La tierra prometida de Seghers

Seghers en Altenhof, cerca del Werbellinsee. Fuente: http://www.anna-seghers.de/biographie_berlinlast.php
Seghers en Altenhof, cerca del Werbellinsee. Fuente: http://www.anna-seghers.de/biographie_berlinlast.php

Netty Radványi, mejor conocida como Anna Seghers, nació en Alemania en el año 1900, en el seno de una familia judía ortodoxa. Como el lector ya supondrá, la vida de esta escritora estuvo signada por varios acontecimientos históricos de hondo calado. Críticos como Santiago Sanjurjo han señalado que la figura de Seghers es “especialmente singular puesto que su periplo vital y su producción literaria han coincidido con las principales etapas de la literatura alemana del siglo XX” (2009: 315). Entre dichos acontecimientos se cuentan: la Gran Guerra, la República de Weimar, el ascenso del nazismo, la Segunda Guerra Mundial, el holocausto –la última noticia relativa a la madre de Seghers fue su traslado a un campo de concentración–, el inminente éxodo judío –Seghers se exilió en Suiza y en Francia antes de viajar a México, en donde vivó de 1941 a 1947–, la Guerra Fría, el establecimiento de la República Federal Alemana y la República Democrática Alemana –Seghers se unió a la RDA, cuya Asociación de Escritores presidió durante 26 años (1952-1978)–, y el levantamiento del Muro de Berlín, que ya no vio caer porque le sobrevino antes la muerte: falleció en 1983.

Seghers - La excusrión de las muchachas muertas Seghers publicó su primer relato en 1927, y al año siguiente, su primer libro, que le valió el Premio Kleist (1928). Desde entonces fue ganando notoriedad, y pronto alcanzó reconocimiento internacional por sus numerosas obras. Pero el renombre de Segher no ha bastado para darla a conocer entre los países hispanohablantes, y sólo de sus obras han sido traducidas al castellano: La revuelta de los pescadores de Santa Bárbara –su primer libro–, La séptima cruz –su novela más famosa, quizá porque fue llevada al cine por Fred Zinnemann en 1944–, la novela Tránsito y el libro de relatos La excursión de las muchachas muertas. Este último incluye tres relatos escritos y publicados en distintas fechas, aunque tienen en común la representación artística de la profunda crisis de las relaciones humanas generada por el nazismo: “La excursión de las muchachas muertas” (1943), “Cartas a la tierra prometida” (1945) y “El fin” (1948). Estos escritos fueron elaborados en los años más álgidos del nazismo, que coincidieron con el exilio de Seghers en México. Christiane Zehl explica:

When Seghers wrote these stories, which are among her best, she knew of the fate of her parents: Her father had died in 1940, after having been driven from his home and two days after he and his brother had been forced to “sell” the family business and property. Her mother, for whom a last-minute visa to Mexico had come too late, was deported on March 20, 1942 to the Piaski ghetto near Lublin in Poland without further record of life or death. Still, these stories —and Seghers’s essays from the time— do not advocate blanket condemnation of the Germans and Germany, but plead for a new beginning which would create an egalitarian, socially just society where racism would finally be eradicated.

Si bien “La excursión de las muchachas muertas”, relato que da título al libro, es considerada una de las mejores obras de Seghers y una obra maestra de la literatura alemana, en esta nota me gustaría comentar brevemente el segundo relato porque, a mi juicio, “Cartas a la tierra prometida” no desmerece frente al primero.

En su reseña del libro La excursión de las muchachas muertas, Sanjurjo lamenta la escasa recepción que la obra de Seghers ha tenido en los países hispanohablantes (2009: 315) y después anota:

La excursión de las muchachas muertas, en una excelente traducción de María Alonso que solventa con acierto las dificultades del estilo de nuestra autora, presenta tres magníficas narraciones que presentan otras tantas perspectivas sobre los momentos más duros de la historia europea del siglo XX: temas como los bombardeos aliados, las historias personales de la gente del pueblo y el destino judío son abordados de un modo que anuncia el tratamiento que les daría bastantes años más tarde W. G. Sebald (2009: 316).

Cartas a la tierra prometida da cuenta del destino de cuatro generaciones de una familia integrada por judíos de origen polaco, cuyo destino estuvo ligado a los principales acontecimientos bélicos europeos de la primera mitad del siglo XX. El foco de la narración son Nathan Levi y su hijo Jakob, quienes huyen de Polonia junto con Grünbaum (suegros de Nathan y abuelos maternos de Jakob) luego de que la población judía de la ciudad de “L.” fuera brutalmente masacrada en un pogromo perpetrado por los cosacos. Desde el inicio del relato llama la atención que la violencia de los hechos referidos contraste con el tono calmo de la narración. Así, por ejemplo, la muerte de la madre, el tío y el hermano del pequeño Jakob: “La joven señora Levi, la segunda hija de los Grünbaum, no había fallecido en el pogromo debido a las patadas o a los golpes, sino a consecuencia de un parto prematuro tras presenciar a través de un tragaluz el asesinato de su propio hermano, escondido en un sótano” (2007: 45). De este modo inició para los Levi y los Grünbaum el éxodo que los llevaría de Polonia a Austria, a la Silesia alemana y, por último, a París, en donde se establecieron con ayuda de Salomon Levi, hermano de Nathan.

El arribo a París supuso un cambio drástico para los Grünbaum, que eran judíos ortodoxos. No obstante, hasta cierto punto el cambio resultó reconfortante, sobre todo para la señora Grünbaum:

La buena mujer se quedó obnubilada ante la jungla urbana que era la ciudad, donde nadie miraba a los extranjeros con curiosidad ni desprecio. De hecho, por la calle se cruzó con extranjeros amarillos y negros, más extranjeros aún que ella, y a veces también con otros como ella. Pero nadie se metía con ellos y ellos no hacían ningún mal a la ciudad, del mismo modo que unas plantas raras tampoco harían mal a la selva. Allí, en el extremo más alejado de su mundo conocido, la señora Grünbaum se sentía casi tan a gusto como en casa (2007: 51).

Si para los Grünbaum aquél fue el extremo distal de su mundo conocido, y hasta llegaron a reproducir dentro de él su antigua ciudad –“la pequeña L. dentro de la ciudad desconocida–, para Jakob la experiencia parisina fue radicalmente distinta: París y el modo de vida europeo se convirtieron en su propio mundo. Nathan aprendió a hablar francés de manera fluida, pero su hijo “lo hablaba todavía mejor, aunque igualmente sabía palabras sueltas en ruso o en polaco, y también algo de Yiddish y hebreo” (2009: 53). Sin saberlo ellos, comenzaron a habitar mundos diferentes que, sin embargo, estaban unidos por lazos de amor y sangre.

Con los años, los Grünbaum fallecieron y Jakob se hizo hombre, a la vez que se hizo más y más ciudadano francés, al grado de que en 1914 se enroló en el ejército. “En esos momentos se debía en cuerpo y en alma, y no simplemente con el alma incierta e impalpable, al pueblo desde el que hacía tanto tiempo se sentía unido, aquel cuya lengua y cuyas ideas, desde la demolición de la Bastilla hasta el proceso Dreyfus, sentía como propias” (2009: 58). Nathan y Salomon permanecieron en París, aguardando el retorno de Jakob, que ocurrió tras el armisticio. Jakob entró a la universidad para convertirse en oculista.

Declaración de Balfour (1917). Fuente: Wikipedia.
Declaración de Balfour (1917). Fuente: Wikipedia.

Mientras Jakob estudiaba medicina, la existencia su padre se vio trastornada. “Por ese entonces Nathan Levi estaba solo, más de lo que lo que jamás había estado en toda su vida, ya que su existencia había transcurrido siempre en familia. Ya no se trataba solamente de su hijo: su hermano mayor lo había abandonado de forma repentina” (2009: 59). Salomon se había marchado a la tierra prometida animado por las declaraciones de Arthur James Balfour, el Ministro de Asuntos Exteriores del gobierno británico, quien manifestaba que Inglaterra estaba dispuesta a apoyar la creación de un estado judío en la llamada Tierra de Israel –recordemos que Palestina quedó en manos inglesas y francesas tras la Gran Guerra–. Pero, a poco de haber iniciado su viaje, Salomon falleció en un hospital de Haifa. Nathan también había soñado con sus propios ojos la tierra prometida, deseo que había abrigado desde pequeño, y que ahora comenzaba a despuntar de nuevo.

A partir de entonces, las vidas del padre y del hijo marcharían en sentidos opuestos: la del hijo hacia el futuro, y la del padre, hacia el pasado. Jakob se titula de oculista, monta su negocio y comienza a cosechar éxito profesional, al tiempo que su vida personal dio un giro: en la Sorbona se enamoró de la hija de Löb Misrky, vecino de la familia, a quien en el relato nunca se llama por su nombre, sino apenas la “joven esposa” de Jakob. Cuando Nathan se convierte en abuelo, consideró que su tarea de preservar el linaje estaba cumplida, así que decidió marchar a Palestina, la tierra de sus antepasados, en donde esperaría tranquilamente su muerte. Pero la vida tenía otros planes.

Al llegar a su destino, Nathan se instaló en un hogar de ancianos. “Al principio apenas pensaba en la vida que había abandonado. Al principio ni siquiera añoraba a su hijo ni a su nieto” (2009: 65). En cambio, solía pasar horas evocando recuerdos, sobre el rostro de su amada esposa, ese mismo rostro que Jakob era incapaz recordar. Con la partida de Natha inició entre él su hijo una relación epistolar que terminaría por volverse la gran protagonista del relato, ya que no sólo uniría al padre y al hijo, pese a la distancia y la muerte, sino también a personas en torno a ellos: la esposa de Jakob, amigos de la familia y a varios los ancianos del asilo de Nathan, que se habían acostumbrado a esperar junto con él las cartas desde París. En buena medida, éstas fueron las responsables de que, contrario a lo esperado, Nathan dejara de fijarse en el pasado y comenzara a estar más pendiente del presente y el futuro de su familia.

Pensaba cada vez menos en los muertos a los que amaba y cada vez más en los vivos a los que también quería. Escribía preocupado a su hijo, el doctor Levi de París, y aguardaba con impaciencia la respuesta. Se sentía más tranquilo durante una temporada cuando en las cartas leía con alivio que la familia que había dejado en casa se encontraba bien. Sin embargo, antes de su parida siempre había pensado en el país donde se encontraba ahora como su “casa” (2009: 66).

El relato sufre aquí un giro conmovedor e inesperado: presintiendo la inminencia de su propia muerte, el doctor Levi invierte sus últimas fuerzas escribiendo un generoso fajo de cartas dirigidas a su padre, y se las entrega a su esposa, quien tras la muerte de Jakob se encargará de enviarlas puntualmente a su destino. #Cuando, retorciéndose de dolor, él se forzaba a escribir, ella le preguntaba sonriendo, como si así pretendiera desterrar de su mente lo ineludible, cómo era capaz de relatar lo que sucedería en el futuro. Su marido le respondió que había muchas cosas sobre las que se podía hablar y que nada en el mundo haría cambiar” (2009: 69). Tras la invasión nazi a Francia, madre e hijo abandonan París con la vaga intención de llegar a Argel, adonde sólo llega la última de Jakob, que su esposa había puesto en manos de unos amigos franceses, a quienes había pedido con vehemencia que la remitieran desde África.

En una de sus cartas, Jakob le escribió al padre: “A menudo siento miedo cuando los pacientes me insisten en que les diga toda la verdad. Ellos dicen `toda la verdad´, pero en realidad lo que quieren decir es `esperanza´” (2009: 76). Nathan jamás se enteró del fallecimiento de su hijo, y tampoco de la funeste suerte de su nuera y su nieto, deportados a un campo de concentración. A poco de recibir la última carta de puño y letra de Jakob, Nathan muere en una apacible escena que transforma el asilo de ancianos en Palestina en la sinagoga del barrio parisino de St. Paul.

Algunos comentaristas y críticos han señalado con razón que “el final, marcado por el Holocausto o por la vejez deja poco lugar para la esperanza, de la que la tierra prometida es símbolo” (Sanjurjo 2009: 314-315). Pero creo que hay otra dimensión en donde se manifiesta la esperanza, y que suele pasarse por alto: el epistolario de Nathan y Jakob no sólo logró unirlos a ambos a través de la distancia y el tiempo, sino que de algún modo también creó un tenue lazo entre la viuda de Jakob y sus amigos franceses –remitentes delegados, quienes incluso falsifican una misiva con tal de no romper la cadena de cartas– y los ancianos del asilo –destinatarios circunstanciales, quienes terminan recibiendo la carta falsa–. En mi opinión, lo valioso de esta comunicación entre dos muertos fue la espontánea cadena de solidaridad que, en tiempos de una de las peores tragedias de la humanidad, fraguó entre los vivos. “Cartas a la tierra prometida” es un relato hermoso y terrible que reconstruye el trayecto que lleva a la desaparición de cuatro generaciones de una familia judía; un relato que no lanzar reproches directos ni se detiene en la ruindad humana, sino que pone el énfasis en las relaciones humanas, en los vínculos de amor, amistad y solidaridad que siempre se abren camino, a pesar de la muerte y a pesar de la guerra.

 

Bibliografía


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s