Del otro lado del tapiz

navelocos2El tapiz de la creación, ubicado en la catedral de Gerona y tejido en el siglo XI o XII, representa el Génesis: la creación del mundo, de las cosas del mundo, del hombre y de la mujer, según la tradición judeocristiana. El centro de este tapiz lo ocupa el Pantocrátor, el creador y ordenador en torno al cual giran armoniosamente las creaturas. La disposición de los elementos en torno al Pantocrátor representa la concepción de “un mundo perfectamente concéntrico y ordenado. Pero cualquier armonía supone la destrucción de los elementos reales que se le oponen, por eso es casi siempre simbólico” (20).

A partir de una descripción minuciosa del tapiz de Gerona, Cristina Peri Rossi nos invita a embarcarnos en una travesía a bordo de La nave de los locos (Barcelona, 1984), no para asistir a la creación armónica del mundo, sino para contrastar la simbólica perfección expresada en el tapiz con el fascinante caos sintomático de las cosas reales en las últimas décadas del siglo XX.

Los fragmentos del tapiz se van intercalando con los sucesivos viajes, encuentros y desencuentros del personaje llamado Equis, para quien los nombres son “irrelevantes, igual que el sexo, aunque en ambos casos, hay gente que se esfuerza por merecerlos” (25). En Equis hay pues una suerte de anonimato que reside en contener en sí una multiplicidad de posibilidades de ser sin comprometerse del todo con ninguna. De este modo, Equis se dibuja ambiguamente como un personaje sin grandes atributos ni considerables defectos, como un perpetuo viajero cuya condición de exilio se ha vuelto patria y para quien el ser extranjero es el modo más natural y genuino de vivir. Tal vez sea esta la condición que ha hecho de Equis un ser sensible, empático, nostálgico, lleno de vitalidad a pesar de todo, amante de la belleza, solidario, espontáneo, y por supuesto, excesivamente lúcido y consciente de la terrible hermosura del mundo y de sus espeluznantes miserias.

El anonimato de Equis no es privativo del personaje, pues de la misma forma se presentan los lugares y los tiempos por los que transcurre su viaje. Realmente no importa en qué ciudades se encuentra Equis, lo importante es lo otro, los otros con los que coincide en el camino, el momento de vida compartido, el objeto que de pronto encuentra su significado y paulatinamente lo va perdiendo para reincorporarse de nuevo al flujo de la vida una vez que Equis lo haya soltado. Visto así, el viaje en La nave de los locos no apunta a ningún destino particular, más bien se erige como viaje en sí y suficiente por sí mismo; el aprendizaje consiste en un saber estar en cualquier tiempo y cualquier espacio, y en poder comprender por lo menos de algún modo a los compañeros de viaje siempre provisionales.

El sitio al que invariablemente vuelve Equis –las más de las veces de manera involuntaria- es al de sus sueños: espacio lúdico, lleno de misterios y fantasías, donde es posible el regreso a la infancia, el encuentro con mujeres irreales, la contemplación de paisajes donde todo funciona al revés. El sueño se ve matizado también por el recuerdo, expresado como experiencia vital y a veces, muchas veces, vinculado con el amor.

La “locura” se va perfilando desde Equis como una vivencia plena del instante, atravesada en ocasiones por ciertas estampas del pasado, pero nunca aprisionada en la angustia que genera pensar en el futuro. Los personajes con los que coincide Equis (Vercingetórix, Graciela, Morris, Lucía, e indirectamente, Percival, Eva) comparten esta misma condición de extranjería, vida nómada, libertad y locura. Para ellos no existe más la prisión implícita en los nombres, las edades, el sexo, la nacionalidad, el idioma, las convenciones de pareja y las sociales; simplemente se dedican a vivir, aunque esa vida en libertad conlleve la marginación.

En La nave de los locos resuenan múltiples ecos de obras literarias y obras de arte, de reflexiones filosóficas y episodios históricos que han modificado nuestro modo de ver y relacionarnos con el mundo, así como nuestra capacidad para el asombro; baste mencionar las llamadas veladas a la obra de Michel Foucault en la Historia de la locura y a las atrocidades de las dictaduras latinoamericanas y los campos de concentración en la Alemania Nazi. Este mosaico de referencias también se nutre con las muchas tradiciones que la novela incorpora para sí, pues lo mismo incluye bitácoras de viaje que poemas, notas a pie de página que descripciones minuciosas, diálogos que cartas, fragmentos de libros inéditos, notas de diario, etc. Leer La nave de los locos es leer también los fragmentos de este mundo y el estado caótico al que ha llegado en el siglo XX, un siglo de guerras, genocidios, recrudecimiento de los nacionalismos y las fronteras, y que, después de todo, se sigue organizando por sociedades dedicadas a mirarse el ombligo, según nos comenta el personaje Morris en su viaje a la metrópoli:

La principal ocupación de los habitantes de la ciudad consiste en mirarse el ombligo. Ellos no se dan cuenta, porque sumergidos en uno de los pliegues más recónditos, que se ramifica en dos, y tiene, además, algunas rugosidades, han olvidado por completo que se encuentran en las profundidades de un ombligo, y no en el mundo (119).

A pesar del gran desaliento que deriva de la descripción de esta sociedad donde todos se dedican a mirarse el ombligo, hacia los últimos apartados de la novela se empiezan a revelar las claves de este viaje y del enigma que ha agobiado a Equis desde el principio, y en el cual hay implícito un pequeño dejo de esperanza. El inicio de la revelación tiene lugar con Percival, un niño profundamente afectado porque alguien ha empezado a matar a los patos de un lago arrojándoles pan envenenado. Percival asume que su misión es evitar que los patos sigan comiendo ese pan y la explicación que da a Morris (hombre treintañero que por causalidad pasaba por el parque luego de su visita y descripción de la metrópoli) al respecto es sencillamente reveladora:

Voy a quedarme con los patos –afirmó-. Ellos están solos. Nadie los cuida de noche. Ellos no molestan a nadie. Viven. Sencillamente: viven. Hasta que aparece un cretino lleno de bolas de pan envenenadas, monta guardia junto al lago y cuando nadie lo ve se las lanza. Y ellos comen porque nadie les ha dicho lo contrario; es una regla que cumplen desde el principio, comen porque así debe ser y no comprenden cómo un acto natural puede ser de pronto subvertido. Y sé muy bien qué quiere decir esa palabra.

Los humanos, lo mismo que los patos, han vivido y han hecho lo que les resulta natural, hasta que alguna cretina convención social, idea, ley, religión o imposición viene a subvertir ese orden. Los locos de esta novela son entonces aquellos personajes que continúan viviendo en la lógica de lo natural y quienes han sido marginados por ello, son eternos extranjeros de cualquier patria, de cualquier sociedad, de cualquier lógica humana y absurda y para quienes el infierno es no poder amar.

Lo locura expuesta así, termina de completarse gracias a la resolución del enigma que se le ha presentado a Equis en sueños y que no lo deja en paz hasta reencontrarse con una mujer para él excepcional, Lucía. El enigma es: “¿Cuál es el mayor tributo, el homenaje que un hombre puede ofrecer a la mujer que ama?” y la respuesta viene dada hacia el final de la novela, luego de una escena por demás peculiar entre sendas versiones de Marlene Dietrich y Dolores del Río. La respuesta es su virilidad, pues al entregarla, una vez más se anulan los opuestos, las imposiciones, los roles, las pautas que muchas veces entorpecen la relación amorosa. Aunque se erija como una clave hacia el final del texto, la resolución del enigma es tan sólo una parte más de la imagen completa, del otro lado del tapiz que nada tiene que ver con el orden armonioso del Pantocrátor, sino que aventura una suerte de utopía en la que, como los patos de Percival y como los locos de esta novela, podamos ser un poco más libres.

 

Cristina Peri Rossi, La nave de los locos. Barcelona: Seix Barral, 1984.

Imagen: “La nave de los locos”, El Bosco.


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