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Tomando la palabra

Porque crecí escuchando en voz de mi padre que una mujer debía ser ante todo madre, esposa, profesionista y por último mujer. En ese orden.

Porque crecí escuchando que las “damas” no insultan, no beben alcohol y no fuman.

Porque cuando tenía trece años un hombre vino a hablar con mi padre para casarse conmigo. A cambio de mí, el hombre ofrecía dos costales de maíz, no sé cuántas botellas de aguardiente y algunas gallinas.

Porque cuando me propuso matrimonio me prometió que si aceptaba yo tendría por fin un nombre y un lugar en la sociedad. Yo era entonces madre soltera.

Porque cuando tenía ocho años un chico de doce me invitó a jugar a su casa y al llegar a su habitación se bajó los pantalones y me mostró su pene. Justo después me quiso obligar a quitarme la falda para que él me viera. Lo empujé y salí corriendo.

Porque saliendo de una clase de maestría un hombre se me echó encima, me tocó los pechos y se aferró a mis caderas intentando arrancarme la ropa. Porque por mucho que yo gritaba nadie se acercó a ayudarme y apenas logré soltarme golpeándolo con mi computadora.

Porque cuando yo tenía once años el novio de mi mamá se colaba en mi habitación cada vez que ella se iba a trabajar y me obligaba a tocarlo. Porque cuando se lo conté ella no me creyó. Porque después de un tiempo de soportar su acoso y ver que no se iba a detener nunca opté por suicidarme.

Porque cuando decidí estudiar una maestría mis padres sólo atinaron a preguntarme “¿y el novio para cuándo?”

Porque cuando mi madre descubrió que yo tenía relaciones sexuales con mi novio me sacó de la casa y me desconoció como su hija. Porque además, mis padres me obligaron a pagarles todo lo que habían gastado en mi educación hasta entonces.

Porque cuando me fui a vivir con mi novio, mis padres me retiraron la palabra durante un año.

Porque mi maestro de biología en la preparatoria me obligaba a quedarme después de la clase con el pretexto de explicarme mejor el proceso de la reproducción humana; y lo hacía mirándome todo el cuerpo, refiriendo detalles por demás específicos y chupándose los labios.

Porque en la universidad un maestro nos dijo, a mí y a mis compañeras, que por lo menos “eso aprendiéramos a hacer bien” cuando le pedimos permiso para ir a una charla sobre sexualidad.

Porque en la maestría mi asesor de tesis llegaba borracho al instituto y me acosaba.

Porque cuando asaltaron el camión en el que iba a Oaxaca, los asaltantes me violaron.

Porque cuando asaltaron el camión en el que iba a Champotón, los asaltantes me violaron.

Porque en el camión de camino a Chetumal el hombre sentado junto a mí se masturbaba sin quitarme la vista de encima.

Porque cada vez que viajo en camión tengo miedo de nos asalten y me violen.

Porque en una fiesta, estando inconsciente, mi primo me violó.

Porque mi medio hermano se metía en mi cama y me tocaba.

Porque nunca he podido caminar tranquilamente las calles de cualquier ciudad de mi país sin escuchar algún comentario obsceno sobre mi cuerpo o mi persona.

Porque hay mujeres que me consideran una puta.

Porque aún sigo escuchando que todas las mujeres somos unas putas.

Porque desde que yo era niña mi tía se esmeró en enseñarme que “un hombre se puede revolcar en la mierda, salir, limpiarse y seguir siendo hombre; pero una mujer no”.

Porque cuando fui a denunciar al hombre que me acosaba sexualmente en el trabajo lo primero que me preguntaron fue “¿cómo iba vestida a la oficina?”

Porque en la computadora de un colega de trabajo encontré videos que él había hecho con su celular grabándome mientras yo estaba en el baño. Porque después supe que no sólo tenía videos de mí, sino de otras varias compañeras.

Porque saliendo de la escuela por la noche un hombre me empezó a seguir y yo intenté huir subiendo las escaleras del paso peatonal. Él me alcanzó y forcejeamos. Sólo me liberé de él al patearle la entrepierna. Él me empujó y yo caí por las escaleras. El comentario del médico fue que “por fortuna no me había mancillado”, aunque perdí definitivamente la movilidad en un brazo, se me rompieron algunas costillas y una cicatriz enorme me atraviesa desde entonces la frente, la nariz y parte de una mejilla.

Porque estando sola en la casa mi hijo me mató.

Porque mi novio me violó, me golpeó y me tiró al pie de una carretera.

Porque cuando me declaré lesbiana me dijeron que yo era un desperdicio.

Porque cuando he llegado de mal humor al trabajo, mis colegas comentan que se ve que no me han cogido bien o que estoy en mis días.

Porque he perdido la cuenta de la cantidad de obscenidades que me han gritado en la calle.

Porque me acostumbré a caminar en sentido opuesto a la dirección del tránsito por miedo a que me “levanten”.

Porque dejé de salir sola por las noches.

Porque mi novio me dejó cuando le dije que no necesitaba que él me cuidara.

Porque mi novio no se cansa de preguntarme con cuántos hombres he estado y quiénes son.

Porque mi novio me dio un par de bofetadas cuando le dije que aún no quería acostarme con él.

Porque mi novio “se da una vuelta” por los lugares donde le digo que estaré con mis amigas. Él dice que lo hace para “cuidarme y ver que todo esté bien”.

Porque a mi novio no le parece que yo me vista “así”; porque revisa mi celular, mis correos electrónicos, mis perfiles. Porque no me deja hablar a solas con otros hombres.

Porque cuando empecé a salir con un chico nos estuvimos besando largo rato y cuando yo le dije que no quería tener relaciones sexuales ese día, él me dijo: “ahora te aguantas, para que andas calentando”. Y no me dejó ir hasta que terminó.

Porque aún hay demasiados anuncios publicitarios donde el objeto de compra, venta y posterior desecho sigue siendo la mujer.

Porque debo ser delgada, debo ser “femenina”, debo estar siempre arreglada, debo saber comportarme.

Porque mi esposo alardea en las fiestas que “la casada” soy yo y no él.

Porque mi deber como esposa es “complacer” a mi marido todos los días.

Porque sigue siendo mi culpa que me acosen, me violen y me maten.

Porque no debo vestir así, porque no debo bailar así, porque no debo beber en exceso, porque no debo tener tantos “amigos”… porque si lo hago, entonces, la culpa es mía.

Porque hace falta aquí un largo e interminable etcétera…

 

Porque en estas líneas se resume mi primer acoso, mi experiencia y la de varias amigas, hermanas, primas, tías, mujeres con las que he coincidido a lo largo de mi vida.

Porque estas historias siguen siendo las de muchísimas mujeres todos los días.

Porque fuimos convocadas a compartir nuestro primer acoso, me puse a recordar y una avalancha de anécdotas, mías y de otras mujeres, se me vinieron encima. Elegí resumir algunas para atender a la convocatoria, pero también para dar voz a quienes ya no pueden manifestarse. Tal vez ellas, dondequiera que se encuentren, descansen en paz; nosotras aquí, no.

Porque sé que hay diversas formas de levantar la voz y hacer visible lo que se ha asumido como “normal”: tomando las calles, tomando las redes sociales, tomando la palabra.

Por todo esto y por lo que no cabe en estas breves páginas, nos manifestamos.

Vivas nos queremos y libres también.

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Acerca de karlamarrufo

(Yucatán, México, 1982). Dra. en Literatura Hispanoamericana, dedicada a la investigación y a la creación literaria. Autora de 'Mayo' (Premio Narrativa Dolores Castro 2014), 'La ciudad en ti' (poesía, 2016), 'Arquitecturas de lo invisible' (crónica, 2013) y 'Variaciones sobre una misma espera' (poesía, 2010), entre otros.

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