Puertas y ventanas para la prójima y la próxima

A pesar de sus bien conocidas miserias y sus evidentes parcialidades en perjuicio de la mujer y de su situación política, social, económica, sexual, educativa, etc. –o, dicho con mayor justeza, en perjuicio de las mujeres y sus situaciones; así, en plural–, el siglo XIX admitió la apertura de una franja relativamente amplia (suficientemente amplia, al menos) en el ámbito de lo público, por donde varias escritoras y artistas consiguieron filtrarse, gracias a razones muy diversas (talento, suerte, necesidad, vocación, empeño…), y algunas de ellas lograron hacerse de un espacio dentro del panorama cultural y literario de su época, e incluso alcanzaron a dar el salto desde su tiempo al nuestro.

Prudencia Ayala.

Sin embargo, abrir y mantener abierta esa franja en el terreno público, custodiado por varones no siempre dispuestos a compartir micrófono y palestra, sino todo lo contrario, no fue tarea simple. Parte de esas escritoras y artistas hubieron de abrirse camino a codazos, casi siempre metafóricos, pero en ocasiones también físicos. No sobra recordar que varias fueron a dar a la cárcel, incluso ya entrado el siglo XX. Como caso notabilísimo podríamos hablar de la estupenda provocadora Prudencia Ayala (1885-1936), indígena salvadoreña encarcelada en 1919, en El Salvador y después en Guatemala, por sus ideas políticas y sus escritos difundidos en la prensa periódica. Cuando las mujeres aún no tenían derecho al sufragio, al no ser reconocidas como ciudadanas, Ayala se atrevió a postularse como candidata a la Presidencia de su país, pretextando que si bien la mujer no podía votar, en ninguna parte constaba que no podía ser votada. El escándalo fue inmediato, y requirió la intervención de la Corte Suprema de Justicia, que rechazó su solicitud.

Por fortuna, muchas de las escritoras y artistas que se instalaron en la vida pública, cualquiera que fuese su nicho cultural, se encargaron de abrir una puerta o quizá apenas una ventana, para que por ahí pudieran entrar contemporáneas suyas, las prójimas; y después fueron manteniendo abiertas puertas y ventana, e hicieron hasta boquetes improvisados, para dar paso a las generaciones venideras, las próximas. Entre esas mujeres podríamos mencionar a la argentina Juana Manuela Gorriti (1818-1892), la colombiana Soledad Acosta (1833-1913), la mexicana Laureana Wright (1846-1896), la peruana Lastenia Larriva (1848-1924), las cubanas Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) y Aurelia Castillo (1842-1920), o las hermanas guatemaltecas Vicenta (1831-1905) y Jesús Laparra (1820-1887), entre tantas otras que fundaron y dirigieron periódicos y revistas, establecieron y lideraron instituciones (academias, escuelas, teatros, museos, etc.), organizaron tertulias o talleres; o que defendieron con su persona y su pluma los derechos de la mujer (al voto, a la educación, a la formación universitaria, al divorcio, etc., de un modo similar a la defensa que hoy se hace alrededor del mundo por el derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos y a vivir libres de la violencia de género); mujeres que editaron y comentaron la obra de otras mujeres, que se interesaron por entrar en contacto con escritoras de otras latitudes, que se tendieron entre sí las manos y los brazos, que marcharon hombro a hombro, aunque, claro, no hayan estado ausentes las diferencias, los desencuentros, los pleitos, los bandos, las enemistades.

No sobra recordar hoy, y cada día, que somos las próximas hipotéticas de las mujeres del XIX; somos las generaciones venideras, herederas y favorecidas de las puertas, las ventanas y los boquetes que se abrieron hace años. Creo que conviene recordar y honrar en todo momento a quienes estuvieron antes, a quienes allanaron el camino para nosotras, pues, en gran medida, tenemos sitio y voz gracias a ellas. A la vez, de algún modo tenemos la responsabilidad de abrir y mantener abiertas otras puertas y otras ventanas para nuestras propias prójimas y próximas, pues ya sabemos que no todas estamos en la misma situación. Desde esta perspectiva, y permitiéndome un toque de cursilería, tal vez no esté fuera de lugar recurrir a una metáfora vegetal: las alianzas, las amistades, las colaboraciones, las complicidades, los vínculos de reciprocidad, y el amplio abanico de posibles relaciones que pudieran haberse establecido entre nuestras antecesoras, así como la labor imaginativa de todas y cada una ellas, expresada por la vía poética, narrativa, ensayística, dramática, etc., son como raíces, troncos, ramas y frondas de una suerte de árbol genealógico; un enorme árbol genealógico que nos liga a través del espacio y del tiempo. Esas mujeres son el pasado que “nos falta”, que no suele verse porque ha sido sistemáticamente invisibilizado, tanto por varones como por mujeres de ayer y de hoy. Sería hermoso que el movimiento #WomenSupportingWomen o #MujeresApoyandoMujeres incluya no sólo a las del presente, sino a las del futuro y el pasado.

Cierro esta mi nota de hoy extendiendo una invitación a visitar una de las cuentas del proyecto que un grupo de mujeres jóvenes y yo, que no soy tan joven ya, estamos llevando a cabo como una forma de recuperación de la memoria colectiva, y como un homenaje a todas aquellas que con su inteligencia, su palabra, su valor y su vida posibilitaron nuestro presente y ampliaron las lindes de nuestro futuro: https://www.instagram.com/escritoras_ah/. Con EscritorasAH queremos rendirles justo tributo por ese maravilloso obsequio que nos hicieron.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s