Sobre el proyecto artístico de la Relación de Mier

 Cuando escribió la Relación, en donde narra las peripecias de su primera década en Europa, fray Servando había experimentado veintidós años de persecuciones e infortunios y enfrentaba una nueva sentencia de exilio a España. La crisis y la aventura, medulares en la vida de Mier, en la Relación sirven de ejes en torno a los cuales se organiza el relato. La crisis, categoría estrechamente ligada a la temporalidad de la obra, tiene que ver con la forma como se desarrollan los hechos y como repercuten, no sólo en la existencia individual de Mier, sino en la del mundo que se desmorona frente a los ojos del fraile; para él, como para América, España y buena parte de la Europa occidental, las postrimerías del siglo XVIII y las primeras décadas del XIX estuvieron signadas por la crisis y el ocaso de antiguas formas de organización sociopolítica y cultural: la independencia de las Trece Colonias, la Revolución francesa, la debacle de la Monarquía Hispana, la invasión napoleónica, las guerras de independencia de España y las de América, etc. Todo el universo construido en la obra está en crisis. Mier presenta su caso como un ejemplo paradigmático de lo que ocurre cuando el agotamiento del sistema burocrático, su corrupción y su antipatía golpean la vida del hombre honesto, a quien no le resta otra opción que sacar el mejor partido de su suerte y hacer lo necesario para sobrevivir, aunque sin llegar nunca a los extremos del pícaro, quien pierde el honor para ganarse el pan. La aventura, más ligada a la espacialidad, tiene que ver con la destrucción de los espacios conocidos, físicos y simbólicos, y con un hondo sentimiento de desamparo.
Así como en la Relación no hay tiempo para fiestas y amigos, para episodios familiares, para encuentros y visitas sociales, para la planificación, etc., tampoco hay espacios seguros, íntimos, domésticos. En su mayoría, son lugares desconocidos por los que Mier deambula o lugares de confinamiento, apartados del ritmo mundano de la vida pública: conventos, prisiones, hospitales, escondites, caminos, posadas, etc. En la Relación las peripecias se suceden unas a otras, y la fuga es la solución preferida de fray Servando. Esta categoría, sumada a la crisis y la aventura, redondea la estructura de la obra. Desde el cuarto capítulo, el de Mier es un caso paradigmático, pero no por representar al hombre honesto alcanzado por la virulencia de la maquinaria burocrática real, sino al hombre astuto que sortea la fatalidad e impone sus propias reglas. El fraile escapa de cárceles y hospitales saltando desde las ventanas, levantando rejas con escoplo, sobornando carruajeros, fingiendo marchar hacia donde le ordenan, etc., y luego se oculta, se disfraza, miente, usurpa la identidad de un muerto, esconde navajas en su chaleco, etc.La complejidad de la Relación estriba, en buena medida, en la coexistencia de estas dos imágenes de Mier, la del hombre honesto que sufre persecuciones arbitrarias y la del burlador del orden establecido, que se corresponden con las dos grandes orientaciones artísticas que animan la obra: la apologética y la satírica. En principio, la Relación es un documento legal de carácter apologético, pero termina siendo mucho más que eso. Aquí conviene explicar por qué, entre todos los géneros discursivos, Mier eligió la relación, género informativo que desde fines del XVIII había caído en desuso, sobre todo con la popularización de la imprenta.
El Diccionario de Autoridades registra, entre otras, las dos siguientes acepciones para el vocablo relación: “narración o informe que se hace de una cosa que sucedió” y, en lo forense, “breve y sucinto informe que por persona pública se hace en voz o por escrito, al Juez, del hecho de un proceso” (V, 556). En tanto documento legal dirigido a la autoridad arbitrante de un caso, la relación era un medio propicio para ganarse la simpatía del juez y persuadirlo de inclinar la balanza en favor o en contra de algo. Pero, si tomamos en cuenta que en los reinos Ultramarinos el receptor habitual de estos documentos era una autoridad peninsular, radicada en América o España, el tono de la Relación es improcedente: los representantes españoles de la Iglesia y la Corona (frailes y covachuelos) son blancos favoritos de los dardos venenosos de Mier. Lejos de pretender congraciarse con ellos, los escarnece y ridiculiza, ubicándose por encima suyo en el plano moral, intelectual y hasta patriótico. Bajo la pluma de fray Servando frailes y covachuelos son “corruptos”, “pérfidos”, “malvados”, “ignorantes”, “tropellones”,etc. El tono sorprende más porque, como ya dije, Mier escribió la Relación mientras pesaba sobre su cabeza un segundo destierro a España, en donde volvería a estar a merced de frailes y covachuelos.
Desde mi perspectiva, lo anterior revela que el texto no fue escrito para influir en los árbitros ni en los ejecutores de la sentencia; su objetivo era informar a alguien más sobre lo que le sucedió en Europa. Y si el destinatario no era un eslabón de la autoridad virreinal, ni de la Iglesia ni de la Corona, ¿quién era? Mier da la respuesta en la Apología:

Es tiempo de instruir a la posteridad sobre la verdad de todo lo ocurrido en este negocio, para que juzgue con su acostumbrada imparcialidad, se aproveche y haga justicia a mi memoria, pues esta apología ya no puede servirme en esta vida que naturalmente está cerca de su término en mi edad de cincuenta y seis años. La debo a mi familia nobilísima en España y en América, a mi Universidad mexicana, al orden a que pertenecía, a mi carácter, a mi religión y a la Patria, cuya gloria fue el objeto que me había propuesto en el sermón.

Su destinario es el ágora americana, o acaso podríamos decir “mexicana”. La Relación es una defensa, una apología, pero, por su espíritu satírico, es una muy heterodoxa. Es el discurso de un acusado sobre los discursos de sus acusadores. Es una réplica tanto a las imputaciones de 1794 como a las de 1817, así como a otros discursos, en su mayoría escritos: el edicto del arzobispo de México, el dictamen de los censores, los oficios de la covachuela y del Consejo de Indias, el expediente de su caso en la Real Academia de la Historia, la literatura religiosa sobre la Virgen de Guadalupe y los santos católicos, etc.
La Relación de fray Servando va dirigida a la posteridad y a sus compatriotas ―americanos, mexicanos―, a quienes quiere convencer de la injusticia de los españoles, responsables directos de sus desventuras en Europa. Para lograrlo, Mier aprovecha la palabra del otro. El ver y el oír son fundamentales en la obra, cuya hechura delata un fuerte trabajo con la oralidad. La relación de Mier pretende restar credibilidad a las versiones oficiales, hegemónicas, peninsulares, recuperando las versiones de la gente del pueblo, acogiendo lo que ésta asegura haber visto u oído. Los tópicos de la épica de la Conquista se vuelven blanco de las críticas del fraile: el arrojo hispánico, su pureza de sangre, su inteligencia, la gracia de su palabra, su elevada educación, etc. En contraste, Mier erige la figura de un yo americano inteligente, elegante, noble, bien educado.

A modo de invitación a la lectura de esta obra, pongo a disposición del lector  el enlace a la edición de las Memorias de Alfonso Reyes, publicada en España en 1917.

Bibliografía 

  • [Diccionario de Autoridades.] Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes y otras cosas convenientes al uso de la lengua. T. 5. Madrid: Imprenta de la Real Academia Española, 1737.
  • Mier, Servando Teresa de. Relación de lo que sucedió en Europa al doctor don Servando Teresa de Mier. Alfonso Reyes, editor. Madrid: Editorial América, 1917.

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