Soñar con el diablo

Capilla sixtinaUna de las grandes obsesiones del ser humano ha sido la búsqueda de un sentido para explicar el curso de este devenir que llamamos vida. Sin llegar nunca a nada concluyente, en el camino siempre nos detenemos en la encrucijada donde se vuelve necesario aceptar si nuestros días se definen por decisión o por destino –fatalidad dirán muchos–; si realmente la sucesión de acontecimientos que dan forma a nuestra historia personal ha sido producto de nuestra voluntad o de un orden ajeno, superior e inexplicable. Las posibles respuestas a esta interrogante no tienen mucha relevancia, lo importante es advertir que la duda ha estado y estará en nosotros a flor de piel, todos los días, a cada momento, como una maldición.

Con esta lógica, a veces cínica, otras veces feroz y brutal, se desarrolla la vida de John Grant, protagonista de Pánico al amanecer (1961) del escritor australiano Kenneth Cook (1929-1987). Lo que en un principio se proyecta como una monótona travesía desde un recóndito poblado en el “Dead Heart” australiano hasta Sydney, pronto se transforma en un viaje hostil, signado por un aparente azar, por una serie de encuentros fortuitos que sólo llevan a Grant a sumergirse en lo más profundo y terrible de sí mismo.

El título del libro es tomado de una antigua maldición que reza así: “Que sueñes con el diablo y sientas pánico al amanecer”. La novela se articula como una constante tensión entre fatalidad y decisión, pues pareciera que una fuerza invisible hubiera arrojado estas palabras sobre John Grant al inicio de su viaje, pero también hubiera dejado cabida para que el personaje decidiera cambiar la dirección de los acontecimientos. La vida de Grant es demasiado anodina, es un hombre elemental, profesor en la única escuela en un pueblo minero perdido en las profundidades desérticas de Australia. Su más grande aspiración al salir de vacaciones de verano, es pasar seis semanas frente al mar de Sydney, juntando fuerzas y voluntad para volver al pueblito desértico, Tiboonda, y sobrevivir un año escolar más.

Entre un calor sofocante y una serie de conversaciones rutinarias transcurre la primera parte del viaje. Grant ha llegado al poblado más próximo después de seis horas en tren: Bundanyabba, sitio reconocido por su chovinismo, su cantidad ingente de bares y los pocos sitios de entretenimiento que ofrece, así como la presteza de sus habitantes para convidar a cualquier a tomarse una cerveza. Para fortuna de Grant, Yabba es sólo una escala en el trayecto hasta Sydney, y él intenta sobrellevar esa única noche en la ciudad sin mayores contratiempos, socializando lo mínimo necesario para encontrar un sitio donde cenar y pasar el tiempo hasta la mañana siguiente en que tome el vuelo directo a su destino final. Sin embargo, en su visita al primer bar que encuentra en su recorrido por la ciudad, se ve envuelto en una conversación trivial que no sólo lo lleva a la embriaguez repentina, sino que culmina en una mesa de apuestas.

Muy semejante en sus razonamientos a El jugador de Dostoievski, Grant se ve seducido hasta el extremo por la adrenalina que en él fluye al verse a punto de duplicar su escasa fortuna o perderlo todo. Previsible es que lo pierde todo y en adelante, así con apenas unos cuantos centavos en la bolsa, los días del personaje en Yabba se sucederán en una bruma de inconsciencia alcohólica y encuentros con personajes extraños que irán poniendo a prueba los límites de Grant. De un momento a otro, ese profesor sencillo y sin muchas aspiraciones se encuentra a sí mismo participando en una cacería de canguros, disparando un rifle desde una camioneta en movimiento y apuñalando incontables veces a un marsupial indefenso; su mente se pierde en lo que parecen ser los recuerdos de una orgía con sus compañeros de cacería y los desvaríos provocados por la inclemencia del sol, el calor, la sed y el hambre. Su vida se encuentra de repente muy lejos aún de las ansiadas vacaciones en la costa y muy cerca del infierno.

Más allá del desenlace, que no deja de ser increíblemente irónico, Grant se cuestiona a sí mismo al final de la travesía, cuando ya no le queda nada por hacer, cómo es que llegó a esos extremos. Finalmente se da cuenta de que pudo haber tomado una decisión distinta, sin embargo, una vez echado a andar el curso de los hechos “una cosa había llevado a la otra. Nada de lo ocurrido había sido necesario, pero cada acontecimiento llevaba en sí la semilla que iba a dar origen al siguiente suceso” (170). Lo que más impresiona al personaje no es tanto el curso de los acontecimientos según las decisiones, sino las posibilidades de actuar cuando uno elige el camino de la maldad y encontrarse vivo para pensar en estas cosas:

“Y puedo ver con mayor claridad que, incluso escogiendo el camino de la maldad, los acontecimientos que desencadena una persona pueden, llegado cierto punto, tornarse en una forma de cordura de la que obtener ventajas, si así se desea […] lo que no consigo ver es por qué me está permitido seguir con vida y saber estas cosas” (188)

 

 

El título original de Pánico al amanecer es Wake in fright, fue publicada originalmente en 1961 y llevada al cine en 1971 por el director norteamericano Ted Kotcheff. La traducción al español por Pedro Donoso es de 2011 y está editada por Seix Barral.


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