Within the girdle of these walls: de cómo el mundo, el teatro, la vida

Shakespeare’s Globe, de Diego Delso, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=35491689

If we shadows have offended,

Think but this, and all is mended,

That you have but slumber’d here

While these visions did appear.

And this weak and idle theme,

No more yielding but a dream

William Shakespeare, Midsummer Night’s Dream Act V, Epilogue

Al inicio de este fatídico confinamiento, cuando inocentemente pensaba que duraría como mucho un mes la soledad, mi claustrofobia se vio eficientemente contrarrestada por la maravilla del teatro: dos de mis lugares favoritos en todo el mundo, Shakespeare’s Globe y el National Theatre, dejaron por un rato de estar estacionados en la orilla sur del Támesis para venir a instalarse entre mis posibilidades de espectadora casera, manteniendo con sus canales de YouTube la ilusión de volver pronto a sentarme (o pararme, como en el Globe) frente a un escenario vivo.[1]

Ahora, muchas semanas –¿o habrán sido años?– después, la emoción va dejando lugar a la angustia de preguntarse ¿volveremos un día a las salas de teatro? y quiero creer que estoy exagerando, que sí que volveremos y todo estará bien, pero últimamente no estoy tan segura.

Desde hace ya varios días he estado leyendo en diversas fuentes acerca de la situación precaria del Globe, que corre el riesgo de no abrir de nuevo sus puertas, y la posibilidad de que esta pandemia destruya uno de los proyectos más hermosos en la historia del teatro[2] me llena de terror y desesperanza. Y es que no sólo es éste, mi teatro favorito, el que corre el riesgo de desaparecer. Son precisamente espacios como el Globe, que existen con fines más nobles que el simple lucro, los que se encuentran en una situación más preocupante durante este tiempo de austeridad forzosa para las artes performativas.

 Cuando digo, angustiada y llorosita, que el futuro del teatro corre peligro, suelo toparme con la respuesta ‘también el de la música y la danza’. Sí, es verdad, pero no tanto. La música y la danza, aunque sean irreemplazables como experiencia en vivo, saben filtrarse como el agua en otros medios de difusión; se mantendrán vivas hasta que podamos volver a los conciertos y recitales. Aunque valientes actores, directores y dramaturgxs, con toda su sorprendente creatividad, estén intentando hacer lo mismo con el teatro, en realidad la característica definitoria del mismo es la inmediatez, la hermosa fisicalidad de la representación. No hay sustituto virtual para la sorpresa del escenario vivo.

Shakespeare’s Globe, escenario.

Tal vez alguien podría preguntar ¿por qué necesitamos que el teatro sobreviva? Y es una buena pregunta. Habrá quien vea en el cine o las series una evolución natural de las narrativas performativas, y puede ser una opinión respetable. Por mi parte, y de manera vehemente, la respuesta es simple: el teatro debe sobrevivir porque el teatro es el mundo.

Hablaba hace poco con un amigo, en una de esas micro conversaciones en comentarios de Facebook, de la posibilidad de que este mundo sea una simulación. Después, a lo Midnight Gospel y perdida tal vez en algún punto entre Parménides y Nick Bostrom, yo me quedé pensando en lo lindo que es creer en la posibilidad de que, al cerrarse el telón, otra realidad es posible. Y esto es, supongo, la experiencia teatral: el sueño de Próspero y la siesta de Hamlet; la disculpa de Puck ante mil posibles transgresiones llenas de verdad y la locura inimaginable para el Averroes de Borges.

En Shakespeare –siempre Shakespeare– el teatro es también complicidad en todo nivel. Es tan fuerte en Hamlet la participación de los actores porque, reflejo de la realidad a su vez reflejada, juegan a vivir tanto como nosotrxs, en nuestro papel de espectadorxs, jugamos a espectar. La vida, me imagino, es –frenesí, ilusión, sombra, ficción– el espacio entre el proscenio y el foso. Cabemos “within this wooden O” [en esta O de madera][3] junto con toda la humanidad.

Y como ya son más que evidentes mis obsesiones, voy a terminar con una súplica y una cita. La súplica: no dejemos morir al teatro. Veamos teatro en YouTube, claro, pero si es posible apoyemos también a las compañías teatrales. Compremos sus productos, paguemos por las trasmisiones, donemos. Porque como dijo mi Willie en voz del melancólico Jacques –aquí la cita, y ésta se la saben todxs, repitan conmigo: “All the world’s a stage, and all the men and women merely players” [todo el mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres simplemente actores][4].  


[1] Para el programa de trasmisiones, visitar las páginas oficiales y seguir los canales de YouTube.

http://www.shakespearesglobe.com

http://www.nationaltheatre.org.uk

[2] Para información acerca de lo que hace el Globe, más allá de la representación teatral, por la educación, difusión y diálogo con la contemporaneidad en el ámbito Shakespeareano, visitar la página.

[3] William Shakespeare, The Life of King Henry the Fifth (London: Bloomsbury, 1995) Act I, Prologue

[4] Shakespeare, As You Like It (London: Bloomsbury, 2006) Act II, Scene VII


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