El viaje y el mar

Foto0637Cada vez que me embarco en la infructuosa empresa de resolver el misterio de la memoria, vienen a mí, sin falta, las palabras de Joyce Carol Oates:

Memory. That place we invent where

what never happened in quite that way

keeps happening. Keeps

happening. (120)

A veces los versos se repiten como una maldición; otras, como el leve arrullo de un oleaje cercano e invisible. Así es el juego de la memoria, un vaivén que horada con su salitre el presente de por sí titubeante, aunque al mismo tiempo también pueda ser apacible contemplación del infinito.

Este ir y venir del presente al pasado es el que magistralmente describe Salvador Novo en Return ticket (1927-1928). El entonces “Joven Novo” (tendría entre 23 y 24 años) nos coloca desde el principio en el más franco tono de la crónica literaria directa, sencilla, descriptiva, pero no por eso menos entrañable, pues leer las primeras líneas implica quedarse atrapado entre la confesión y la complicidad:

Tengo veintitrés años y no conozco el mar. He pasado toda mi vida en tres o cuatro ciudades sin importancia, llevado y traído por mis padres hasta que él, a quien no vi morir, me dejó aquí, en México, en donde yo debí estudiar para médico. Hay después en mi existencia la nada interesante laguna del esfuerzo propio tímido, inseguro. Aquellos versos de los once años me llevaron a la tipografía, de que vine a vivir, y a la literatura, que enseño en escuelas y colecciono en grandes estantes. Confieso que tengo más libros que tiempo que dedicar a su lectura, por rápidamente que lea. Pero acaso algún día… (3).

El viaje, como casi siempre, es el pretexto para la revelación de una intimidad que se va forjando a través del recuerdo de aquellos momentos determinantes en la vida. A veces son detalles, nimiedades del cotidiano que por sí solos no dicen nada pero que, vistos a la distancia y en conjunto, nos muestran la imagen completa de lo que hemos llegado a ser. Así se encuentra el joven Novo consigo mismo, con su infancia y sus años de escuela, con la mudanza a una ciudad ajena a la que ahora vuelve y reconoce algo suya; con los descubrimientos de su sexualidad, con sus mañas y vicios y el afortunado hallazgo de su capacidad para reconocer a los otros y amarlos:

Unido a estos recuerdos está el de mi jubiloso descubrimiento de una infinita capacidad de amar en mí; la admiración, la curiosidad por las otras vidas humanas y el reconocimiento en ellas de cualidades y realizaciones que no me sería dable alcanzar, pero que yo no envidiaba y que no me llenaban de amargura, sino de un voluptuoso deseo de contribuir a realizar con mi sacrificio. Anhelaba ser verdaderamente uno de aquellos chicos descalzos y sucios con quienes prefería jugar en la calle, abandonando mi linterna mágica o mi ferrocarril, y cuando entraba en la choza en que dormían pausada y febrilmente los hijos de la vieja cocinera, sobre la tierra dura y seca, los contemplaba durante largos instantes y los cubría sin ruido, y me alejaba lleno de emoción. (8)

Pero el viaje no es sólo conocimiento hacia el pasado, sino también contraste con el presente, pues una vez abandonado el territorio nacional, los episodios de infancia y adolescencia se desvanecen para descubrir con emoción y avidez todo lo que el otro país tiene para ofrecer. El tránsito de Novo por Los Ángeles, San Francisco y, su destino final, Hawai, estarán llenos de esas otras grandes cualidades del autor para la crónica: la intuición aguda para dosificar la información hasta hacernos sentir que viajamos con él y, desde luego, un exquisito sentido del humor. Lo que antes nos resultaba entrañable por estar ubicado en esa trepidante etapa de la vida que es la infancia, ahora nos lleva de la mano por la curiosidad, el asombro y la agitación de conocer nuevos lugares. La narración que había empezado con la confesión del desconocimiento del mar, llega a su clímax en la costa de San Francisco:

Océano, no retiro una sola de las palabras que te he dicho. Te las mereces todas y estoy seguro de que agradeces y lees a menudo mi poema. Me ha conmovido tu prisa por fregar los escalones de tu casa cuando supiste que venía y la infantil manera con que te adelantaste a saludarme, sin tiempo para secarte las manos. Todas tus olas ínfimas se pusieron a comentarme en secreto y te aseguro que he sonreído a todos los grupos de aquellas que educaste tan bien para que me recibieran hoy alineadas, en un perfecto desfile majestuoso y lento. A mis pies, tus olas oficiales me dijeron discursos elocuentes, moviendo los brazos. Y me mostraste todo lo que tenías. ¡Ya pronto, pronto! No te empeñes en alisar para mí tu antiguo tapete. Así está bien. El cielo debería seguir tu ejemplo. Pero a él le gusta el bluff y la omnipresencia y tolera las nubes fofas y no se ha arrugado, porque no es grande ni ha vivido como tú y yo, que sólo permitimos los continentes a nuestro lado. (31)

El viaje continúa hasta Hawai en una embarcación donde los pasajeros se convierten, sin querer, en una peculiar familia provisional y concluye con las respectivas despedidas cuando el joven Novo arroja sus collares hawaianos “sobre el jade inmóvil del mar” (88). El boleto de regreso se ha hecho efectivo, pero el narrador deja la historia suspensa muy cinematográficamente en esta última escena. Sin embargo, los personajes, los recuerdos, las comidas, los paisajes, las conversaciones, ahora conocidos todos a través de la crónica del viajero, permanecen palpitando en nosotros tan vivos como hace casi noventa años y tal vez continúen sucediendo en la memoria por un tiempo indefinido.

 

Novo, Salvador. Return ticket. México: UNAM. Relato Licenciado Vidriera, 2004.


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