La ciudad y yo

city-1487891_1920*

Dicen que geografía es destino, seña de identidad, matiz del nombre, sitio al cual volver, espacio seguro. Idealizadas por siglos, las ciudades suelen guardar una memoria colectiva que no siempre es fácil reconocer, puesto que en el día a día una termina por colocar en un primer plano las manchas de injusticia, desigualdad y corrupción que no figuran en las tarjetas postales ni en los poemas cívicos. Debe ser por eso que me significan más las ciudades que exhiben su pobreza y sus muertos, su desgarradura histórica o su condena a ser sitio de exiliados, su cotidianidad asfixiante, violenta o sencillamente anodina. Debe ser también por eso que comulgo con Kavafis, a veces, cuando me gana el desencanto y no encuentro sitio al cual migrar:

No encontrarás otro país ni otras playas,
llevarás por doquier y a cuestas tu ciudad;
caminarás las mismas calles,
envejecerás en los mismos suburbios,
encanecerás en las mismas casas.
Siempre llegarás a esta ciudad:
no esperes otra,
no hay barco ni camino para ti.
Al arruinar tu vida en esta parte de la tierra,
la has destrozado en todo el universo.

*

Las ciudades me seducen por esa cualidad que tienen de cobrar vida como si fuesen personas: palpitan, se transforman, son tan contradictorias como elocuentes (algunas), despiertan la pasión lo mismo que la rabia o el odio; por mucho que desees conocerlas no terminarás de hacerlo jamás, te seguirán sorprendiendo, y (también algunas) se quedan grabadas en la memoria de forma irremediable. Como con las personas, a veces es inevitable hacer la comparación entre lo que fueron y lo que han llegado a ser, sobre todo cuando asumimos que esa ciudad nos pertenece o que pertenecemos a ella y la miramos perdida como perdida está nuestra infancia y la sabemos desolada como por momentos se nos impone el presente nuestro. Imagino que algo de esto habría motivado esa imagen de Puerto Limón en los poemas de Arabella Salaverry, esa evocación de “El paso lento” para hablar de una ciudad pequeña a orillas del Caribe costarricense donde así, lenta, parecía transcurrir la infancia:

Limón
tren detenido
en la terminal del sueño
tan olvidado
            Sólo la lluvia
y el chapoteo de tu presencia
prendido a la infancia
                        y a la memoria
Limón
Un día más
el tren se aleja
Y sólo la lluvia
Y el mar (28)

En contraste, en un tiempo más cercano, el título del poemario, Dónde estás Puerto Limón (2011), cobra la dimensión de una pregunta inaplazable, pues ya no hay paso lento, ni sólo la lluvia ni solamente el mar. Ahora los sonidos son los de la ciudad asediada desde distintos frentes y la agitación no es la del tren que se aleja, sino la de la vida que peligra y se extingue. Así es el “Limón siglo XXI” de Salaverry:

Pum
es un balazo
chas
la bofetada
silencioso el cuchillo
¿Cuánto vale tu vida?
¿La ajena?
¿Cómo se calcula el costo? […] (81)

Y las preguntas quedan flotando junto a la pregunta mayor, ¿dónde estás, Puerto Limón?

*

Otras ciudades se presentan como condena: aquí naciste y aquí morirás. Hay algo en ciertas relaciones con la ciudad que se tensan como en la realización de un destino implacable, como el espíritu de un ángel exterminar que, no sabes por qué, te impide salir de ese espacio que te vio crecer y al cual le debes en deuda tu cuerpo al morir. El arraigo se experimenta con la hostilidad de un deber cuya justificación escapa nuestro entendimiento y entonces viene un rencor ambiguo, un amor odio inexplicable y cotidiano. Aquí pienso en ese poema de Tamara Kamenszain incluido en Tango bar (1998) y en esa contundencia para odiar a su Buenos Aires querido:

1
Odio Buenos Aires.
Su luz mortecina magnifica
la vaguedad
de estos versos que ni siquiera son
letras de tanto.
Que quede como odio
toda intención de decir
“mi ciudad”
en el condensado muerto de su luz
yo ya no escribo
ni me seduce
el ánima pobrecita de sus barrios
deambulo sin ningún tipo
de sentimiento
            yiro insensible
por esta noche de lápices
por esta humedad que me acalambra
la resma de papel.
(Mejor en mi casa
y apago la radio.)
Que la música se vaya muda
y las palabras no alcancen
para borrar el amargo.
Es un decir.
Mejor me duermo
con la estampita en la mano
una postal la tengo en la cabeza
toda iluminada
arrugo el obelisco en el fondo
y rezo para mí por vos
mi Buenos Aires.
            Querido. (243-244)

*

En esta línea de reclamo y odio, de resistencia y de un amor que no se decide y tampoco se prodiga con mucha devoción, está la necesidad de nombrar las mezquindades de una ciudad, sus rincones más abyectos, su miseria, las heridas de sus calles que se han vuelto, a fuerza de habitarlas, nuestras propias heridas y, lo peor o lo más honesto en ciertos casos, la repulsión de ver en la ciudad el más claro reflejo de lo que una es y padece. La “Bogotá” de Piedad Bonnett (poema incluido en De círculo y ceniza, 1989) golpea con su elocuencia en este sentido:

I.
Aquí voy yo, sin metas y sin rumbos,
odiándome en tu esquina sin sorpresas,
en el mezquino barrio donde habito,
en el precario verde que embellece
tu triste fealdad de puta vieja.
Aquí voy contra ti en la roja tarde,
Sola voy, sola voy, entre ti, sola.
Ciudad hecha de trucos y de azares,
inconsistente juego de escondrijos.
Necesito inventarte, recorrerte,
encontrarme en tus calles innombradas;
mirarme en la nostalgia de un postigo
que a la rudeza de tu luz se cierra;
enredarme en tus noches pederastas,
en el temblor de todas tus mañanas.
Pero te siento ajena y enemiga,
y yo sin asideros, yo perdida
y para siempre sola en tus entrañas.
II.
[…]
En ti me reconozco, reconozco mis días
y mis incertidumbres,
y mis precariedades,
y ese algodón de dulce que llaman alegría,
y los días futuros (que quizá ya no existan).
Mosaico de zaguanes y de tardes rosadas,
y de calles mezquinas que exhiben sus colores,
ávida y estruendosa
con las fauces heridas. (23-24)

*

Pero una es también la ciudad a la que llega con las manos y las bolsas vacías, con una mínima esperanza de empezar de nuevo, ¿el qué?, qué más da. Empezar es creer que aún es posible edificar un hogar o algo que se le parezca, contemplar con el asombro renovado los callejones apenas descubiertos o el perfil de un horizonte que se dibuja con otros contornos, y escuchar el ritmo que nuestros pasos adquieren al recorrer una ciudad que no conocemos y nos desconoce. En esta pequeña tregua de la ciudad nueva a los ojos del recién llegado, me miro en esos “Cuadros de Jalapa bajo la lluvia” (1975) de Enriqueta Ochoa:

III.
Llegué a tientas, con los ojos quemados
-pájaro de ceniza en desbandada-,
Jalapa fue ese mechón ardiendo
que cauterizó el gemido;
ese huésped que entró a iluminar la sombra,
ordenándome el verbo y el verano. […]
IV.
Amanecía Jalapa con el sol tirado
entre los cristales verdes
de una cuchilla de agua.
A bocanadas se aspiraba la hermosura…
y yo me quitaba hasta el guante que nos protege el corazón
para que resguardaran los demás el suyo.
La palabra amigo, ocupaba todos los patios de mi alma. (136-137)

Y aunque al principio la ciudad es ella y nuestro asombro, lo cierto es que cuando una se marcha después de algún tiempo, se vuelve inevitable cargar con un nuevo peso en la maleta de la memoria personal. A veces es nostalgia, a veces es ternura, a veces es sólo saber que lo que ahí fue ha adquirido el estatuto de pasado irrepetible y que en adelante aparecerá en nuestros días como una tristeza crónica o una punzante herida:

VI.
[…]
Algo más que la piel y sus contornos
traje de aquel lugar,
por eso me he sentado esta noche
a morderme los puños que saben a soledad,
a bestia herida,
y a vientre de mujer embarazada de nostalgia marchita. (138)

*

La ciudad no es una, es de quien la vive, la habita, la abandona o regresa a ella. Después de este repaso por algunas ciudades padecidas (con un extraño amor) muchas veces, vuelvo a Edmond Jabés cuando aconseja: “Antes de preocuparte del lugar donde fijar tu residencia, busca la salida a tu inquietud. Si hay salida, habrá sosiego”. Tal vez entonces la culpa no es de las ciudades sino de nuestras inquietudes y nuestra incapacidad para buscarles salidas. Tal vez esa sea otra historia que rastrear en la poesía. Por lo pronto, por hoy, en pleno confinamiento y sin saber muy bien qué ciudad me espera ahí afuera, no queda sino hacer una tregua provisional y afirmar junto con Brenda Ríos en La sexta casa:

Me senté finalmente y rendí cuentas.
No hubo mayores reproches en la escena.
La ciudad y yo estamos en paz. (16)

Fuentes

Bonnett, Piedad. “Bogotá” en Poesía reunida. Barcelona: Lumen, 2017.

Kamenszain, Tamara. La novela de la poesía. Poesía reunida. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2012.

Kavafis, Constantino. “La ciudad” en Kavafis. Selección, traducción directa del griego y notas de Cayetano Cantú; presentación de F. José Férez Kuri. México: UNAM, Material de Lectura, 2008.

Ochoa, Enriqueta. “Cuadros de Jalapa bajo la lluvia” en Retorno de Electra. México: SEP, 1987.

Ríos, Brenda. La sexta casa. México: Instituto Sinaloense de Cultura, 2018.

Salaverry, Arabella. Dónde estás Puerto Limón. San José, Costa Rica: EUNED, 2011.


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