De la elegantología, el dandismo o de cómo desde hace más de un siglo buscamos salvación en la belleza. Parte II

Retrato del Conde de Montesquieu por Giovanni Boldini, 1897.

El principio donde se asienta la vida elegante

no es sino un elevado pensamiento, ordenado y armónico,

destinado a dotar de poesía y belleza

a las más mínimas cosas.

De la vida elegante

Balzac

A finales del siglo XIX, Julián del Casal publica un artículo donde explica breve pero puntualmente qué es la tristeza de fin de siglo, comparándola con una epidemia que se va propagando con celeridad tanto en Europa como, afirma él, en todos los países civilizados. Este es el escenario según Del Casal:

En ningún final de siglo más que en el nuestro se han visto cosas tan contradictorias e inesperadas. De ahí ha nacido en los espíritus una incertidumbre que cada día reviste caracteres más alarmantes. El análisis nos ha hecho comprender que, después de tantos siglos, no es posible determinar a punto fijo el progreso de la humanidad. Más bien se puede afirmar que ha retrocedido, porque ha amado muchas cosas que hoy sólo puede odiar. Tanto desespera ese estado de ánimo que muchos de los seres que lo experimentan se despeñan por los riscos de la extravagancia, no por afán de llamar la atención, sino por olvidarse de que no pueden creer en nada, y porque sienten al mismo tiempo la necesidad imperiosa de albergar en su alma alguna creencia.

El final de esta cita concentra muy bien parte del espíritu contradictorio del dandi. Si por una parte tiende al ocio, al dolce far niente, que lo suspende en los intrincados vericuetos de la reflexión infructuosa y termina por hundirlo aún más en esa tristeza crónica finisecular; por otra parte, experimenta estadios de excitación que lo llevan a la extravagancia, los placeres y los excesos. En Corsarios de guante amarillo: sobre el dandismo, Luis Antonio de Villena apunta que“El dandy verdadero -que es intemporal- se mueve entre el deseo de huir y la necesidad de la presencia, y tal dicotomía es lo que genera en él el característico spleen, la melancolía del ángel caído, pero asimismo la puesta en escena, la teatralidad y el gusto por el lujo y la apariencia” (161).

Por esto es que, entre la desidia y el desdén, el dandi se entrega a la vida ociosa y a todas aquellas empresas o actividades que no produzcan utilidad alguna según las exigencias de la Modernidad. Negados a perpetuar y ser parte de este orden capitalista que ya se perfilaba como predador, el dandi coloca en un primer plano aquellos elementos de la vida humana que menos productivos parecen ser: la moda, los afeites, las alhajas, las antigüedades, el arte por el arte, y su propia persona como ejemplo viviente de esa llama en potencia que podría pero no quiere brillar. Recordemos en este punto que para Baudelaire lo eterno e inmutable característico de la belleza artística también residía en estos elementos distintivos de una época (los vestuarios, las formas de entretenimiento, la moda), puesto que a través de ellos era posible advertir los signos del espíritu humano en un momento histórico particular.

Esta actitud frente al mundo, esta negación a participar en la vida productiva al mismo tiempo que la vocación por exaltar lo transitorio, terminó por otorgar al dandismo el estatuto de una casta de hombres excepcionales:

Ya se hagan llamar refinados, increíbles, bellos, leones o dandis, estos hombres comparten un mismo origen; todos participan del mismo espíritu de oposición y de revuelta; todos representan lo mejor del orgullo humano, la necesidad, harto escasa en los de hoy en día, de combatir y destruir la trivialidad. De ahí nace, en los dandis, una actitud altiva de casta provocadora, incluso en su frialdad. (Baudelaire 42-43).

Visto así, desde lo más profundo de su malestar, lo que el dandi representa es un impulso vital con el cual sobreponerse a la decadencia tanto presente como venidera, y lo hace recuperando los signos de la trascendencia, de lo eterno e inmutable, que todavía habitan en ciertas piezas, objetos, ropajes, accesorios, con los cuales busca imponerse a sí mismo desde la elegancia y la belleza. Todos los días, el dandi hace de sí un artificio, un hermoso artificio para forjarse una identidad, para hacer de su persona una pieza de arte contestataria, para salvarse (o curarse) a través de la belleza de toda la trivialidad y la deshumanización inherente a los tiempos modernos. Ya lo decía Balzac, “En el fondo la vanidad no es sino el arte de componerse a diario” (51).

Fuentes

Balzac, Honorato de. De la vida elegante. Madrid: Afrodisio Aguado, S.A. 1949.

Baudelaire, Charles. El pintor de la vida moderna. Trad. Martín Schifino. México: Taurus, 2014.

De Villena, Luis Antonio. Corsarios de guante amarillo: sobre el dandysmo. Barcelona: Tusquets, 1984.

Del Casal, Julián. Tristeza fin de siglo. Crónica semanal. (1889-1890). Remedios Mataix, ed. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 


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