: http://bit.ly/1f47b66

Mapa de T en O, contenido en La Fleur des Histoires. (1459-1463). Fuente: http://bit.ly/1JLG4bc
Mapa de T en O, contenido en La Fleur des Histoires. (1459-1463). Fuente: http://bit.ly/1JLG4bc
Se trata de un esquema simple que ganó complejidad con el paso de los años, y en especial con la transición de la Alta a la Baja Edad Media, aunque mantuvo su estructura básica. La acumulación de detalles y la incidencia de los atisbos nacionalistas se aprecian en dos de los mapas antiguos “de T en O” más famosos: el Mapamundi de Ebstorf, cuyo enorme original se remontaba al siglo XIII y fue destruido en la Segunda Guerra Mundial, y el Mapamundi de Hereford, atribuido a Richard of Haldingham.

Mapamundi de Ebstorf. Fuente: http://bit.ly/1GgcGaS
Mapamundi de Ebstorf. Fuente: http://bit.ly/1GgcGaS

Fuente: http://bit.ly/1KXwnW0
Mapamundi de Hereford. Fuente: http://bit.ly/1KXwnW0
Lo interesante de estos mapas medievales y su forma “de T en O” es su dogmatismo, su convicción de representar la verdad –esta verdad era la judeocristiana, contenida en la Biblia o admitida por los padres de la Iglesia y sus representantes–, un absoluto. Si hemos de creer a Harari, estas representaciones dan cuenta de una mentalidad que niega la posibilidad de la existencia de algo externo a la O, al universo familiar, delimitado por el dogma religioso. Lo que había fuera de esa O era el ámbito de lo divino, inaccesible para el grueso de los seres humanos.

Pero no sólo estos mapas traslucen dicha mentalidad. Otros mapas, aunque no adoptaron la forma “de T en O”, persistieron en el no reconocimiento de su ignorancia y llenaron con dibujos y palabras lo que, de lo contrario, tendría que haber ido en blanco. Un par de siglos después, llegó el cambio. Cito a Harari:

Durante los siglos XV y XVI, los europeos empezaron a dibujar mapas del mundo con gran cantidad de espacios vacíos: una indicación del desarrollo de la forma de pensar científica, así como del impulso imperial europeo. Los mapas vacíos eran una novedad psicológica e ideológica, una admisión clara de que los europeos ignoraban los [sic] que había en grandes zonas del mundo (2014, 316).

El punto de inflexión crucial llegó, de acuerdo con Harari, en 1492. Las sospechas de la ignorancia de la humanidad se vieron confirmadas con la irrupción hispánica en América. En el mapa en forma de trébol contenido en Die eigentliche und warhafftige gestalt der Erden und des Meers, de 1581, América ya asoma las narices, y la O ha desaparecido; en su lugar quedan las aguas oceánicas, abiertas indefinidamente, o mostrando las tierras ignotas durante milenios para el “mundo conocido”.

Mapamundi en forma de trébol. Fuente: http://bit.ly/1wHjmsL
Mapamundi en forma de trébol. Fuente: http://bit.ly/1wHjmsL

Mapamundi de Juan de la Cosa (ca. 1500).
Mapamundi de Juan de la Cosa (ca. 1500).

Mapamundi de Caverio (1504), basado en el Cantino (1502).
Mapamundi de Caverio (1504), basado en el Cantino (1502).

Mapamundi de Piri Reis (1513).
Mapamundi de Piri Reis (1513).
La consecuencia más importante de este cambio de mentalidad era la sutil exhortación a rellenar los vacíos. En palabras de Harari: “Quienquiera que observe el mapa y posea una pizca al menos de curiosidad se sentirá tentado a preguntar: «¿Qué hay más allá de este punto?». El mapa no da respuestas. Invita al observador a hacerse a la mar y descubrirlo” (2014, 319). Eso fue precisamente lo que ocurrió: los europeos se hicieron a la mar y, a su paso, fueron conociendo y conquistando. Pero, dado que la continuación de esa historia pertenece al lado oscuro de la ignorancia, la reservo para una nota posterior.

 

Bibliografía

  • Harari, Noah Yuval. De animales a dioses. Breve historia de la humanidad. Trad. Joandomènec Ros. México: Debate, 2014.

 


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