La protonovela, según Sánchez

Vista de "La portentosa vida de la Muerte...", de fray Joaquín Bolaños
Vista de “La portentosa vida de la Muerte…”, de fray Joaquín Bolaños
El término protonovela se ha venido usando desde 1953, cuando apareció bajo la pluma del crítico peruano Luis Alberto Sánchez en Proceso y contenido de la novela hispano-americana. Proceso y contenido fue reeditado y publicado, también por la prestigiosa editorial Gredos, en 1968. El término lleva, pues, varias décadas con nosotros. Sin embargo, el concepto no se ha trabajado con la profundidad que amerita y, a mi juicio, que oscurece más de lo que alumbra. En las siguientes líneas me propongo hacer un breve comentario a la concepción de Sánchez de la protonovela, por tratarse de un referente obligado para estudiar la génesis y el desarrollo de este género en América.

Sánchez tiene el mérito de haber empleado por primera vez el término para referirse a un conjunto indefinido de obras de la América virreinal, aunque lo hizo en sentido laxo y sin fundamento: para él, la protonovela era una cuasi-novela; un texto narrativo que se asemejaba a la ficción literaria, sin llegar a serlo. Como vemos, se trata de un concepto empobrecido. El concepto que Sánchez tiene de la novela también es bastante limitado: la novela “era, ante todo, novedad, tema, o sea, fantasía; o sea, invención, lo cual exige la presencia de lo maravilloso y de un creador (poeta), por lo cual la dicha novela iba en pos de magos y hechiceros, es decir, de la poesía (sin verso) de aquel tiempo” (76). Según Sánchez, en América la presencia de lo maravilloso subyugaba la inventiva de los individuos –alude a españoles peninsulares y, en menor medida, a criollos y mestizos; nunca a los indios–, y los disuadía de escribir obras de ficción: “No se requerían invenciones. Ellas quedaban por cuenta de la vida cotidiana” (75). Sánchez cree satisfacer así la pregunta por la ausencia de novelas en los virreinatos americanos: durante los años de conquista y colonización, e incluso después, “[l]a novela se vivía, lo repito hasta la saciedad” (76). No fue un asunto de estrechez imaginativa ni de falta de moldes:

La fantasía del hombre colonial estaba muy bien nutrida, tanto por la lectura de libros ad hoc como por la constante sorpresa de un paisaje insólito y las desconcertantes campañas contra el indio y entre los propios conquistadores. En el campo de la novela, la reacción creadora del colonial se concentró en lo último: en la acción. Puesto que su vida era un constante mirar prodigios, y realizarlos, no le hacía falta escribirlos; mucho menos leerlos. Él era un protagonista, un agonista, un actuante. Que leyeran los empingorotados y poltrones, mas no los hombres comunes. Para colmo de injusticia, los tales hombres comunes eran quienes proveían a los poltrones de su inmenso caudal de emociones prístinas, superiores –¡oh, sí, infinitamente superiores, novelas vividas con sangre!– a las novelas leídas y de tinta (72).

Este planteamiento, hoy insostenible, gozó de amplia aceptación en su época. En la segunda edición, quince años más tarde, Sánchez mantuvo y reafirmó su postura: “Digámoslo otra vez: toda vida y toda obra de aquellos tiempos encierran gérmenes de novela. El tratar de `aislar´ tales gérmenes al través de una lectura de los cronistas me ha resultado tarea irritantemente ociosa: debía haber `aislado´ obras enteras” (79).

El procedimiento de Sánchez debe explicarse en función de su idea de la tarea literaria y, en concreto, de la novela, que para él es novedad, fantasía, invención. Tal postura corresponde a la asimilación, desde la crítica literaria, de una de las dos grandes vertientes del ideal artístico: imitar a la naturaleza o superarla en el arte. Al ser absorbidas por el pensamiento teórico-crítico sobre la literatura, estas actitudes artísticas desplegaron dos posturas: una defendía la imitación como máximo valor artístico, y otra, la libre imaginación, casi siempre bajo la forma de novedad. Otra rama de esta discusión es el debate sobre la veracidad y la verosimilitud en las obras virreinales. En la postura de Sánchez, fácilmente identificable con la segunda actitud, advertimos una peculiaridad que consiste en negar o reducir al máximo la posibilidad de la primera entre los escritores de los virreinatos de América: aun si se hubieran esforzado por imitar la naturaleza, la obra resultante parecería fruto de la invención imaginativa. Recordemos que, según este crítico, la vida cotidiana patrocinaba las invenciones. Si bien es cierto que la novela es un género de la libre imaginación, Sánchez reduce ésta a un nivel puramente retórico o estilístico: “imaginación”, “invención”, “ingenio”, “estilo”, “fuego lírico”, “sentimiento”, “donosura”, etc. La línea retórica ha dominado la teorización sobre las obras escritas en los virreinatos americanos, por encima de la línea épica, que fue más temprana dentro de los estudios literarios, de talante histórico-filológico. Debieron pasar algunas décadas para que se aportara algo nuevo, o un distinto, al debate sobre la protonovela y sobre el arte verbal que campeó en los virreinatos americanos. Ese aporte lo hizo Héctor Orjuela, como lo he comentado en una entrada previa.

Me interesaba comentar el planteamiento de Sánchez porque con él se abrió un debate que todavía hoy aguarda continuidad. La pregunta por génesis de la novela en América está lejos de haberse resuelto. Luis Beltrán Almería ha observado que para explicar el nacimiento de este género en la cultura occidental no basta con estudiar el proceso de descomposición de géneros anticuados y el de composición de un nuevo género, la novela, sino que es preciso situar entre ambos procesos un género de transición esquivo, en el que la crítica apenas ha reparado: la protonovela. Beltrán no acuña el término, pero lo resignifica, señalando que se trata de un género a caballo entre la oralidad y la escritura, y entre el discurso literario y otros discursos de la cultura (el histórico, el antropológico, el filosófico, el religioso, etc.). Lo que ahora falta estudiar es cómo se da el diálogo entre esos discursos y cuál es el perfil específico de la protonovela en América. La tare no es sencilla, pero estoy completamente segura de que sí será muy provechosa para entender y valorar mejor nuestra tradición literaria.
Bibliografía

 


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