De bestias y otras formas puras

Dicen los que saben que para la mente humana es imposible concebir algo que no se encuentre ya en la naturaleza, pues la imaginación sólo sabe articular lo extraordinario combinando una diversidad de piezas dispuestas en el ámbito de lo ordinario. Así, por ejemplo, las representaciones del paraíso o el infierno, por muy fantásticas que pudieran parecernos en primera instancia, pronto revelarán su familiaridad con el mundo de carne y hueso si se les contempla parte por parte. Baste echar un vistazo a las famosas bestias del Apocalipsis, de las cuales destaca una con “siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas un nombre blasfemo. Y […] era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león” (13: 1-2).

Más allá de si esta incapacidad humana es tal o no, llama la atención la insistencia milenaria del hombre por representar lo monstruoso, por dar vida a lo fantástico, por dotar de color y forma a sus demonios, por revelar el rostro de ciertos misterios. A esta insistencia, creo, debemos la larguísima nómina de bestiarios pictóricos, plásticos y literarios, buena parte de los textos de literatura fantástica y quizás la seductora diversidad de los alebrijes.

Pero, además de estos productos de la fabulación, también conservamos sugerentes descripciones que dan cuenta de las creencias de ciertas épocas y lugares que no son nada ajenas a esta configuración del monstruo y el misterio; ni tampoco, en la actualidad, nos ha dejado de seducir el poder evocador de los bestiarios.

Precisamente quiero hablar aquí de un Bestiario muy particular, pues en él se conjuga la representación contemporánea de seres extraordinarios (aunque con el trazo sencillo y a veces ingenuo de las pinturas rupestres) y textos dispares en época y contexto pero que se abrazan seductoramente con las imágenes. El prólogo y la selección de dichos textos estuvo a cargo de Alberto Manguel y las imágenes consisten en una serie de 64 grabados de Salvador Retana. Para cada imagen, Manguel eligió un escrito clásico que de uno o muchos modos se entrelazara con cada grabado. El resultado es un juego de encantamiento en el que el lector puede ir asomándose al azar por cada página y sumergirse en los múltiples sentidos de la imagen y el texto. Algunos son simples descripciones, otros apenas el recuerdo de un ser ya extinto pero que es imposible desterrar de la memoria, otros más se deslizan hacia los territorios del terror y lo diabólico; y unos cuantos más destacan por su ingente ternura.

Me seduce especialmente “El pájaro letrado” incluido en la Historia natural de Plinio el viejo (siglo I):

Pájaro letradoMenos famoso porque no viene de tierras lejanas, y sin embargo diestro en el arte de las letras, es una cierta especie de urraca. Estos pájaros se complacen en pronunciar palabras que no sólo aprenden de memoria sino que también se enamoran de ella y sobre ella reflexionan largo rato, y no tratan de ocultar tal obsesión. Se dice que si una palabra se les hace demasiado difícil, mueren, y que si no oyen la misma palabra repetida una y otra vez, su memoria les falla, y que cuando están buscando una palabra, se regocijan milagrosamente si la oyen decir (94).

Regreso una y otra vez a “El Peryton” referido por Jacob Ben Chaim en The Book of Formation (1580):

[…] es originario de la Atlántida y es mitad ciervo y mitad pájaro. Tiene la cabeza Perytony las patas de un ciervo. En cuanto al cuerpo, se asemeja al de un pájaro con sus correspondientes alas y plumaje. Su característica más extraña es que, cuando brilla el sol, en lugar de arrojar la sombra de su propio cuerpo, arroja la sombra de un hombre. Por eso se cree que el Peryton es el espíritu de un hombre muerto lejos de su patria y del cuidado de sus dioses (96).

Al que no puedo dejar de contemplar y leer, puesto que en su representación intuyo se guarda un secreto que urge revelar, es a “El caradrio”, descrito por Brunetto Latini en 1260 en Li libres dou tresor:

El caradrio (charadrius) es un pájaro todo blanco y su pulmón cura la ceguera. La Biblia ordena que no se le coma. Su naturaleza es tal que si se ve a un hombre enfermo que debe morir de su mal, vuelve la cabeza y no lo mira; pero en cambio fija los ojos en el hombre que no ha de morir. Dice la gente que el caradrio recoge en sí todas las enfermedades y que se las lleva al aire, donde se halla el fuego del cielo que consume todos los males (54).Caradrio

Aunque se erijan como seres fantásticos, terminan siempre de aspectos de la vida humana: el enamoramiento y la pasión, el espíritu extraviado, la fatalidad.

En el Prólogo, Manguel anota que “Representar es conocer, es admitir la existencia de algo, es responsabilizarse por aquello representado” (10), y tal vez la seducción de texto e imagen en este Bestiario sea precisamente eso, una llamada a reconocer todo lo que hay en el interior de lo humano y que hemos transformado en magia y en bestia, en destino fatal y en misterio; a volver la vista y la imaginación a la forma más pura de lo que somos.

Manguel, Alberto (pról. y selecc.) y Salvador Retana (grabados). Bestiario. Madrid: Casariego, 2005.

Imágenes: grabados de Salvador Retana.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s