La sabiduría del universo o “El juego de las nubes”

NubesDesde tiempos inmemoriales el ser humano ha intentado desentrañar los misterios del cielo y más allá. La idea de que los fenómenos que acontecen en las alturas afectan directamente nuestro devenir en la tierra, ha sido una de las más poderosas para embarcarnos en la empresa de descubrir los patrones que rigen los astros, la naturaleza de los fenómenos atmosféricos, la materia de que se conforman los planetas. La más antigua astrología da cuenta de ello, así como la historia misma de nuestra ciencia moderna.

No pretendo detenerme en estas cuestiones, sino dedicar unas cuantas líneas a una teoría opuesta a la antes expresada: no son los cielos y los astros los que influyen en nuestro destino, sino los sucesos telúricos son los que repercuten en el devenir de los fenómenos celestes. El juego de las nubes, es pues una curiosa recopilación de textos dedicados a la observación de las nubes y en el que se incluye además un breve “Ensayo de meteorología”, textos todos basados en la teoría de la fuerza de la tierra para afectar los cielos. La curiosidad de este volumen reside no sólo en la naturaleza de la información en él contenida, sino en que su autor es ni más ni menos que Johann Wolfgang Goethe.

La obsesión del escritor alemán por el estudio de la naturaleza en sus múltiples manifestaciones encuentra en las formas de las nubes un campo fértil para la descripción y la reflexión. Si bien sus anotaciones sobre meteorología y sus recurrentes descripciones (incluidas en diarios de viajes y tratados a propósito del tema) no aportaron gran cosa en materia científica ni en su época ni mucho menos ahora, sí resultan de interés para el lector contemporáneo que por cualquier motivo comparta la fascinación por detenerse a contemplar las nubes, “el viejo juego de las nubes disminuyendo y aumentando de tamaño” (29).

El juego de las nubes reúne, además del citado ensayo, entradas de diario que se dividen en cuatro partes: la mañana, el mediodía, la tarde, la noche; correspondiéndole a cada parte un poema dedicado a las nubes (“Estrato”, “Cúmulo”, “Cirro”, “Nimbo”). Aunque muchas de estas entradas se caracterizan por su brevedad y por un intento de sobriedad y mesura, en ellas encontramos la síntesis del poder del paisaje celeste y el sentir del observador: “Mañana serena, ligeras nubes durante el día. Fuertes masas nubosas en la región superior, procedentes del Sudoeste. Noche muy cálida, muy tranquila. Adorable noche de luna” (58). Así también, ciertas descripciones llegan a un admirable grado de plasticidad e incluso de movimiento, como si pudiéramos compartir la visión de un mismo paisaje. Dejo dos ejemplos: “Mullidos cúmulos disueltos en cirros, que se disponen e filas y suben, volviéndose a inflar y después a bajar. Creímos ver pasar estas formaciones en tres niveles, unas sobre otras. Las nubes tendiendo cada vez más a disolverse y a despejarse” (53).

“Antes de salir el sol una magnífica arborescencia nebulosa estirándose hacia el cenit, borreguitos diseminados hacia arriba y hacia un lado en forma de troncos y ramas, en forma de copos y en franjas sobre el resto del cielo. Aire suave, hermoso día de sol” (44).

A pesar de que el asunto es prácticamente el mismo (los fenómenos meteorológicos), en el “Ensayo de meteorología” el tono será muy distinto y desde las primeras páginas nos veremos expresada la idea general de este observador de nubes:

“[…] el hombre, que relaciona consigo mismo todo lo que sea necesario, no deja de halagarse con la ilusión de que en realidad el universo, del cual, como es natural, forma parte, ejerce también una influencia especialmente notable sobre él.

De ahí que, al renunciar de manera razonable a las quimeras astrológicas, como si el cielo estrellado rigiera los destinos de los humanos, no pretendiera renunciar a la convicción de que, allí donde no hay estrellas fijas, son los planetas, y donde no hay planetas, es la luna la que condiciona y determina la atmósfera y ejerce una influencia regular sobre ella.

Pero rechazamos cualquier reacción similar: y no consideramos ni cósmicas ni planetarias las manifestaciones atmosféricas en la tierra, sino que, según nuestras premisas, hemos de explicárnoslas como algo puramente telúrico.” (68)

Esta abierta oposición a la creencia más generalizada del influjo de lo celeste sobre las cosas de la tierra, viene a encontrar sus más fuertes argumentos en los avances científicos de la época; por eso el autor dedica episodios concretos de su texto al barómetro, al termómetro, al fenómeno de la formación de las nubes, a las estaciones del año, a las características de la atmósfera, etc. Pero el estudio y la observación atenta, no se quedan en el rechazo al poder de los cielos sobre los hombres, sino que hay algo más que explica la razón de ser de este interés genuino por los fenómenos meteorológicos, así lo explica Goethe en las primeras líneas de su ensayo:

“Lo verdadero, lo idéntico a los dioses, no se puede reconocer jamás directamente, sólo lo vemos en su reflejo, en su modelo, en su símbolo, en manifestaciones aisladas y relacionadas con ello; nos percatamos de su existencia como de la de una vida que nos resulta incomprensible y no podemos, por tanto, renunciar de comprenderlo a pesar de todo.” (63)

Visto así, el juego de las nubes es a final de cuentas una vocación por seguir mirando, con fascinación y sin cansancio, una de las muchas manifestaciones de la sabiduría que subyace hasta los más mínimos “detalles” del universo.

Goethe, Johann Wolfgang. El juego de las nubes. Trad. Isabel Hernández. Ilustraciones de Fernando Vicente. Madrid: Nørdica Libros, 2011.

Imagen: Fernando Vicente


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