Breve nota sobre el objeto de estudio del crítico literario

Quizá sólo un puñado de académicos se atrevería a poner en tela de juicio que la categoría analítica más importante para quienes nos dedicamos al estudio de la literatura sea el lenguaje. Hoy se asume que la literatura es, ante todo, el resultado de un trabajo especial con el lenguaje, que se pule y se embellece. Sin embargo, no se trata de una apreciación atribuible exclusivamente a nuestro tiempo, si bien es cierto que en el siglo XX el formalismo ruso y sus herederos contribuyeron de manera muy significativa a reforzarla.

Como es bien sabido, ha habido numerosos esfuerzos académicos encaminados a fundar una “ciencia literaria”, que ha elegido al lenguaje como su objeto de estudio. La inoperancia de esta elección ha sido señalada por Mijaíl Batín, entre otros críticos y teóricos de la literatura. Bajtín recurre a un paralelismo con la escultura y, en menor medida, con la música para explicar su punto:

Cuando un escultor labra el mármol, trata el mármol, sin duda alguna, en su determinación física; pero la actividad artística del creador, desde un punto de vista valorativo, no se dirige hacia el mármol, ni se refiere a la forma que el artista realiza; aunque la obra no puede ser concebida sin el mármol, tampoco, de hecho, puede ser realizada sin el cincel, que en ningún caso entra ya como elemento del objeto artístico; la forma escultural creada es una forma con la significación estética de hombre y su cuerpo: la intención de la creación y de la contemplación va en esa dirección; pero la actitud del artista, y la del observador, tiene frente al mármol, considerado como cuerpo físico concreto, un carácter secundario, derivado, dirigido por una actitud en cierto modo primaria hacia los valores objetuales; en el caso dado, hacia el valor del cuerpo humano, del hombre físico.

Lógicamente, es dudoso que alguien vaya a aplicar seriamente al mármol los principios de la estética material tan consecuentemente como en nuestro ejemplo (por lo demás, el mármol –como material– tiene una significación más específica, más limitada que la de costumbre se atribuye al término «material» en la estética material). Pero, en principio, la situación tampoco es distinta cuando en lugar del mármol se toma en consideración el sonido (en acústica) o la palabra (en lingüística); simplemente, la situación se vuelve algo más complicada, pero no tan evidentemente absurda a simple vista (especialmente cuando el material es la palabra, objeto de una disciplina humanística: la lingüística (Bajtín 21).

Ni el mármol (madera, yeso, etc.) ni la imagen sonora en sí son el objeto de estudio de los críticos de arte escultórico o musical, aunque es más que evidente que sin mármol ni imagen acústica serían imposibles la escultura y la música. Lo importante es advertir que la forma artística no puede ser aprehendida atendiendo sólo al aspecto material del arte, porque carece del elemento valorativo que hace que el arte sea arte. Considere por un momento el estimado lector o estimada lectora lo que ocurriría si para valorar la forma artística de una obra como la “Piedad” del Vaticano, de Miguel Ángel, apeláramos a la composición del mármol: un absurdo.

LA-PIEDAD-frontal

En términos generales, vale decir que las dos grandes líneas del pensamiento literario son la concepción retórica o retoricista y la culturalista. La primera hunde sus raíces en la Antigüedad y se explaya en el Humanismo. A partir de la Modernidad, hacia 1800 ―año central para los debates sobre estética–, se impone la concepción ideológica o culturalista, fundada en el paradigma del individualismo. A ambas se les puede objetar el haber excluido de su horizonte de preocupaciones el problema de la estética, o el haber reducido ésta a un fenómeno individual, es decir, a un fenómeno asocial y ahistórico. Es objeción porque una teoría literaria sin dimensión histórico-social es incapaz de llevarnos demasiado lejos: se queda en las lindes de lo coetáneo, lo subjetivo y lo circunstancial. Claro que también ha habido notables excepciones que, distanciándose de dichas líneas de pensamiento, conforman una tercera línea, que constituye una valiosa crítica a las otras dos. Contrario a lo que podría creerse, esa última línea no la integran sólo autores contemporáneos: Giraldi Cinthio, Schlegel, Novalis, Lukács, Wellek, Croce, etc. Es de lamentar que esta línea haya recibido menos atención por parte de la academia, en donde todavía campean las concepciones retoricista y culturalista.

Como se observa a todas luces en la cita de Bajtín, la lingüística es una herramienta ineludible para el estudioso de la literatura, pero resulta incapaz de dar cuenta de la forma artística, que se vale del lenguaje sin reducirse a él. Para ello necesitamos recurrir a herramientas más específicas y apropiadas. Es nuestra tarea, creo, ayudar a la fundamentación de la estética literaria. Semejante labor -como he dicho en otras entradas de este blog- no es fácil, aunque sin duda será provechosa y gratificante.

 

 

Bibliografía

 

Bajtín, Mijaíl. Teoría y estética de la novela. Trabajos de investigación. Trad. Helena S. Kriúova y Vicente Cazcarra. Madrid: Taurus, 1989.


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