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El poeta y la ciudad

El pasado sábado 21 de mayo Mario Carrillo Ramírez-Valenzuela recibió el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida 2014 por la obra Roldán, poemario donde la voz de este personaje refiere, con bastante desencanto, una suerte de versión contemporánea de la historia del protagonista del clásico poema épico El cantar de Roldán. Aunque la presencia contundente de esta figura atraviese todo el libro, creo que la verdadera protagonista es la ciudad. Una ciudad así sin mayúsculas, puesto que nada grandioso se conserva de ella; una ciudad asolada por la violencia y que en su anonimato se convierte en todas las ciudades posibles y en ninguna. Una ciudad que atrapa y forja los infortunados destinos de quienes en ella habitan.

Digo que la protagonista es la ciudad porque, además, el poemario finca sus cimientos en el espíritu más bien desolado de Rimbaud al contemplar las “Ciudades” de sus Iluminaciones (1886); ahí donde tienen lugar las “concepciones más colosales de la barbarie moderna” y donde “sobre las plataformas en medio de los abismos los Roldanes tañen su bravura”. Poco más de un siglo después, el poeta vuelve a cantar a la ciudad para librar la batalla de una barbarie absurda, con un Roldán que rueda “hacia las aguas tísicas del mundo”.

Desde la primera parte del poemario, “Roldán habla”, nos ubicamos en esa ciudad protagonista, inhabitable:

Vivimos en alerta constante. Todos los días se libran batallas encarnizadas en distintos puntos del territorio. Huestes organizadas emponzoñan el aire de la convivencia. Nadie puede guarecerse de la desgracia que acecha tanto en las principales urbes como en poblados anónimos. La violencia incrementa en su vorágine de huracán. Se practican nuevos y refinados métodos de tortura. Los bandos son indiscernibles.

Cristalina es el agua hirviente de la brutalidad.

Hirvientes son los cristales de la esperanza.

¡Aconsejad vosotros, sabios,

y evitadnos la muerte y la afrenta! (11)

Aquí, la voz de Roldán inicia su canto muy lentamente, como si apenas se reconociera en ese deambular donde “diseccion[a] el ritmo de [sus] pasos”. Es un inicio también, donde la interpelación al padre y al abuelo se articula como una despedida a través de la memoria que lamenta el pasado perdido.

“Roncesvalles” y “Batalla de Roncesvalles” son las partes medulares del poemario. En ellas, el canto de Roldán se construye con las grietas, las calles, los parques y las aves oprimidas de una ciudad en contienda, de la que él mismo ya es una parte inherente:

                   Quisiera empuñar una lanza de palabras

contra el desconsuelo pintado con grafitis

en los muros y casas familiares.

No cabe tanta tristeza entre mis manos,

se desborda con abundante ferocidad.

No puedo pararla. Brota y transpira

agua tísica en mis grietas interiores. (24)

A pesar de que el espacio es sino y decadencia previo a la batalla, aún guarda un breve resquicio para invocar al amor, para llamar al “perfume cálido” del nombre de la amada o añorar “las trenzas de [su] alma”, para mirarla en los mercados escogiendo frutas y pedirle que acepte esta canción desolada.

Como en el poema clásico, puede más el orgullo de Roldán y aquí, sobre todo, la ira y el odio guardados por largo tiempo: “¿Y qué hago yo con tanto rencor desparramándose,/abierto como la herida de una manzana;/ colosal y funesto,/beodo cerco ante los llamados de la gente?” (40), se pregunta Roldán. Y no atina más que a sembrar ese odio y perpetuarlo. El encontronazo con la vida es inevitable, lo mismo que el fracaso y la muerte del héroe que no puede ser tal ante una ciudad funesta, devoradora, implacable, hundida en la abyección.

El poemario finaliza con la agonía del personaje a lo largo de tres poemas que son conclusión y despedida, balance de lo que Roldán ha hecho y lo que no, afirmación de una muerte simbólica cuando dice “Me ahogo en la sed de ser” (53). Sin embargo, poco antes de su muerte, el canto deja apenas un diminuto resquicio por donde se cuela la esperanza en medio de esta batalla sórdida en que se ha convertido la ciudad. Roldán se despide de Oliveros, el sensato y prudente compañero y en quien aún es posible renovar la vida:

         ¿cómo hablarte de la necedad de vivir?

si tú has sido prudente, te has armado

con las flores de la vida.

Retiraste de tu lengua las espinas del odio,

las arrojaste al piso vomitado de un bar

donde se hicieron ovillo como las escamas

de una serpiente siempre nueva;

A su lado escupiste las piedras

escondidas tras tus dientes

y sin titubear

le diste el último trago a la noche.

[…]    Llevas, Oliveros, la cicatriz de la risa como un estandarte. (51)

Y así es cómo concluye esta nueva batalla de Roldán y así es como a veces uno constata que la poesía puede ser guerra, odio y esperanza, muerte y renovación en las ciudades terribles que habitamos.

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Acerca de karlamarrufo

(Yucatán, México, 1982). Dra. en Literatura Hispanoamericana, dedicada a la investigación y a la creación literaria. Autora de 'Mayo' (Premio Narrativa Dolores Castro 2014), 'La ciudad en ti' (poesía, 2016), 'Arquitecturas de lo invisible' (crónica, 2013) y 'Variaciones sobre una misma espera' (poesía, 2010), entre otros.

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