El satélite, la ceguera y la alimaña (Parte II)

satélites marinos, marisa herzloEn la vida cotidiana la presencia de la metáfora ha ocupado un lugar tan evidente que ya se le considera “muerta”. Sin embargo, en la literatura es y sigue siendo una figura imprescindible y que, como auguraba Borges, ha continuado dando frutos maravillosos. Es, del mismo modo, una vía parar revivir las metáforas del día a día iluminándolas con nuevos matices.

En la poesía, la metáfora aislada deslumbra, se vuelve imagen vívida y memorable. Por ejemplo, en el siguiente poema de Eduardo Langagne, “Consecuencias”, tenemos una imagen donde el recuerdo empieza como una huella y termina rayando en algo insólito: “El recuerdo es una huella complicada./ Se persigue en círculos./ Enloquece como un hombre en llamas” (27). Por experiencia sabemos que a veces así son los recuerdos de indelebles, obstinados y delirantes.

Está también la metáfora construida, por ejemplo, a lo largo de un texto más o menos breve en el cual vamos advirtiendo características que nos ofrecen una visión completa de aquella cosa. Por ejemplo, el “Tindarapo” de Jorge Esquinca:

Hay zonas de mi cuerpo que nunca visito. En sus alrededores el aire es un sofoco de manglares, un acecho de zancudos sobre el pentagrama del insomnio. En estas regiones habita el tindarapo: se alimenta con la cercanía del mar, medra con la falta de brisa. Nadie mejor que esta alimaña encarna mi porción oscura de universo, mi bancarrota estelar, mi naufragio en vaso de agua. Inútil tapiar las ventanas, administrar botadores a las puertas –el tindarapo está dentro. Pulsa en mi cuerpo su constelación repulsiva: llena un fuelle con el aire que me falta y sus tenazas de cangrejo zodiacal oprimen mi sexo como la mano de Dios a sus rebaños.

Hay zonas de mi cuerpo: tercas barrancas, ciénagas, leprosarios que nunca visito. Pero el tindarapo cruje, avanza sigiloso, teje la sombra cotidiana. A veces digo que lo vi y está en tus ojos (259).

A partir de esta acumulación de bichos y regiones recónditas, húmedas, hostiles, se va creando la gran metáfora de la poderosa alimaña que es el Tindarapo y que bien podemos vincular con lo más oscuro de nuestras pasiones, pulsiones y deseos.

Más allá de la figura retórica aislada, encuentro otras grandes metáforas construidas como si fueron personajes a lo largo de textos más amplios. Pienso en “Los ciegos”, un breve pero contundente encuentro entre Edipo y Tiresias recreado por Cesare Pavese en sus Diálogos con Leucó. Edipo aún desconoce la naturaleza de las relaciones que habrán de llevarlo a sacarse los ojos y al exilio. Tiresias, el anciano ciego, se muestra indulgente ante un Edipo demasiado joven, demasiado ingenuo. Los cuestionamientos de Edipo y las respuestas de Tiresias se convierten hacia el final en un diálogo de ciegos:

Tiresias: Todos le rogamos a algún dios, pero lo que sucede no tiene nombre. El niño que se ahoga, una mañana de verano, ¿qué sabe de los dioses? ¿De qué le sirve suplicar? Hay una gran serpiente en cada día de la vida, y se oculta, y nos mira. ¿Alguna vez te preguntaste, Edipo, por qué los desdichados se vuelven ciegos cuando envejecen?

Edipo: Ruego a los dioses que a mí no me suceda. (25)

A lo largo de este encuentro, la serpiente representa el misterio, lo recóndito, lo inexplicable; y la ceguera de ambos personajes se vincula con dos facetas opuestas en la vida de los hombres: la soberbia del que desconoce la verdad y la lucidez deslumbrante de quien tiene una vasta experiencia habiendo percibido con la mirada tan pocas cosas.

Aún en las novelas es posible encontrar grandes metáforas. Pienso en Sputnik, mi amor de Haruki Murakami donde el nombre del Sputnik, en ruso compañero de viaje”, se convierte en el sobrenombre de la mujer amada y, al final de la novela, una síntesis de la vida humana: somos eso, satélites flotando en medio del espacio que en algún momento coinciden y se hacen compañeros de viaje, aunque sea sólo para despedirse y continuar ese trayecto en soledad.

Sobre las metáforas se podría decir mucho, pero creo que estos pocos ejemplos dan cuenta de sus muchas posibilidades. Cuando una ha elegido para la vida el oficio de leer, escribir y a hablar sobre literatura todos los días, es común enfrentarse con cierta regularidad a las interrogantes citadas: “¿cómo determina, limita y amplía el lenguaje literario la forma en que imaginamos el mundo?, ¿es posible que la literatura nos cambie y cambie el mundo en que vivimos?”, ¿para qué hacer esto que hacemos y por qué estar aquí? Puesto que las respuestas definitivas siempre me generan sospecha, me aventuraré por el camino de lo provisional (de lo que creo en este momento) y, sobre todo, por la vía de quienes han sabido transitarlo mejor que yo. Entre sus reflexiones, Manguel desliza una idea que me parece fundamental: “Las palabras nos conciben, es decir, que no sólo expresan sino que crean el pensamiento” (Manguel ciudad 91) y en ese proceso de creación de nosotros mismos la literatura juega un papel imprescindible, pues nos habla, sí, de la belleza (la del lenguaje y la del mundo), de los muchos modos de decirnos, de entendernos, de mirarnos. Pero también, y creo que esto es lo más importante, en la doble virtud del lenguaje literario (creación y transmisión), tiene lugar un modo de resignificarnos, de relacionarnos con el presente y con nuestro pasado, de aventurarnos a través de la imaginación por lo que podríamos llegar a ser. ¿Para qué? Para salvarnos creo yo, para sobrevivir sabiendo que tal vez sólo somos compañeros de viaje en esta vida y estar en paz con eso, para intentar comprender mejor a esa alimaña terrible que todos llevamos dentro, para evitar en la medida de lo posible nuestra ceguera, para contarnos nuestra historia y recordar, pues como bien apunta María Zambrano: “el que no sabe lo que le pasa, hace memoria para salvar la interrupción de su cuento, pues no es enteramente desdichado el que puede contarse a sí mismo su propia historia” ( )

Bibliografía

Borges, Jorge Luis. Arte poética. Seis conferencias. Barcelona: Crítica, 2001.

Lakoff, George y Mark Jhonson. Metáforas en la vida cotidiana. Madrid: Cátedra, 1991.

Langagne, Eduardo. Decíamos ayer… poesía 1980-2000. México: CONACULTA, 2004.

Manguel, Alberto. La ciudad de las palabras. Trad. Carmen Criado y el autor. Oaxaca: Almadía, 2010.

______________. El viajero, la torre y la larva. El lector como metáfora. Trad. Víctor Altamirano. México: FCE, 2014.

Murakami, Haruki. Sputnik, mi amor. Trad. Lourdes Porta y Junichi Matsuura. México: Tusquets, 2006.

Zambrano, María. El hombre y lo divino. México: FCE, 2012.

Imagen: “Satélites marinos”, Marisa Herzlo. http://marisaherzlo.artelista.com/


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