De la elegantología, el dandismo o de cómo desde hace más de un siglo buscamos salvación en la belleza. Parte I.

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Grabado del siglo XIX. George “Beau” Brummell (1778-1840) con su sastre. Foto de Granger/REX/Shutterstock.
La belleza característica del dandi consiste sobre todo en esa frialdad que se dimana de la inquebrantable resolución de no conmoverse; es como si fuera un fuego latente que se deja adivinar, que podría, pero no quiere brillar.
Baudelaire

En 1833, Honoré de Balzac publicó De la vida elegante, un peculiar tratado en el que uno de los autores menos elegantes de la época sentaba las bases de la elegantología. La vida elegante según Balzac se podía resumir en una cualidad innata para el ocio, el intelecto, la sofisticación que no deviene en extravagancia; en una predisposición por el cuidado de la apariencia, una distinción en el vestir y los afeites, y sobre todo, por una inclinación natural hacia la belleza más elevada. Desde luego que la vida elegante sólo podía ostentarse si se gozaba de una situación económica holgada y de una refinada sensibilidad. “Sin titubear un momento, -afirma Balzac- quedan exceptuados de la vida elegante los comerciantes al detalle, los hombres de negocio y los profesores de Humanidades” (81). Con esto último queda sepultada la mínima aspiración que me quedaba de llevar una vida elegante.

El tratado discurre por una serie de conductas, reflexiones y consejos a través de los cuales se articulan los principios elegantología y aunque el propio Balzac desdeña el dandismo en este momento, lo cierto es que en De la vida elegante es posible encontrar las pautas de pensamiento, vestimenta, comportamiento y visión de mundo de lo que llegaría a ser el dandi hacia la segunda mitad del siglo XIX. Cabe aquí la aclaración: Balzac desdeña al dandi que sólo pretende serlo por seguir ciertas tendencias de la moda en lo superficial, pero sin reflexionar ni asumir como signo y seña de su persona una actitud vital sustentada en una visión de mundo contestaria y hasta cierto punto rebelde en la época. Pero por todo lo demás, la vida elegante no es sino otra denominación del dandismo.

Al hablar de dandismo, se suelen destacar “la elegancia, la frialdad, la contención, la teatralidad o un muy especial sentido de la autopercepción” (Primo y García 21) como sus rasgos distintivos, lo mismo que un equilibrio paradójico entre una actitud retadora y un cierto aire inconmovible que bien podría derivar en spleen. La peculiar actitud de confrontación del dandi se sostiene sobre todo en la configuración de un personaje encarnado en su persona, es decir, en la confección de un disfraz, una máscara, un atuendo que en su sofisticación o incluso en su aire excéntrico, le confiera una identidad exclusiva capaz de imponerse al común de la gente. Ahí están Baudelaire, presentándose en actos públicos con el cabello teñido de verde; Óscar Wilde, portando un lirio blanco (de claras reminiscencias sexuales) en el ojal de su traje; o George Bryan, “El bello”, Brummell, erigido profeta de la moda y el buen gusto en la Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX y a quien se atribuye la creación del estilo de traje moderno con corbata o un pañuelo anudado al cuello.

A través de esa moda única, exclusiva, el dandi forja su identidad, una identidad deliberadamente impostada, manufacturada de antemano para evidenciar sus artificios. Y es que así es la belleza que admira y aspira a representar el dandi: obvia en su carácter artificioso, exquisita en su particularidad, sofisticada hasta el extremo de lo extravagante. El mejor ejemplo de lo anterior habríamos de encontrarlo en el personaje modelo del artista decadente de la época: Jean Des Esseintes, protagonista de A contrapelo (1884) de Joris-Karl Huysmans. Último sobreviviente de un rancio linaje, el joven Des Esseintes se dedica a despilfarrar su fortuna en fiestas, orgías y banquetes donde las bebidas y sustancias estimulantes, y los placeres sexuales llevan al límite la experiencia sensorial. Harto de esta vida y ya debilitado y enfermo por los excesos, se recluye a las afueras de París entregándose de lleno a la rememoración de ciertos pasajes de su vida, a la contemplación de sus colecciones de arte y a la lectura de los rarísimos ejemplares que adornan su biblioteca. Entre el ocio, el spleen y los recuerdos, el personaje de Des Esseintes dará claras muestras de esa belleza sofistica y estrafalaria a la que tiende el dandi, como cuando manda a colocar incrustaciones de oro y piedras preciosas en el caparazón de una tortuga o en la celebración de aquellos festines fúnebres «en honor de alguien que había perdido su virilidad» (132) y que se caracterizaban por una decoración donde salones, manteles, jardines, lago y decorados todos ostentaban el color negro, mientras los candelabros iluminaban la escena con llamas verdes, se tocaban marchas fúnebres y unas «mujeres negras desnudas que calzaban chinelas y medias plateadas, salpicadas de lágrimas» (131) atendían a los invitados.

Si hay exageración y excentricidad en el dandi es porque hay una resistencia beligerante por destacar, por alejarse lo más que se pueda de los órdenes sociales que poco a poco van homogeneizando a los hombres. Y si el siglo XIX había llegado para imponer a las sociedades modernas un esquema de vida donde el progreso material implicaba un rebajamiento del arte y su sustento espiritual, una pérdida de eso que Baudelaire llamaba la misteriosa belleza que permite la trascendencia histórica en el arte, el dandi habría de representar una resistencia a ese orden, un “último destello de heroísmo” (otra vez Baudelaire) en el escenario decadente de la Europa finisecular.

 

Fuentes
Balzac, Honorato de. De la vida elegante. Madrid: Afrodisio Aguado, S.A. 1949.
Baudelaire, Charles. El pintor de la vida moderna. Trad. Martín Schifino. México: Taurus, 2014.
García, Leticia y Carlos Primo, coords. Prodigiosos mirmidones. Antología y apología del dandismo. Prólogo de Luis Antonio de Villena, ilustrado por Marina Domínguez Garachana. Madrid: Capitán Swing, 2012.
Huysmans, Joris-Karl. A contrapelo. Trad. y ed. Juan Herrero. Madrid: Cátedra, 2018.

Una respuesta a “De la elegantología, el dandismo o de cómo desde hace más de un siglo buscamos salvación en la belleza. Parte I.

  1. ¡Hola, Karla!. Acabo de leerte y espero la segunda parte.Ayer leí a Silvia. Les aseguro que había estado pensando en ustedes Algo ha pasado y no tengo sus emails, ¿podrías dármelos? Un abrazo

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