El satélite, la ceguera y la alimaña (Parte I)

Los amantes, MagritteAl hablar sobre la metáfora, Jorge Luis Borges apunta que si atendemos a la etimología de las palabras advertiremos que en su origen fueron metáforas, pues establecían una relación con la realidad que iba mucho más allá de lo referencial. Entre los ejemplos que ofrece se encuentra la palabra “considerar”, cuyo significado era “estar en relación con las estrellas”. Lo que ha quedado de esa palabra es la acción de “reflexionar con atención y detenimiento para formar una opinión sobre algo” (RAE), y lo que se ha perdido es ese vínculo con la disposición de los astros para hacernos de una opinión sobre las cosas.

Aunque la conferencia de Borges discurre sobre los tipos y modelos de metáfora en la literatura y, en general, se tiende a vincular esta figura con la poesía, lo cierto es que la metáfora no sólo se encuentra en el origen mismo de las palabras que utilizamos todos los días, sino que opera en un plano mucho más amplio, como una parte imprescindible del lenguaje cotidiano, en tanto que elemento vivo de múltiples posibilidades expresivas.

He escuchado decir que el ser humano se distingue de los demás seres por el empleo del lenguaje y por su modo de representar la realidad, ya que es “la única especie para la que el mundo parece estar compuesto de historias” (Manguel viajero 11). Según esto, el ser conscientes de que existimos nos ha llevado a reformular nuestra realidad a partir de la experiencia y de hacer de dicha experiencia una versión “editada” a través del lenguaje: crear historias. En este proceso de “edición” participan la memoria, la imaginación, los deseos, los temores, pero en especial un cierto modo de decir que es identificable por los demás, los otros que también somos nosotros mismos.

Alberto Manguel tiene una estupenda serie de ensayos (La ciudad de las palabras, Almadía 2010) donde, a partir de la lectura de algunos de los llamados textos clásicos, ofrece reflexiones en torno a los grandes cuestionamientos que de muchas maneras nos seguimos haciendo en este siglo XXI: “¿cómo nos ayudan las ficciones literarias a percibirnos a nosotros mismos y a los otros?, ¿cuál es la misión del narrador en el mundo actual?, ¿cómo determina, limita y amplía el lenguaje literario la forma en que imaginamos el mundo?, ¿es posible que la literatura nos cambie y cambie el mundo en que vivimos?”. Más que respuestas, Manguel reflexiona, ejemplifica, se sumerge en las profundidades de lo literario, entre ellas la del lenguaje, y dice: “Toda palabra exige el conocimiento del otro, de su capacidad de oír y comprender, de leer y descifrar un código común: ninguna sociedad existe sin una lengua compartida. El reverso del mito de Babel reconoce que vivir juntos supone utilizar el lenguaje para convivir, ya que es una función que exige tanto la conciencia de uno mismo como la conciencia del otro; exige entender que hay un yo que transmite la información para un tú […]” (Manguel ciudad 82).

Vista así, la puesta en común que es el lenguaje mediante el cual nos comunicamos y a partir del cual nos conformamos en sociedades, es también un cúmulo de metáforas compartidas que, en muchos sentidos, nos identifican y participan de la construcción de nuestras historias de vida. Pero la intervención de la metáfora va mucho más allá: según Lakoff y Johnson “la metáfora […], impregna la vida cotidiana, no solamente el lenguaje, sino también el pensamiento y la acción. Nuestro sistema conceptual ordinario, en términos del cual pensamos y actuamos, es fundamentalmente de naturaleza metafórica […] la manera en que pensamos, lo que experimentamos y lo que hacemos cada día también es en gran medida cosa de metáforas” (Lakoff y Johnson 39).

La noción más elemental de la metáfora es “entender y experimentar un tipo de cosa en términos de otra” (Lakoff y Johnson 41). Así pues, en la vida cotidiana, más que utilizar metáforas aisladas para cada asunto, tendemos a operar en un entramado de conceptos metafóricos de significación. Basta pensar en la red metafórica “El tiempo es dinero” y todos los sentidos que a diario empleamos a partir de ella: hacer perder el tiempo o gastar el tiempo en, ahorrar tiempo/horas, invertir el tiempo, no disponer de tiempo suficiente, etc. (Lakoff y Johnson 44).

En la vida cotidiana la presencia de la metáfora ha ocupado un lugar tan evidente que ya se le considera “muerta”, como vemos en el ejemplo anterior. Sin embargo, en la literatura es y sigue siendo una figura imprescindible y que, como auguraba Borges, ha continuado dando frutos maravillosos. Es, del mismo modo, una vía parar revivir las metáforas del día a día iluminándolas con nuevos matices.

(Continúa la próxima semana)

Imagen: “Los amantes”, 1928. René Magritte.

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. Arte poética. Seis conferencias. Barcelona: Crítica, 2001.

Lakoff, George y Mark Jhonson. Metáforas en la vida cotidiana. Madrid: Cátedra, 1991.

Langagne, Eduardo. Decíamos ayer… poesía 1980-2000. México: CONACULTA, 2004.

Manguel, Alberto. La ciudad de las palabras. Trad. Carmen Criado y el autor. Oaxaca: Almadía, 2010.

______________. El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora. Trad. Víctor Altamirano. México: FCE, 2014.

Murakami, Haruki. Sputnik, mi amor. Trad. Lourdes Porta y Junichi Matsuura. México: Tusquets, 2006.

Zambrano, María. El hombre y lo divino. México: FCE, 2012.

*Texto leído en el marco del FIC Maya 2015.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s