El mensaje de las estrellas, o la imaginaria escala humana

Equidistantes de los átomos y de las estrellas, estamos extendiendo nuestros horizontes exploratorios para abarcar tanto lo muy pequeño como lo muy grande.
Carl Sagan

There are more things in heaven and earth, Horatio,
than are dreamt of in your philosophy.
Shakespaere, en Hamlet.

 

Constelación de las Pléyades (hoy conocidas como Messier 45 o M45), según un dibujo de Galileo en Sidereus nuncius.

El 25 de agosto de 1609, Galileo Galilei realizó la primera exhibición pública del instrumento que, inventado poco antes, él había mejorado y afinado: un catalejo arreglado para mirar el firmamento –“lo muy grande”, como dice el epígrafe de Sagan–. A ese artefacto actualmente lo denominamos telescopio. Aunque la imagen entonces plasmada en la retina de Galileo era limitada y poco nítida, debido sobre todo a las lentes y la forma del tubo de su diseño –que casi de inmediato iba a ser perfeccionado por Johannes Kepler–, gracias a dicho invento el ojo humano fue capaz de abrirse paso al universo y contemplar por primera vez la insospechada cantidad de estrellas apiñadas por encima de nuestras cabezas, los cráteres de la Luna, los cuatro pequeños satélites girando en torno a Júpiter, las fases de Venus, las manchas solares y algo extraño en la conformación de Saturno –los anillos, cuya existencia no se confirmaría hasta varias décadas después–. Asombrado por sus propios descubrimientos, el flamante padre de la astronomía le comunicó al mundo sus hallazgos iniciales en una obra bellamente titulada Sidereus nuncius, o Nuncio sidéreo, impresa en Venecia en marzo de 1610. La palabra latina nuncius admite las acepciones de “mensajero” y “mensaje”, por cual el nombre del libro permite jugar con las traducciones e interpretaciones: Galileo se presentaba a sí mismo como mensajero de los cuerpos celestes, el libro servía de anuncio o gaceta de los astros, el contenido de la obra era un mensaje enviado por las estrellas, etc. De las posibles alternativas, en esta ocasión recupero la última, para hacer un breve comentario.
El mensaje de las estrellas transmitido en el siglo XVII por aquel “nuncio sidéreo” fue el heliocentrismo, y la noticia llegó como una bofetada de humildad para el animalito que se jactaba de ser la medida de todas las cosas. Extendiendo la mirada fuera de las lindes de nuestro mundo, Galileo descubrió que ni somos el centro estático del universo, ni éste es perfecto: por ejemplo, el Sol tenía manchas y la Luna era irregular, no como sostuvo Aristóteles. Sin embargo, el mensaje no fue precisamente bien recibido por los custodios del viejo orden. Galileo, quien también poseía dotes de escritor e ironista, fue enjuiciado y condenado por el Santo Oficio a raíz de la publicación de su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, en donde el autor defendía las hipótesis de Copérnico frente a las de Ptolomeo. Como es bien sabido, fue conminado por la Inquisición para que abjurase de sus afirmaciones previas, y el padre de la astronomía lo hizo el 22 de junio de 1633… de seguro teniendo en mente a Giordano Bruno, otro astrónomo, quemado vivo en la hoguera de la Iglesia santa, católica y apostólica. Galileo no tuvo el mismo final que Bruno, porque se arrepintió. No obstante, permaneció bajo la vigilancia inquisitorial hasta su muerte, ocurrida en 1642. Este mismo año, casi como en un guiño del universo, nació Isaac Newton.

Las Pléyades o las Siete hermanas, ahora en una fotografía contemporánea.

Para llevar agua a mi molino voy a permitirme poner en diálogo la invención del telescopio con la de otro catalejo fundamental para la historia de nuestra especie: el microscopio. Como detalle curioso vale contar que el telescopio fue llamado de diversas maneras (kijker, perspicillum, specillum, occhiale u occhiali, strumento, etc.) hasta, según cuenta Edward Rosen en su libro The Naming of the Telescope (1947), el 14 de abril de 1611, cuando el naturista Federico Cesi le dio su nombre durante una cena en honor a Galileo. Una de las fuentes históricas de la anécdota es el naturista Johannes Faber, quien se habría inspirado en la expresión de Cesi para bautizar el “otro” catalejo famoso, cuya invención se atribuye a Zacharias Janssen. Anécdota aparte, lo importante es que a fines del siglo XVI y comienzos del XVII el universo conocido se ensanchó hasta desbordar, por mucho, la acostumbrada escala humana: mientras el telescopio nos reveló “lo muy grande”, el microscopio nos llenó los ojos con “lo muy pequeño”, lo ínfimo. En algún punto entre ambos polos está nuestra especie, la genealogía homo sapiens, total ignorante de la dimensión y la escala en las cuales existimos y somos.
Visto lo anterior se hace evidente que para comprender la condición humana, así como nuestro lugar en el universo, necesitamos realizar dos grandes movimientos complementarios: el primero consiste en contemplar la humanidad como un todo, pero no un todo abstracto y unitario, sino diverso y múltiple, en el plano sincrónico y en el diacrónico, es decir, pensar a la humanidad en relación consigo misma –su pasado, su presente y su futuro (entendiendo por éste las posibilidades trazadas por la conjunción del pasado y el presente)–; el segundo movimiento, en pensarla en relación con la totalidad de su entorno: con el resto del universo orgánico o vivo, por un lado, y con el universo inorgánico, por el otro. La labor es enorme, sin duda. Como señala Felipe Fernández-Armesto:

Los límites actuales del concepto de género humano no son evidentes ni universales. Hemos llegado a ellos después de que el mundo occidental dedicara largos e ímprobos esfuerzos a encontrar una manera de entender la humanidad que incluya a comunidades antiguamente excluidas por racismo o etnocentrismo, y que, al mismo tiempo, insista en establecer una distinción clara entre humanos y no humanos. En el estado en que se halla hoy el debate y a la luz del conocimiento disponible, esta búsqueda parece cada vez más incompleta y, tal vez, hasta inviable (13).

En efecto, hoy por hoy varias disciplinas humanísticas y científicas han echado por tierra algunas de las definiciones que antes nos brindaban tranquilidad, porque inscribían una línea supuestamente estable y clara entre nosotrxs y lxs otros (animales, máquinas, programas de inteligencia artificial, etc.). Pero la línea era imaginaria. Y no lo digo en sentido peyorativo, sino al contrario: la línea entre nosotrxs y lxs otrxs es, por fuerza, imaginaria, en la medida en que depende de nuestra capacidad imaginativa, generadora de imágenes. Y como anotó André Bretón en 1929, en el preámbulo a la reimpresión del Manifiesto surrealista, la imaginación “es, en sí misma, la única fautora de la realidad”.
Durante siglos los seres humanos hemos creído en la razón como bien máximo o guía inmejorable para hacer frente a los retos de la vida, pero el propio tiempo y las consecuencias de nuestros actos nos ha dados pistas respecto a que probablemente nos equivocamos al designar la actividad epistémica fundamental, porque la imaginación puede llevarnos más allá de que ha podido, puede y podrá la razón. En palabras de la filósofa María Noel Lapoujade:

El ámbito del trabajo de la imaginación es el conjunto del psiquismo humano. En este sentido los procesos imaginativos emergen en actividades sintéticas, complejas, dinámicas por las cuales el sujeto percibe, recuerda, juzga, razona; pero también sueña o crea, pudiendo incluso llegar a alucinar. Es decir, la imaginación tiñe toda forma de actividad mental; desempeñando un papel principal o secundario participa en mayor o menor grado de los procesos psíquicos totales. Su participación puede ser consciente o inconsciente, normal o patológica (241).

Los homo sapiens hemos perfeccionado a niveles insospechados los catalejos para mirar lo muy grande y lo muy pequeño, y sin embargo, todavía podemos decir junto con Hamlet: “There are more things in heaven and earth, Horatio, / than are dreamt of in your philosophy”. Horacio somos nosotrxs mismxs. Acaso valdría aventurar, en pleno siglo XXI, que aquel “mensaje de los astros” fue también una invitación a imaginar la desmesura, lo in-humano, lo que no se ajusta a la medida de nuestro ser, de nuestro cuerpo, de nuestra razón; a entender que no somos la escala, ni el centro, ni el modelo, y que si en verdad deseamos comprendernos y comprender lo que nos rodea debemos, como Galileo, salir de las proporciones de este mundo para poder mirarlo mejor. De los astros hemos aprendido mucho, y seguramente aún nos queda mucho por aprender. Dejemos que la imaginación sea nuestro Virgilio.


2 respuestas a “El mensaje de las estrellas, o la imaginaria escala humana

    1. ¡Elizabeth! Mientras escribía pensaba mucho en ti. Ya te contaré. Un millón de gracias por detenerte a saludar y por leernos. Te mando un correo, para platicar. Mientras, te mando un abrazo.

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