La mano del hístor y la imagen de la mujer

Todas las personas contamos historias y lo hacemos siempre. Es parte de nuestro día a día. Contamos historias completas, parciales, fragmentarias, abreviadas, etc.; basadas en hechos comprobables, tergiversados, hipotéticos, inventados o falsos; las contamos de forma oral, escrita, audiovisual, gestual; con fines directos o simples, como compartirle a alguien lo que hicimos ayer, o lograr que se ría, que nos compre algo, o que haga o deje de hacer equis o ye. También contamos historias con fines indirectos u oblicuos, de mayor o menor complejidad, como narrar las aventuras de un hidalgo cincuentón que se cree caballero andante, o describir el trayecto evolutivo de la especie homo sapiens, o especular acerca del origen de nuestro universo –que, por cierto, bien podría ser un holograma, si se confirman las sospechas de Gerard t´ Hooft, afinadas por Leonard Susskind–. Paranoias astrofísicas aparte, las historias nos sirven para esto y más: nos permiten ubicarnos en el mundo, darle sentido a nuestro propio ser y a nuestra vida, entendernos con otra gente o hasta pelearnos con ella, mitigar la soledad de nuestro Yo, ponernos simbólicamente en el lugar de otros seres –personas, personajes, animales e incluso objetos– y, en síntesis, nos ayudan a vincularnos con lo que nos rodea.
Luego de esta serie de generalidades, paso a las precisiones. Cualquiera sabe que historia es una palabra de uso muy, muy frecuente, que admite gran diversidad de acepciones. Si acudimos al diccionario de la Real Academia Española, encontraremos varias.

Acepciones según el diccionario de la RAE.

Y si, intentando no ser criaturas tan imperialistas, colonizadas, subalternas, etc., nos asomamos también al Diccionario del español de México, Jelaborado por El Colegio de México, hallaremos algunas bastante similares.
Con base en lo anterior, si excluimos las acepciones coloquiales de mentiras, pretextos y chismes, historia sería: un conjunto de hechos, la narración de un conjunto de hechos, la exposición y el estudio de un conjunto de hechos y, para rematar, la disciplina que estudia y expone un conjunto de hechos… o sea, estamos ante a un tiradero conceptual. Esto se debe, claro, a que los diccionarios registran los usos más comunes o habituales de cada término, y no conceptos. Los conceptos no son una cuestión de uso, sino de entendimiento, de comprensión. Entonces, nos conviene continuar la búsqueda en otra parte.
Según la narratología, hija del estructuralismo, historia es lo que se cuenta, y relato es cómo o de qué manera se cuenta esa historia. Si retomamos las acepciones de la RAE y del DEM, por un lado, la historia sería un conjunto de hechos y, por el otro, el relato sería la narración de un conjunto de hechos. Avanzamos algo en cuanto a orden, pero no es suficiente. Enseguida aflora una objeción a este deslinde: no en todos los discursos narrativos hay narración propiamente dicha. En el cine, en el cómic, en la novela gráfica, en la fotografía, por ejemplo, puede haber o no haber narración, es decir, no es imprescindible que alguien narre o cuente mediante la palabra lo que ocurre, pero lo que en definitiva no puede faltar es una estructura narrativa. Sirva para clarificar esto una de las páginas finales del número 8 de All Star Comics, publicado en diciembre de 1941, ejemplar que supuso el nacimiento de un personaje que se relaciona con nuestro tema: la Mujer Maravilla. A simple golpe de vista se advierte que allí hay narración y estructura narrativa. E igualmente conviene advertir que ese personaje fue creado por un varón: William Moulton Marston. Dejo para otra oportunidad el comentario crítico de la imagen de este personaje, que en fechas recientes ha recibido un nuevo impulso de la mano de la actiz Gal Gadot.

Pero, se me preguntará, ¿cuál es la importancia de esto? ¿Por qué le dedico tiempo a algo que parece un asunto de minucias o detalles? La importancia radica, para mí, en que, a diferencia de lo que pasa con una narración, una estructura narrativa nos da la falsa idea o sensación de neutralidad, de objetividad, de imparcialidad. Es como si los hechos ocurriesen allí, frente a nuestros ojos, ante nuestros oídos, sin aparente mediación. Pongo otro ejemplo de este artificio. Pese a que nos da la idea de inmediatez, o de no mediación, siempre, siempre, SIEMPRE hay una mano detrás de toda estructura narrativa; como la hay también SIEMPRE, detrás de la selección y la exclusión del conjunto de hechos que constituyen una historia, y que sostienen un relato.
Llegado este punto, nos topamos con un significado de historia que no figura en el diccionario de la RAE, ni tampoco en el DEM, ni en muchos otros, de hecho, pero se trasluce en la etimología de propia palabra. Según lo consigna el erudito catalán Joan Corominas –o Coromines– en el tercer tomo de su monumental Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana, publicado en 1954, y que hasta el día de hoy es uno de los máximos referentes de la filología románica, historia proviene del verbo στορεν [historéin] que significa “investigar” y del sustantivo στωρ [hístor] que significa “sabio, conocedor”. Historia sería, a la vez, la actividad de indagar o buscar y el resultado de esta indagación y esa búsqueda.
La raíz indoeuropea de στωρ [hístor] emparienta a este sabio con los verbos εἴδειν [éidein]  “ver, saber” y οἶδα [óida] “saber, conocer”. El hístor era un sabio que conocía o sabía porque había visto e indagado, y su conocimiento lo autorizaba a juzgar, a decidir, a dirimir. Desde esta perspectiva, toda historia implicaba una intencionalidad. El hístor, conviene señalarlo, solía ser un varón. Tenemos, entonces, que la historia era lo que producían los hístores, todos ellos varones, a partir de su visión y su conocimiento, de su intencionalidad. A riesgo de que se me tilde de feminazi, como está tan de moda hacer hoy en las redes sociales (y, por desgracia, en las universidades, en la calle, en los paseos públicos, en las manifestaciones, y demás espacios públicos), considero necesario y hasta urgente plantear, al menos, la relevancia que podría tener en primera instancia para nosotras, las mujeres, volver a recorrer los pasos de los hístores y conocedores que han forjado nuestra idea acerca de la historia humana, de la historia de la ciencia, de lo que sido o es la civilización; y también, para referirme en concreto a mi campo prioritario de interés y conocimiento, de la literatura, de los géneros literarios, de la escritura de las mujeres y, en general, de la mujer escritora. Lo sugiero, no como una declaración de guerra, sino como una obviedad, pues, como bien nos previene María Noel Lapoujade en su libro Filosofía de la imaginación: “Toda captación de un objeto implica la perspectiva desde la cual se aprehende”. Esa perspectiva ha sido mayoritariamente, desde hace siglos, la de los varones.
Dicho esto, quisiera dejar muy, muy claro, que al referirme a “los varones” no hablo de éste o aquél, mi tío, mi primo, mi hermano, mi padre, mi novio, mi esposo, mi vecino, mi alumno, mi compañero de escuela o de trabajo, ni del conductor del camión, del que me grita en la calle, del extraño que me susurra lascivamente al oído, y de un larguísimo y potencialmente terrible etcétera, tanto peor en el México actual. Cuando digo “los varones” me refiero a un sistema, a un estado de cosas, a visiones de mundo arraigadas en la cultura, a creencias que anidan en la base de lo que somos y hacemos en este mundo. Frente a esto, que viene de largo, las mujeres somos una otredad; una otredad con mayúscula y minúscula; de hecho, somos la otredad más mayoritaria. Y aunque somos, en buena medida, como “los varones” nos han representado durante varios siglos, también somos lo que todavía no se ha dicho, lo que no se ha manifestado, lo que no se ha representado. Por lo tanto, una labor pendiente para nosotras, las mujeres, es imaginarnos: construir imágenes desde y para nosotras. Necesitamos indagar o buscar en nuestro propio recorrido por los siglos para hacer la otra “historia”, no para intentar sustituir la historia que los varones han construido desde su perspectiva, sino para poner ambas en diálogo. Un diálogo no necesariamente fluido y terso, sino uno en donde igual quepan la contradicción, el disenso, la discrepancia… Estos elementos serán el fruto de las manos encargadas de seleccionar y la excluir la serie de hechos que, como conjunto, le darán sustento a historias diversas, que a su vez se materializarán en diversos relatos portadores de diversas visiones de mundo. Así, creo, no sólo se ensancharía la comprensión del rol que las mujeres hemos jugado en la historia, en la literatura, en la cultura, sino que se enriquecerá nuestra comprensión general de lo humano.


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