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De la casta de los trilobites y las cucarachas

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…quisiera aclarar que el origen de este relato radica en la necesidad de entender ciertos hechos y ciertas dinámicas que forjaron esta amalgama compleja, este mosaico de imágenes, recuerdos y emociones que conmigo respira, recuerda, se relaciona con los otros y se refugia en el lápiz como otros se refugian en el alcohol o en el juego.

Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací

Que me preguntara si por floja mi madre no había enseñado a hablar a mi hermana, más que ofenderme, me pareció una taradez. Cómo era posible que a sus seis años y teniendo dos hermanas con discapacidad no entendiera lo que ocurría. Seguramente había visitado escuelas de educación especial; tenía que haber presenciado alguno de los festivales navideños de sus hermanas; no creo que no estuviera familiarizado con las terapias físicas y de lenguaje a las que ellas asistían.

Sólo era un año menor que yo, y estaba tan ajeno a todo que, siendo honesta, ante su pregunta me sentí atolondrada. ¿En serio no había notado y aceptado las diferencias entre los otros niños y nuestras hermanas? ¿Nadie miraba con extrañeza a su familia como ocurría con la mía? Aunque su pregunta demostraba sólo su falta de malicia, para mí —con exigua paciencia desde entonces— el cuestionamiento era una prueba contundente de que mi coetáneo era algo mimado y bobalicón. No dejo de pensar que de seguir su ejemplo, de haber sido más inocente, quizá yo hubiera tenido una infancia más feliz.

Tengo otros recuerdos de aquel niño, y no todos me lo presentan de manera negativa. En un recoveco de mi memoria, lo vislumbro como un compañero de juego divertido y generoso. Me gusta evocar un recuerdo en específico: su casa, una mansión antigua, estaba llena de fuentes en las que en épocas de lluvia era posible encontrar curiosas ranitas miniatura. En una ocasión, él me regaló una lindísima ranita —la más bonita que he visto en toda mi vida— que terminó escapándose cuando nos dirigíamos a casa en el coche (un destartalado Volkswagen atlantic, de color gris o quizá azul, mi memoria es borrosa en ese punto). Me duró poco el gusto y lloré mucho la desaparición. Por cierto, según mi padre, la rana no había saltado al asfalto como habíamos creído, sino que se quedó en el carro. Una noche —nos contó— la vio observándolo encima de la manija para abrir la portezuela. Tras esa narración, guardé esperanzas de volver a encontrarme con aquella pobre que había sido arrancada de su fuente de ensueño, pero eso no ocurrió jamás.

El primer fragmento que he hilvanado, en el que recuerdo a aquel niño y su incómoda pregunta, marcó en cierta forma mi manera de entender la discapacidad. Aunque por fortuna la situación ha cambiado mucho desde los años ochenta, muy pronto comprendí que para ciertas personas las discapacidades son invisibles o ajenas a su existencia. A algunos las diferencias físicas les asombran, les causan entre fascinación y miedo, como si estuvieran ante un freak show. No exagero con esto último, a más de uno encontré viendo morbosamente, con la boca abierta incluso, a mi hermana o a otros niños “enfermitos”, el horrible calificativo con el que varios nombran a las personas con discapacidad. Cuando uno es joven, ese tipo de miradas no son en absoluto agradables, ¡las ganas que me daban de abofetear a esos indiscretos!

Disculpará el paciente lector que ocupe este espacio para hablar de una serie de recuerdos, pero es que todos estos fueron apareciendo conforme leía El cuerpo en que nací, novela autobiográfica de Guadalupe Nettel, historia que transcurre entre la ciudad de México, Chile, Aix en Provence, al sur de Francia, y la cárcel.

En una confesión ante una psicoanalista, la doctora Sazlavski, Nettel inicia el recuento de su infancia a partir de la descripción del defecto de su ojo derecho—un lunar blanco sobre la córnea, en pleno centro del iris— por el cual fue sometida a ejercicios y terapias. Varios de los correctivos visuales eran tortuosos para la protagonista, en especial aquel que la obligaba a llevar un parche sobre el ojo izquierdo:

         El parche era color carne y ocultaba desde la parte superior del párpado hasta el principio del pómulo. A primera vista, daba la impresión de que en lugar de globo ocular, sólo tenía una superficie lisa. Llevarlo me causaba una sensación opresiva y de injusticia. Era difícil aceptar que me lo pusieran cada mañana y que no había escondite o llanto que pudiera liberarme de aquel suplicio (…) Con ese parche yo debía ir a la escuela, reconocer a mi maestra y las formas de mis útiles escolares, volver a casa, comer y jugar durante una parte de la tarde (Nettel, 12).

Nettel describe con humor una infancia marcada también por la educación liberal de los años setenta, cuando algunas familias adoptaron—rebelándose a la conservadora generación anterior— ideas progresistas sobre educación, sexualidad, amor y poligamia. El cambio de paradigma adoptado por sus padres, llevó a la protagonista a ser testigo de estilos de vida que iban de lo poco convencional a lo estrafalario. A la par, Nettel advierte la importancia que tuvieron en su niñez las historias de los exiliados latinoamericanos que llegaron a México y las de los migrantes con los que se relacionó en Francia.

Aunque la presencia muda de la doctora Sazlavski puede parecer en un inicio un mecanismo forzado, ésta se va develando como un recurso literario que marca la naturaleza ficcional de la obra. El diálogo que Nettel entabla con la psiquiatra aclara que toda autobiografía, por más fiel y apegada a los hechos que sea, es no sólo un ejercicio de la memoria sino también de la imaginación.

A partir de su defecto visual, la protagonista reconoce su condición de outsider, la cual le permite observar el mundo desde una perspectiva que no ignora la desgracia ajena, la violencia, las frustraciones y la tragedia de los marginales:

Recuerdo una nena muy dulce que era paralítica, un enano, una rubia de labio leporino, un niño con leucemia que nos abandonó antes de terminar la primaria. Todos nosotros compartíamos la certeza de que no éramos iguales a los demás y de que conocíamos mejor esta vida que aquella horda de inocentes que, en su corta existencia, aún no habían enfrentado ninguna desgracia (14).

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Identificada con las cucarachas —capaces de sobrevivir los cambios climáticos, las sequías y las explosiones nucleares— y sus antepasados los trilobites, Nettel descubre que la supervivencia, como demuestran esos animales, no implica desconocer el sufrimiento, sino el saber superarlo. El camino para iniciar una configuración honesta de aquello que somos quizá inicia con abrazar, tras un largo periplo que empieza en la infancia, el cuerpo y la condición con los que se nació, como anuncia el epígrafe que inaugura la novela:

Yes, yes

that’s what

I wanted,

I always wanted,

to return

to the body

where I was born.

Allen Ginsberg, Song,

San José, 1954

Nettel, Guadalupe. El cuerpo en que nací. México: Anagrama, 2011.

Imagen: “Trilobite tracks at World Museum Liverpool”.

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