Una pequeña y hermosa herida

El caracolHay días en que basta percibir una nota diferente en la brisa de las mañanas para transportarnos a otros sitios: recuerdos, pasajes inventados con personajes desconocidos, fabulaciones casi fantásticas con mínimas probabilidades de suceder en este universo. En esos días uno se encuentra como con las alas extendidas, pleno y receptivo por igual a la esperanza lo mismo que al desconsuelo. Son días hechos para vivir a conciencia llena la catástrofe y el triunfo, las muertes y los renacimientos, la vuelta completa en la rueda de la fortuna. Creo que en días así tienen lugar las historias de El caracol y otros cuentos de Carolina Luna, pues sus personajes (aun los que desfilan al borde de la muerte) se erigen tan llenos de vitalidad que uno podría tocarlos.

Más que un sentido particular sobre la vida, en estos cuentos encontramos a la vida misma en sus múltiples facetas y a través de una extraordinaria diversidad de personajes: la mujer que evoca su pasado al volver a los espacios antes habitados, el joven que no logra aprehender el por qué y el para qué de estar aquí y se salva de la muerte gracias a una caja de Marlboro, la adolescente dispuesta a llevar toda su capacidad de perversión hasta los últimos límites, un conde Drácula afincado en Mérida que sufre de inanición, la mujer que bebe solitaria en bar intentando ahogar su fatídico destino, un hombre a la espera de que su mujer le llame desde el Purgatorio, el hombre a punto de realizar sus fantasías más violentas…

Los recuerdos, las situaciones y las reflexiones cotidianas (que a veces rayan en la locura), son las que nos abren un camino impredecible a través de estas historias. Así sucede con la serie “Cuentos de sangre para antes de dormir”, paréntesis de tres textos protagonizados precisamente por la sangre y por algo de locura, pero fuera del cual habitan, sin ningún problema, la rememoración nostálgica y el más audaz sentido del humor.

Al igual que la vida, la muerte es una presencia fundamental en El caracol… y también, lo mismo que la vida, se despliega en estas páginas explorando muchas de sus facetas y matices. La muerte aparece fluctuando de lo triste a lo sublime, de lo sanguinario a lo perverso, de lo cotidiano a lo fantasmagórico, de lo reflexivo a lo francamente irracional; y lo más sugerente es que en este espectro de la muerte encontramos otras muchas posibilidades para mirar la vida de otro modo.

El sentido del humor y la ironía se entrelazan con esta escritura ágil, seductora, intensa, finalmente, vivísima y en constante diálogo con muchos otros autores convocados en los epígrafes, esas cerezas de sentido en cada cuento, con las que también podemos jugar y a través de las cuales leer de otras maneras.

Termino de leer El caracol y otros cuentos de Carolina Luna y me descubro sola, en la noche, en medio de un silencio que no sé si es espectral o sereno; me doy cuenta de que he pasado de la carcajada abierta al llanto súbito y de ahí al miedo y a la nostalgia. Cierro el libro, me pregunto qué ha pasado y mi única respuesta la encuentro en la imagen del caracol feo y roto que da título al volumen: “Nada pasó ese día, pues todo quedó en el mar que habita el caracol; nada pasaría después. Todo quedó ahí adentro, y si acaso algo lograba escapar, se cortaría de tajo con la orilla rota” (21).

Eso: pasar por este libro es quedarse atrapado en él o salir con una pequeña y hermosa herida.

Luna, Carolina. El caracol y otros cuentos. Mérida: SEDECULTA, 2015.


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