La embriaguez de lo fantástico

DSC03490Hay universos a los que no es fácil acceder. Ritos de iniciación, palabras mágicas, puertas secretas, amuletos o encantamientos son a veces necesarios para identificar dónde se encuentran exactamente y cómo penetrar en ellos. La salida es otra cosa, una ilusión improbable.

Con el peso de este misterio inicia El espejo de Lida Sal de Miguel Ángel Asturias, conjunto de diez relatos donde creencias populares, dioses, humanos y seres fantásticos cohabitan un mismo espacio fabuloso: Guatemala. Un “Pórtico” se abre para darnos acceso a este “país de paisajes dormidos” e historias despiertas. “Guatemala –dice Asturias– sólo es igual a ella misma. Presencias y ausencias misteriosas. Lo que calla el enigma. No hace falta leer los jeroglíficos. Se leen las estrellas. El huracán azul no ha vuelto las edades. Tornará y entonces, edades y estilos, mensajes y leyendas nos serán comunicados”. Y aunque el tiempo no ha llegado, las leyendas cobran vida en este libro, una vida a veces críptica para quien no está familiarizado con los signos de ese mundo antiguo, pero siempre reveladora de magias y de verdades.

Desde el principio sabemos que el recorrido será por un universo múltiple, contradictorio, cíclico, inserto más bien en la lógica del sueño y en un paisaje donde lo mismo hay lugar para la hermosura que para el espanto. Así es Guatemala:

El arte de volver la piedra, vapor de sueño. Todo yuxtapuesto. El idioma. La cadencia. Constancia de crecimiento mineral. El ojo no acostumbrado se equivoca. Hay un rigor de muerte debajo de tanta cosa viva. Las más bellas especies animales. Los pájaros más bellos. El quetzal. Y el de la garganta con todos los sonidos musicales, el cenzontle. Las mariposas. Calistenia de alas de orquídeas. Los reptiles de pieles de preciosas piedras. Algún cambia-colores. Algún sueña-colores. El pavo azul. Más allá, sólo el cielo. Hipótesis. Oh, frágiles hipótesis, ante este mundo auténtico, cambiante entre el parpadear de los días de un calendario no encontrado.

Aunque las historias narradas a continuación son de lo más diversas y bastante disímiles en tono y estilo a “El espejo de Lida Sal” (que inaugura el volumen y además da nombre al libro), hay algo en ella que nos prepara para internarnos en las siguientes. Tal vez sea la pervivencia de la mulata Lida Sal en el lago donde encuentra la muerte por empeñarse en buscar el amor; tal vez sea su espectro caminando sobre esas aguas en las noches de luna; o tal vez saber que el reflejo que Lida Sal buscaba en el lago también es el reflejo de las leyendas que igualmente salen a flote en las noches claras, en medio de las selvas y los bosques, en torno de una fogata.

No es difícil imaginar los rumores detrás de estas leyendas: duérmete ya, que si te comes el sueño, te convertirás en tierra; no te empeñes en atrapar hombre con artilugios, mira cómo terminó Lida Sal; no salgas de noche que te puedes encontrar con la luz mala de la tierra… Y así, además, un largo desfile de personajes que sobreviven en la memoria enfrentando peligros y superando pruebas de los dioses, metamorfoseándose en seres extraordinarios y realizando viajes en los cielos y la tierra, las grutas y los rincones sagrados de una geografía sólo por ellos explorada.

En estas leyendas se mezclan los mitos de creación y destrucción con el bagaje popular que se explica el infortunio, la desdicha o la bienaventuranza a través de la magia y la naturaleza. En “Juan Hormiguero” accedemos a la historia de amor en la que de paso se explica la existencia de esos gigantescos hormigueros construidos por encima de la tierra y que casi parecen personas; en “Juanantes el encadenado” a la creencia de que la tierra tiene una luz buena y una luz mala capaz de regir la vida de quien las encuentre; en “Quincajú” a la vida infortunada de un “desaparecedor” de muertos, un ser fantástico que tiene por misión guiar a los muertos hasta la encrucijada de los cuatro caminos y señalarles el correcto.

Además del acceso a estos universos extraordinarios, Asturias nos hace partícipes de un entorno lleno de musicalidad, donde la pervivencia de lo oral repiquetea y hace eco por todas partes. El lenguaje aquí no sólo da cuenta de los magníficos seres y colores de la Guatemala que hemos visto en el “Pórtico”, sino que también se transforma en música y en danza, especialmente en la última “Leyenda de Matachines”, cuyos protagonistas, Tamachín y Chitanam, Matachines de Machitán, a raíz de un juramento se ven obligados a batirse en duelo de machetes a fin de evitar que la tierra abra sus fauces y se los trague. La travesía de los matachines empieza en el espacio mítico de las “cuatro grutas sin salida” y de ahí a un viaje por las ciudades, “allá donde van y vienen los que van y vienen sin saber que van y vienen”. El entramado de la leyenda se retuerce por caminos cada vez más densos y extraños y, al final de los cuales, los Matachines tienen que cumplir con su juramento en una suerte de danza/duelo suicida:

Pies y pies y pies… pies y pies y pies… lluvia de pies y pies y pies… golpe… quite… golpe… quite… chocando los machetes… plin… plan… golpe de Chitanam… plan… plin… golpe de Tamachín… plan… plin… plan… quite y golpe de Chitanam… plin… plan… plin… golpe y quite de Tamachín… los machetes chocando… pies y pies y pies… lluvia de pies y pies y pies… plin… plan… golpe de Machitán… plan… plin… quite de Matachín… golpe… quite… golpe… quite… sin herirse para prolongar la danza… el llueve pies agónico… pies y pies y pies… pies y pies y pies… no hay quite sin quite… no hay golpe sin golpe… plan… plan… al quite… al quite, Chitanam… al golpe, Tamachín, al golpe, al golpe, al golpe, Chitanam… al quite, al quite, al quite, Tamachín… pies y pies y pies… pies y pies y pies… piesip… es… piesip… es… tambaleantes… heridos de muerte… un puntazo al corazón… por la tetilla…

La muerte no es muerte, sin embargo, en estas leyendas, es metamorfosis, integración a la naturaleza en un tiempo sin tiempo donde todo se repite, o como leímos al principio, todo se encuentra yuxtapuesto. La imagen de Guatemala al final es la de una tierra viva, sonora, milenaria, fantástica, popular; en ella, apunta Asturias en el ya citado “Pórtico”, es menester embriagarse no por horror al vacío, sino por horror al hastío. Al contemplar las pirámides de la inabarcable Tikal, los cimientos de Antigua, las reconditeces de la selva en esta tierra verde, en esta quauhtlemallan, tierra de muchos árboles, nos recuerda el autor que no hay lugar alguno para la monotonía, sino sólo para la embriaguez con las “decoraciones más fantásticas” que habitan este lugar.

Asturias, Miguel Ángel. El espejo de Lida Sal. México: Siglo XXI, 1969.


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