Juego de máscaras

dorothy porterEs frecuente escuchar la sentencia bíblica de que nada hay nuevo bajo el sol, en especial cuando nos referimos a la literatura contemporánea, a sus estrategias y argumentos. Quizá algo de cierto haya en esto, sin embargo, lo que siempre habrá de novedoso son las perspectivas, las particulares formas de mirar lo de siempre pero con ojos nuevos.

La máscara del mono de la escritora australiana Dorothy Porter (1954-2008) tiene mucho de lo anterior. Su novedad reside en establecer un juego de perspectivas en el que la forma más tradicional de la novela detectivesca se ve renovada. El título surge de unos significativos versos de Basho:

Año tras año

Sobre la cara del mono

Una máscara de mono.

Título que además se complementa con un epígrafe de Aristófanes: “¿Para qué sirve un poeta? Para salvar la Ciudad, por supuesto”. Lo que a continuación leemos cuenta con los elementos básicos para urdir una intriga detectivesca: hay un asesinato que resolver, algunas pistas misteriosas y un personaje desde cuya perspectiva nos van dosificando los avances en la investigación y, por lo tanto, marcando el ritmo del suspenso.

Lo fascinante en Porter no reside en el entramado de estos elementos, pues vistos así, nada tienen de novedosos. El cambio de perspectiva está en que las casi 300 páginas de la novela están escritas en verso, en que cada capítulo se compone de una serie de poemas que bien pueden leerse de manera independiente y en que, de esta manera, la autora logra expresar unos cuantos rasgos significativos de sus personajes para dejarnos con una suerte de sucesión de imágenes que conforman el rompecabezas completo. Es como si Porter hubiera filtrado la novela detectivesca hasta dejarla en lo mínimo indispensable.

Como suele suceder en este tipo de novelas, la historia fluye desde el investigador, sólo que en este caso de trata de una mujer, Jill Fitzpatrick, agente de seguros e investigadora privada, abiertamente homosexual, cuyo aspecto de “butch” la llevará a generar diversas reacciones en los demás personajes y que, desde luego, repercuten en el desarrollo de la intriga. Aunque por momentos la figura de Jill pareciera a punto de caer en el estereotipo, siempre la salva la intervención de otras facetas que la hacen más compleja de lo que aparenta. Por ejemplo, en el capítulo titulado “Versos y Cristo”, encontramos un poema (“Témeme”) que matiza al personaje cuando se encuentra en peligro:

en la corteza

soy violenta

en el fondo de todo

soy violenta

en las yemas de mis dedos

soy violenta

en las glándulas de mis pechos

soy violenta

en el escudo del útero

soy violenta

en mi vientre salvaje

soy violenta

témeme témeme témeme

soy hembra. (188)

Poema que dialoga con uno incluido en las primeras páginas cuando apenas estamos conociendo al personaje y que se titula “Soy hembra”:

No soy dura,

ocurrente ni estoica.

 

Me quedo mustia

después del vino, el sexo

y las conversaciones intensas.

 

Cuando se quedan vacías las calles

se enroscan a mi cuerpo.

Soy hembra.

Me asusto. (22)

A través del personaje de Jill atestiguamos las varias facetas de la mujer absorbida por un ambiente y un trabajo en los que no termina de encajar, al mismo tiempo que la vemos flaquear en la duda, el amor, el deseo y por sus propias intuiciones.

La poesía está aquí dispuesta para sintetizar con fuerza estos rasgos de los personajes y la historia, sin embargo y por fortuna, no se queda sólo en eso. La investigación sobre la violación y asesinato de la joven Mickey Norris irá sacando a luz los nombres de algunos poetas, así como ciertas tensiones en el seno del círculo local de escritores y sus tratos con las jovencitas interesadas en escribir poesía. Poco a poco y muy a su pesar, Jill se verá envuelta en tertulias, conferencias y lecturas de poesía, donde más que el hecho poético, destacan las máscaras con las que cada escritor parece querer ocultar información sobre el fatal destino de Mickey.

Al final de las intrigas, tensiones, amenazas, traiciones, asesinatos y desamores, La máscara del mono se mira como la perpetua imagen del engaño y la hipocresía en la que nos movemos a diario frente a los demás. En esta imagen está implícito también un conflicto ético para la protagonista, pues tiene más peso que la resolución de un crimen, el continuar viviendo después de todo.

 

Porter Dorothy. La máscara del mono. Trad. y prólogo Enrique de Hériz. Barcelona: La otra orilla, 2011.


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